Nadie sabe lo que es un dolor crónico hasta que lo sufre. Se te mete en las entrañas y se te clava en el cerebro, se acuesta contigo y sigue ahí al despertarte. Por la noche te martillea y te impide descansar. Es muy duro y el problema es que a los demás les parece una exageración, una queja continua. El resultado es que, en la mayoría de ocasiones, acabas sufriendo en silencio como las hemorroides.
Hasta ya mayor nunca me había pasado. Mis dolores empezaron en la espalda con los embarazos. Tenía previamente una escoliosis muy grave, mi espalda es una “s”, pero nunca me había dado problemas. Sin embargo, con el peso adicional, empezó el ciclo. A medida que crecía la barriga, las molestias se convirtieron en un dolor llevadero y el dolor llevadero en un dolor fuerte, muy fuerte.
Y, desde entonces, hasta ahora. Estas son las 3 peores cosas del dolor crónico.
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El miedo a parecer una quejica
El dolor crónico es persistente. No es un dolor ocasional que sabes que tendrá un final. Y eso es difícil de asimilar. Creo que ese fue el mayor choque: saber que no iba a acabar. Al principio, cuando crees que es algo momentáneo, te quejas. Te quejas porque te duele y no puedes hacer cosas que antes no te costaban sin retorcerte.
Cuando pasan las semanas, empiezas a ver cómo tu entorno empieza a relativizar tu dolor porque no puede ser para tanto. Y llega la frustración y, con ella, el silencio. No quieres parecer una amargada, no quieres quejarte, pero sigue ahí.
La parte buena de no verbalizar es que lo relativizas.
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La odisea de los médicos
En mi caso, cuando empezó el dolor y no sabíamos realmente a qué respondía. Empezó el periplo de médicos, pruebas y más médicos. Tener que estar pasando por pruebas y citas semanalmente, te mina. Tienes que faltar unas horas al trabajo, tienes que romper tu rutina y, cuando no dan con la causa, tienes que convivir con la frustración.
Llevo cuatro años intentando mil cosas y, todavía, no ha habido una verdadera mejoría. Me he convertido en un conejillo de indias de mi propio cuerpo y, como en el caso anterior, he decidido que o lo relativizo, o me voy a volver loca.
¿Que de vez en cuando me toca visita al hospital? Bueno, al menos tienen unos sándwiches mixtos riquísimos y el café no es (tan) malo.
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Las terapias y las medicinas
Ya he dicho que soy un conejillo de indias y esto va muy ligado a las pruebas con terapias y medicamentos. Tras más de tres infiltraciones, TENS (estimulaciones eléctricas para aliviar el dolor), acupuntura y otras tantas terapias alternativas, lo que más me mejora es, con suerte, lo más inocuo: el ejercicio. Al principio quería evitar coger peso para no dañar más la espalda hasta que un fisio me recomendó todo lo contrario: trabajar la fuerza para mejorar el dolor. A eso, le he sumado el pilates, que, los viernes por la tarde me da energía para afrontar mejor el fin de semana.
He logrado reducir sustancialmente el número de analgésicos duros. Del Tramadol diario he pasado a alguna rulilla ocasional cuando la espalda me mata (cambios de temperatura bruscos y dolores de regla).