Nunca he sido muy fan de las teorías conspiranoicas, pero reconozco que desde hace unos meses he empezado a entender a esa gente que forra el microondas con papel de plata. Porque hay algo profundamente desquiciante en mirar hacia el edificio de enfrente y darte cuenta de que tu vecino ha instalado no una, sino cuatro cámaras de seguridad, y que una de ellas apunta directamente a tu balcón.

Un ojo que siempre parpadea

La primera vez que la vi, pensé: qué exagerado. Vivimos en un barrio tranquilo. Aquí lo más peligroso que ha pasado fue un gato atrapado en una tubería y una señora que se cayó en la cola de la frutería. Pero bueno, cada quien con sus miedos. El problema es que, con los días, empecé a notar que cada vez que salía al balcón, la cámara me miraba. Y no como se miran las cosas de reojo, sino como cuando estás en una reunión por Zoom y no sabes si tienes la cámara activada pero te sientes observada igual. Esa sensación.

Al principio lo llevé con humor. Hacía saluditos a la cámara cuando salía a tender ropa. Un día hasta me grabé haciendo una coreografía improvisada con la escoba, por si me ponían en los mejores momentos del día. Pero luego, sin darme cuenta, empecé a cambiar mis rutinas. Ya no me tomaba el café en el balcón por las mañanas. Dejé de enviar audios a mis amigas desde allí. Hasta me pillé un día hablando bajito con las plantas, como si no quisiera que la cámara escuchara que estaba regañando a una hortensia por secarse demasiado pronto.

La charla pasivo-agresiva que no resolvió nada

Un sábado me armé de valor y subí a hablar con él. Le pregunté, lo más amable posible, si sabía que su cámara estaba enfocando justo a mi terraza. Me dijo que sí, que era por seguridad, que no me preocupara, que no grababa nada… que apenas se ve. Lo dijo mientras sonreía como quien te asegura que el perro no muerde justo antes de que te arranque un calcetín.

Y claro, ahí se abre un debate interesante. ¿Qué es seguridad y qué es invasión? ¿Qué derecho tengo yo a pedir que no me graben en mi propia casa… si ni siquiera sé si me están grabando? Porque lo peor no es saber que te espían: es no saber si lo hacen o no, pero sentirlo igual.

Llegué a obsesionarme. Un día puse una toalla colgada entre dos sillas como cortina improvisada. Otro día busqué en Google “cómo anular cámaras de seguridad con papel de aluminio” (spoiler: no funciona). Incluso llegué a valorar comprar yo también una cámara. Para apuntarla a la suya. Y así entrar en una guerra fría de videovigilancia vecinal.

He decidido volver a tomar el sol

Pero al final, me cansé. Me cansé de esconderme. Me cansé de dejar de hacer cosas por si acaso. Porque si algo he aprendido de todo esto es que, en esta era de redes, filtros y cámaras por todos lados, la verdadera rebeldía es vivir como si nadie te estuviera mirando. Aunque lo estén.

Así que hoy, mientras escribo esto, estoy en mi balcón. Tengo una mascarilla en la cara, el pelo hecho un desastre, y una camiseta con lamparones de café. Y si mi vecino me está viendo, que sepa que no me importa. Bueno, un poco sí. Pero menos.

Porque he decidido que no me van a cortar el sol ni las ganas. Y si soy la protagonista de su canal de seguridad, al menos que salga en los mejores capítulos.

 

(*) Relato escrito por una colaboradora basado en la historia real.