Hace algunos años, mi madre recibió una llamada de una vecina del pueblo para darle la noticia de que su prima segunda —es decir, la prima de mi abuela— había fallecido. La verdad es que nunca habíamos tenido apenas contacto con ella y, desde que mi abuela murió, mucho menos. Pero mi madre se tomó la noticia bastante a la tremenda porque aquella mujer era el último vínculo que le quedaba con mi abuela.

Mi padre no podía llevarla al pueblo para darle el último adiós, así que me pidió el favor a mí. En unas pocas horas ya estábamos en mi coche camino del velatorio. Mi madre me lo agradeció mucho, ya que le daba apuro ir sola. Lo cierto es que yo no guardaba casi recuerdos de aquella mujer, pero aun así me ofrecí a acompañarla. La idea de imaginarme un velatorio prácticamente vacío me rompía el corazón.

Cuando por fin llegamos, nos pusimos a dar vueltas como dos pollos sin cabeza, buscando a alguien conocido, en lugar de preguntar en información como haría cualquier persona normal. El tanatorio, que más que un tanatorio parecía una tasca, estaba abarrotado de gente dando voces, pero no conocíamos a nadie. En ese momento de confusión, nos cruzamos con la vecina que había llamado a mi madre. Tras los saludos y frases de rigor —qué pena, con lo bien que estaba, no somos nadie, era tan buena persona— nos dijo que ya se marchaba y nos señaló la sala donde se velaba a la prima de mi madre.

Entramos… y allí tampoco conocíamos a nadie. Intentando pasar desapercibidas, nos acercamos a darle el último adiós. Fue entonces cuando mi madre, toda discreta, soltó:
Uy, por Dios, si parece un gusiluz.

Yo no recordaba bien cómo era en vida, pero aquella mujer, además de estar bastante más entrada en carnes y parecer más joven, tenía la piel muy tirante y un brillo raro. Mi madre, siempre con explicaciones para todo, llegó a la conclusión de que estaba hinchada por los líquidos para embalsamar y que parecía más joven porque la habían maquillado muy bien. Además, hacía tantos años que no se veían que, según ella, de ahí venía el cambio.

Nos sentamos un rato, esperando ver alguna cara conocida, pero la incomodidad crecía. La gente nos miraba cada vez más raro. Al final, mi madre me propuso irnos porque se hacía tarde. Ya casi en el coche, se dio cuenta de que se había dejado el abanico en la sala, así que volvimos a buscarlo.

Al regresar, vimos algo que antes no habíamos notado: un cartel con el nombre de la fallecida, que no era la prima de mi abuela. Habíamos pasado toda la tarde velando a una mujer que no conocíamos de nada.

No estoy orgullosa, pero nos dio un ataque de risa tan fuerte que tuvimos que salir a la calle. Cuando nos calmamos, encontramos la sala correcta y, por fin, vimos a la verdadera prima de mi madre. El parecido coincidía mucho más con mis recuerdos, aunque nos sentimos fatal: parecía que llegábamos de cachondeo a un velatorio.

Antes de marcharnos, el destino quiso que nos cruzáramos con familiares de la señora gusiluz. Al vernos salir de otra sala, nos miraron raro, y con razón. Supongo que siempre nos recordarán como las dos raritas que pasaban la tarde de velatorio en velatorio, como quien se cuela en una boda.