Quique es un hombre bastante peculiar. Hijo de madre soltera, cuando terminó la carrera y su madre murió, se quedó solo en el mundo. A pesar de que toda su familia (tíos, primos, etc.) le ofreciesen su apoyo, nunca había pasado demasiado tiempo con ellos y no los conocía suficiente como para confiar en ellos. Siempre habían sido su madre y él, solos. No estaba preparado para ampliar de pronto lazos familiares que no había acostumbrado a tener.

Pasados bastantes años desde todo aquello, Quique estaba conociendo a una chica de la que podría estarse enamorando. Ella era muy cariñosa y comprensiva. Hablaban mucho y él se sentía al fin cómodo como para hablar de las carencias emocionales autoimpuestas de los últimos años. La pérdida de su madre lo había llevado a alejarse de la gente, como si sentir cariño por otros supusiese olvidar el amor tan profundo que sentía por ella. Su novia supo acompañarlo tan bien en esas emociones que él mismo fue saliendo de aquel túnel oscuro en el que se había metido voluntariamente sin darse cuenta.
Llegada la navidad de 2022 recibió, como cada año, el mensaje de felicitación de sus tíos de Asturias. Al rato, su tía soltera, la de Viveiro, también le escribió. Cuando no había pasado ni una hora, su primo mayor, que vivía en Lugo, también le escribió. Él, incrédulo, se dio cuenta de que, aunque habían pasado muchos años y solamente contestaba un “Igualmente” acompañado de algún emoji a los mensajes que le mandaban cada año, ellos seguían allí, dispuestos a ser su familia con todo lo que eso implicase. Pero ese año, con la ayuda de su novia, quería dar un giro a su historia. Ese día contestó a su primo con muchas más palabras de las que había dedicado a toda la familia en años. Le agradeció seguir acordándose de él y le preguntó cómo pasarían las fiestas.
“Hola primo. Tu ya no te acuerdas, pero cada año nos juntamos en casa de la Tía Mayte para celebrar la navidad, por ser la que está a mitad de camino para todos. Tu madre y tu solíais venir cuando eras pequeño, pero después tu madre empezó a trabajar durante las navidades y no le daba tiempo de venir. Nosotros seguimos juntándonos allí cada año y tu sitio en la mesa sigue estando libre.”
Sintió una ola enorme de calor, de ese calor que se siente cuando uno se sabe querido. Miró a su novia y ella asintió con la cabeza, orgullosa de lo que Quique estaba logrando él solo.
“Mandadme la dirección. Si podéis perdonar tantos años de silencio, me encantaría pasar estas navidades con vosotros.»

No habían pasado dos minutos desde que envió este mensaje, cuando lo metieron en un grupo de WhatsApp que se llamaba “La Familia” en el que había al menos 8 miembros que él tenía en sus contactos y otros 9 que no sabía quienes eran (seguramente sus primos que ahora debían ser ya mayores y las parejas de algunos de ellos). En ese chat empezaron a llegar mensajes al instante. Los primeros, de los contactos que ya tenía que, sin más, decían “No hay nada que perdonar. Bienvenido, sobrino” “Bienvenido, primo”. Al poco rato, el resto de los miembros del grupo mostró su alegría por saber que vendría y se presentaron para que pudiera guardar sus números. A medida que iban hablando simultáneamente, recuerdos de su infancia se empezaron a desbloquear. Un grupo enorme de personas que hablaban de forma atropellada y que se abrazaban mucho. Una mesa enorme llena de gente y… La sonrisa de su madre. Sintió aquel gesto tan genuino y tan veraz en su corazón, como si supiese cuanto se alegraba ella de lo que estaba haciendo.
Quique llevó a su novia consigo a aquella casa enorme de la costa. Había sido la casa de sus abuelos y ahora vivía allí su tía más joven, que ejercía de anfitriona para quien quisiese pasar un tiempo en familia. Durante la cena, le contaron a Quique cómo se organizaban para pasar algún tiempo en verano juntos. Las cenas estacionales que se habían convertido en costumbre, para no perder el contacto. Cada cambio de estación, acudían allí el primer fin de semana para comer, beber, reír y sentirse verdaderamente en familia.

Jamás había pensado que se estuviera perdiendo tanto. No recordaba cuanto significaba aquella gente para su madre, hasta que vio los vídeos caseros que ellos conservaba, las fotos que adornaban aquel comedor en las que su madre parecía tan feliz. Ella había hecho lo imposible por cuidar de él siempre, y eso le suponía renunciar a viajes, a librar festivos, a continuar su vida familiar y, su muerte repentina no ayudó a poder transmitir a su hijo que nunca estaría solo.
Pero su tío Pepe tenía algo para él. Una carta que su madre le dio al saber que se iría pronto. En ella le daba la bienvenida a la familia que, por querer ser la mejor madre posible, había mantenido en la distancia. Le decía que sabía que con ellos jamás estaría solo y que, aunque tardase un tiempo en verlo, a abrirse y poder disfrutar de ellos, sabía que tarde o temprano lo haría y que eso le ayudaría a recordarla como debía, feliz y en calma.
Desde aquella cena, Quique empezó a acudir puntual a sus cenas estacionales (fuera lo que fuese eso), y ese verano pasó 15 días con su novia en la que un día había sido la casa de sus abuelos. Estas navidades acudieron a su cita para celebrar las fiestas en familia y, de paso, entregar las invitaciones de su boda. Pasado un tiempo, su prima Gloria ayuda a Quique con los preparativos de la boda, pues viven ahora en la misma ciudad. Su tía Mayte será su madrina y, sintiendo el parecido físico con su madre como un regalo, la abrazó muy emocionado cuando ella le dijo que sí.
Y así fue como una cena de nochebuena le cambió la vida por completo, regalándole una familia que desconocía y un amor incondicional para siempre.
Luna Purple.
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