Digamos que no me he acostado con muchos tíos a lo largo de mi vida, pero algunos sí que han caído. Supongo que los suficientes como para poder decir que los tíos hacen cosas muy raras cuando llegan al orgasmo.

A ver, que yo no digo que nosotras no hagamos cosas. Gritamos, suspiramos, gemimos, puede que pongamos ojos de loca, nos reímos… hay incluso algunas que lloran. Pero vamos, eso no es nada comparado con las absurdidades que hacen ellos. A saber:

Mi primer novio era un futbolero de pro. Un clásico. No se perdía ni un partido y era del Barça hasta las trancas. Vivo en Barcelona, así que eso no es nada raro. Lo que sí es raro es cantar un gol cada vez que te corres, como hacía él. 

“¡¡¡Gooooooooool de Ronaldinhooooooooo!!!!” Unos días le tocaba a Ronaldinho, otros a Luis Enrique, otros a Samuel Eto’o. Y lo hacía con tanta pasión y tan a voces, que los vecinos creían que se estaban perdiendo algún partido. Hubo incluso una vez que el vecino del ático lanzó un cohete pensando que era un gol real. ¡Menudo susto!

Hubo otro que era tan silencioso en la cama como una monja de clausura. Apenas gemía, es que no se le escapaba ni un suspiro. Yo le tenía que estar preguntando todo el rato si le gustaba, si estaba disfrutando… me daba hasta miedo que un día se me muriera y no me diera cuenta. Por no oír, no oía ni su respiración. Pero supongo que, cuando llegaba al orgasmo, no podía evitar que un pequeño gemido se le escapara. Aunque era más bien algo como “Schssssssssssssssst”. Parecido a cuando el profe te hacía callar en clase. 

La primera vez me quedé quieta y callada como un conejo cuando le iluminas con los faros del coche en una carretera de pueblo. Como un suricata. ¿¿¿WTF??? ¿Me estaba haciendo callar? Ah, no, que estaba corriéndose. Era como la colchoneta de la playa cuando la desinflas para guardarla. Tremendo.

Tuve otro rollete al que no tuve más remedio que dejar, porque me utilizaba de mordedor. Sí, lo que oís. Pero no en plan sexy y morboso, no. En plan morder para no gritar, como en una peli de época en la que le van a cortar la pierna a un tío y no hay anestesia. 

Este, al contrario del anterior, era todo expresión sinfónica cuando lo hacíamos. Así que, cuando llegaba al orgasmo, los gritos los oían hasta en Canadá. E imagino que, para evitarlo, había cogido la manía de morder lo primero que pillara, así amortiguaba los gritos. Y lo primero que pillaba, lógicamente, era yo. Al principio me hacía gracia, pensaba que le provocaba tanto placer que no podía aguantarse. Pero cuando empecé a pensar que el invierno es muy frío y necesito todas las capas de piel que pueda conservar, tuve que decirle al Conde Drácula que muchas gracias por venir, pero adiós.

Y luego está el que se quedaba tieso, tieso, como si fuera el mismísimo Frankenstein. Era puro nervio en todo momento, siempre parecía que tenía el baile de San Vito. No podíamos ir al cine o al teatro porque daba botes todo el rato en la butaca, como si tuviera chinches. No podía estar quieto ni un microsegundo. Yo me cansaba solo de verle. 

Así que, cuando se corría, supongo que su cuerpo respondía haciendo eso que no podía hacer nunca: quedarse quieto. Como una estatua. Tieso y rígido como un palo. Casi me recordaba a una fregona, porque tenía el pelo largo y rizado.

A veces me daba hasta cosa, porque era como hacerlo con un muñeco. Y, después, se quedaba relajado como un globo deshinchado. No sabía si darle un beso o hacerle el boca a boca.

Seguro que hay más tipos de orgasmo masculino, pero mi memoria los debe haber guardado en el cajón de no abrir nunca más. Me considero una mujer joven, así que seguro que aún me quedan muchas cosas por ver. Que nosotras también somos raras y hacemos cosas raras, seguro. Pero creo que no superamos esto. ¿O sí? ¿Tú haces alguna cosa rara cuando llegas al orgasmo?

 

Envía tus movidas a [email protected]