Hace aproximadamente tres años me encontré una noche buscando pisos de alquiler a medio camino entre mi oficina y el colegio de los niños.
La última vez que había hecho una búsqueda similar lo había hecho con ilusión y esperanza, no con las lágrimas corriendo por mi cara.
Estaba al límite, necesitaba irme de aquella casa.
Necesitaba poner tierra de por medio…
Teníamos que divorciarnos.
No entendía qué nos había pasado. Por qué no éramos capaces de dirigirnos la palabra sin riesgo a mordernos la lengua y morir envenenados.
De repente todo eran gritos, reproches y acusaciones. Incluso insultos.
No sabía cómo habíamos llegado a ese punto ni lograba recordar cómo éramos antes de alcanzarlo.
En ocasiones me venían flashes, pero las imágenes se iban enseguida y solo quedaban recuerdos borrosos.

Dos niños maravillosos.
Estabilidad laboral.
Un adosado con jardín.
Qué lástima que no pudiéramos disfrutarlo porque no éramos capaces de estar más de cinco minutos en la misma habitación sin terminar tirándonos los trastos a la cabeza.
Para nuestra fortuna, estábamos de acuerdo en eso. Y para mayor fortuna, mi marido me propuso realizar un último intento, un último esfuerzo conjunto.
A mí aquello que me contaba me sonó a cosas de esas de las películas, pero admito que la terapia de pareja salvó mi matrimonio y os cuento por qué.

Pues, para empezar porque nos obligó a hablar de nuestros problemas. A enfrentarnos a ellos y, sobre todo, a escuchar la versión del otro. Puede parecer algo muy obvio, pero es difícil dialogar cuando ya has cogido la costumbre de discutir. Cuando no explicas cómo te sientes, sino que atacas ya de primeras.
No negaré que al principio fue incómodo y raro. De hecho, en la tercera o cuarta sesión recuerdo pensar que al menos lo habíamos intentado, pero que ya no había nada que pudiéramos hacer para volver a ser los de antes.
Sin embargo, en un momento dado las herramientas para resolver conflictos que nos proveía la terapeuta comenzaron a dar algunos frutos. Los gritos disminuyeron, las broncas fueron a menos y empezamos a trabajar la empatía y la reconstrucción del vínculo que antes nos mantenía unidos y que se había roto en algún momento del camino.
Gracias a la terapia comprendimos que no se trataba de volver a ser los de antes.
Más bien al contrario, lo que hicimos fue reconocer los cambios, asumirlos y adaptarnos a ellos.
Nuestra vida era diferente, por tanto, también nosotros éramos de alguna manera diferentes.
Una vez aceptamos todo lo anterior y aprendimos a seguir las pautas que nos habían facilitado para gestionar nuestros problemas, nuestra relación comenzó a mejorar por momentos.
Y, desde entonces, no ha dejado de hacerlo.
Por supuesto que, de cuando en cuando, seguimos tenemos nuestros desacuerdos, nuestros más y nuestros menos.
Pero ahora sabemos cómo afrontarlos y cómo dar con una solución que no produzca daños y que nos permita seguir viendo en el otro a la persona que amamos.
Anónimo
Envíanos tus historias a [email protected]
Foto de Polina Zimmerman en Pexels