Si en algo confío en esta vida es en mi intuición. Es aplicable solo a las personas, aún no me ha servido para hacerme millonaria con un negocio redondo ni nada por el estilo. Pero sí me ha salvado de relaciones que apuntaban a darme más de un quebradero de cabeza. A día de hoy, las personas que están en mi entorno me aportan, como espero que suceda al revés.

Me ha llegado a pasar el predecir el comportamiento de alguien hasta el punto de reproducir las palabras exactas que iba a usar o las acciones concretas que iba a hacer. No me ha servido para mucho más que provocar las risas de mis amigas o de mi chico, pero da idea de cómo observo.

Hace poco, sin ir más lejos, intuí que a mi mejor amiga la había dejado su pareja porque estaba con otra persona, a la que le unía una larga amistad. Mi amiga me dijo que no, que aquello era imposible. Pero, meses más tarde, su ex se lo confesó todo y ella vino a contármelo a mí. Hay cosas para las que tampoco hace falta ser muy perspicaz, solo verlo desde fuera sin el filtro cegador del amor romántico.

Pero últimamente me he equivocado de cabo a rabo con una relación de pareja que, de inicio, me escamó.

Una pareja rara

Mi amigo vino hará un par de años a presentarnos a su nueva novia, bastante mayor que él, al poco de dejarlo con la anterior. Él se había pasado varios años con una chica que lo dejó por considerar que habían madurado de forma distinta y ya no querían las mismas cosas. Ella, la chica nueva, tenía 10 años más que él, estaba recién divorciada, despechada por los cuernos que le había puesto su marido y con dos niños.

Aquello pintaba a relación liana desde kilómetros a la redonda. A la novia nueva yo apenas la había visto por aquí y por allá, cosas de vivir en una ciudad pequeña, pero me llegaron comentarios de personas cercanas a ella. Se decía que estaba teniendo comportamientos impropios de su edad, no niego que bajo los prejuicios del edadismo. Y que, probablemente, esta nueva relación solo fuera una huida adelante, por lo poco que tenían en común los integrantes de la pareja. El clásico clavo que saca a otro clavo, con lo injusto que es ese planteamiento para la parte que “saca”.

A medida que iba viendo su comportamiento en las reuniones del grupo, más me escamaba la mujer. Siempre se la veía como sobreactuada, algo eufórica. Pensé que mi amigo le proporcionaría nuevos círculos de amistad diferentes al suyo propio, al que compartía que con exmarido. Este nuevo grupo, en su mayoría, estaba compuesto por gente bastante más joven y, en su mayoría, sin hijos.

Ella saldría, se lo pasaría bien, se olvidaría de sus problemas y, en cuanto se volviera a sentir emocionalmente a tono, mandaría a pastar a mi amigo. Pero me equivoqué.

Juntos y bien avenidos

Unos dos años después del inicio de la relación, todo sigue viento en popa. Resulta que la mujer es amable, divertida, interesante y buena consejera. Me gusta hablar con ella, sabe escuchar.

Al parecer, mi amigo y ella han encontrado el modo de acoplarse. A pesar de tener contextos muy diferentes entre sí, parece que han sabido ocupar el espacio óptimo en la vida del otro para así construir una relación juntos. Los veo bien, felices, incluso compenetrados.

Jamás comenté mis primeras impresiones con nadie, solo con mi pareja. A una le gusta observar, simplemente, pero no va por ahí dando advertencias a nadie que las pide ni sentenciando públicamente a gente que no conoce. Hubiera hecho el ridículo, además.

Tenía claro que la intuición no siempre es infalible, claro, pero también he aprendido sobre el modo en que proyectamos nuestras propias ideas y prejuicios en los demás. Sobre eso y sobre la tendencia crónica que tenemos (o tengo) a montarnos historias con guiones que solo tenemos en la cabeza. Un pasatiempo que, de vez en cuando, merece una curita de humildad y un desmontaje de prejuicios.