Dicen que hoy en día el mercado del amor está fatal. Que si las apps, que si la gente tiene miedo al compromiso, que si nadie quiere nada serio… Yo no sé si será eso, pero con la cantidad de citas surrealistas que he tenido podría escribir un libro, una trilogía o directamente un manual de supervivencia emocional.
Aquí no voy a contarlas todas, porque necesitaríamos varias temporadas, pero sí cinco de las más locas, incómodas y traumáticas que todavía me vienen a la cabeza cuando alguien me dice:
—¿Y tú por qué estás soltera?
Cita número 1: “El Maxi Iglesias de Hacendado”
Esta fue una de mis primeras incursiones en el mundo de los chicos. Creo que nos conocimos por Instagram… o por alguna app que ya ni existe. Han pasado tantos años que mi memoria ha decidido borrar ese dato para protegerme.
Lo que sí recuerdo perfectamente eran sus ojos azules. De esos que te hacen pensar: “Este chico puede romperme el corazón tranquilamente”. Estuvimos un par de semanas hablando y todo iba genial. Yo ya me había montado la película completa con mi Maxi Iglesias particular.
Quedamos en un parque de nuestra ciudad y pasamos toda la tarde sentados en un banco. Muy romántico todo… hasta que empezó a hablar. Resulta que el chico tenía una depresión de caballo y se pasó la cita entera contándome sus dramas, llorando y preguntándome por el sentido de la vida.
Y ahí estaba yo, con 20 años recién cumplidos, consolando a un desconocido en mitad de un parque como si fuera su psicóloga. No hubo beso, ni magia, ni nada. Solo trauma compartido y unas ganas tremendas de irme a casa a abrazar a mi madre.
Cita número 2: “La mudanza del amor”
Esta es bastante más reciente. Quedé con un chico que conocí por Bumble y aquí reconozco que iba con expectativas altas: atractivo, inteligente, conversación interesante… todo pintaba bien.
Quedamos a tomar un café y la cosa fluía. Había química, risas, miraditas. Tanto, que cuando me preguntó si quería subir a su casa a tomar algo más, mi chichi empezó a cantar villancicos de felicidad.
Subimos… y ahí empezó el terror.
Su casa estaba llena de cajas. Cajas por todas partes. Le pregunté si se mudaba y me dijo que sí. Hasta ahí, todo normal. Pero mientras tomábamos una copa de Puerto de Indias con limón, va y me suelta que, si tenía tiempo, le haría un favorazo si le ayudaba con la mudanza esa misma tarde.
Y yo, que no sé decir que no ni aunque me estén estafando, acabé cargando cajas en una primera cita. Resultado: sin polvete, agotada y con agujetas. Romántico no fue, pero CrossFit hice un rato.
Cita número 3: “Crónica de un desastre anunciado”
En esta ocasión quedé con un compañero de trabajo que llevaba tiempo tirándome la caña y con el que siempre estaba tonteando. Saltaban chispas en la oficina, miraditas, tensión sexual no resuelta… hasta que un día explotó y me pidió una cita.
Yo vivo a unos 45 minutos de su ciudad, pero él insistió en venir a recogerme y llevarme a uno de los restaurantes más caros y elegantes. La noche prometía.
El restaurante era precioso, yo estaba ilusionada… y entonces, como si me hubiera mirado un tuerto, todo se torció. De repente empezó a ponerse raro, incómodo, nervioso. Ponía excusas absurdas para irse cuanto antes.
Me calentó la breva y le dije que, si se quería marchar, que se fuera, pero que no me tomara por tonta. Insistía en que no eran excusas. Total, que se fue.
Eso sí, pagó la cena. Que fue un buen pico. Así que mira, algo me llevé. Después de eso, no volvimos a hablar jamás.
Cita número 4: “El money, money”
A este chico lo conocí en una discoteca. Música, luces, baile… nosotros más calientes que un volcán. Me invitó a su casa y, esta vez sí, hubo noche de pasión.
Y qué noche. Uno de los mejores orgasmos de mi vida. Yo estaba feliz, relajada, tumbada mirando el techo… cuando de pronto empezaron a caerme billetes de 50 euros encima.
Sí. Billetes.
Pensé que estaba soñando. Miré a mi alrededor y entendí que al muchacho lo que le ponía era pagar por sexo. En cuanto recuperé la cordura, salí de allí más rápido que Forrest Gump. Eso sí, me quedé los billetes por el trauma.
Cita número 5: “El maduro”
Esta cita fue la que confirmó oficialmente que el universo no quiere que yo tenga una relación normal.
Lo conocí a través de un grupo de amigos y era unos diez años mayor que yo. Parecía un chico maduro y con la cabeza asentada. Error.
La verdad es que congeniamos bastante bien y decidimos quedar a solas para cenar. Desde el minuto uno noté algo raro: hablaba muchísimo de su ex. Pero muchísimo, nivel pódcast. Más bien era el monotema.
No hacía pausas, no respiraba, no preguntaba. Yo asentía como si la vida me fuera en ello mientras él me contaba absolutamente todo sobre ella. En realidad no era ni su ex. Era su casi algo sin superar.
—Es que yo hacía esto con Miriam.
—Miriam y yo fuimos a la playa, nadamos desnudos.
—Miriam y yo fuimos a cenar a X sitio…
Con fotos, audios y conversaciones incluidas.
Encima, cuando llegó el camarero y nos preguntó qué queríamos de postre, él respondió por mí.
Ahí ya llegué a mi límite. ¡Solo yo elijo mi postre!
Yo asentía mientras pensaba en cómo fingir una muerte repentina o ponerme una capa de invisibilidad y desaparecer. Cuando acabamos de cenar, ni siquiera dejé que me invitara y me inventé una excusa tan mala que ni yo me la creí para poder salir de allí lo antes posible.
Después de estas experiencias, entendí que el problema no era estar soltera. El problema era salir de casa. Así que si algún día me veis dudando antes de aceptar una cita, ya sabéis por qué.
Estas son solo cinco de mis citas más locas. Podría seguir, pero necesito terapia y espacio en la nube para tanto trauma.
Pero, en el fondo, sigo creyendo y sigo pensando que algún día contaré una cita normal. No pierdo la esperanza.
Aunque, sinceramente… no tendría ninguna gracia.
Sofía Estrella
