Llevaba casi tres años con mi pareja cuando todo explotó. Yo tenía veintitrés años y él veintiocho, no éramos dos niños, pero a él la madurez le brillaba por su ausencia, debo decir. Nuestra relación nunca fue sana, y probablemente tampoco feliz, aunque me costó muchísimo reconocerlo. Lo habíamos dejado oficialmente dos veces y las dos veces volví con él. Y rara era la semana en la que no peleábamos. Pero yo siempre volvía. Y si no, lo hacía él.

Le perdoné dos infidelidades. Dos. Con dos chicas distintas, ambas después de noches de fiesta con sus amigos. Sabía que lo que tenía con él era tóxico, pero estaba enganchada. Enganchada a él, a la intensidad, a la reconciliación, a esa sensación de que sin él no sabía estar, ni disfrutar, ni respirar.

Después de aquellas traiciones, lógicamente empecé a desconfiar de todo. Cada vez que salía con sus amigos yo pasaba la noche llorando, con ansiedad, imaginándome lo peor. Y no era una locura mía, porque como ya he dicho fue así como conocio a las dos tías con las que me había sido infiel. Y sabía que era un golfo, él mismo bromeaba con eso muchas veces. Y ya no me fiaba. Él, en cambio, se quejaba de que lo agobiaba, de que no confiaba en él, de que quería controlarlo porque no lo había perdonado de verdad. Al día siguiente de cada discusión, todo volvía a la normalidad. Porque él sabía exactamente qué decir para tenerme otra vez en la palma de su mano. Hasta que se nos “coló” el embarazo.

Yo tomaba la píldora desde casi el principio de la relación, porque a él no le gustaba usar preservativo. Era muy estricta con las tomas. No quería ser madre tan joven, ni mucho menos en la situación inestable en la que estaba. Pero algo falló y el test dio positivo.

Recuerdo perfectamente esa tarde. Quedé con él para contárselo. Cuando se lo dije, se rió. Pensó que era una broma, de esas que se ven en redes. Incluso miró alrededor por si lo estaba grabando. Yo estaba seria. Ojalá hubiera sido una broma, le dije. Cuando entendió que era verdad, su cara cambió.

Lo primero que hizo fue preguntarme si me había tomado bien las pastillas. Me pidió explicaciones, como si yo hubiera cometido un error y eso fuera culpa mía. Intenté explicarle que la píldora puede fallar, que no es lo habitual, pero puede pasar. Yo no había hecho nada diferente. Entonces vino lo peor.

De repente empezó a decir que ese niño no podía ser suyo. Que ese mes casi no habíamos tenido relaciones. Que él ya me había dicho que me notaba distante y que me había echado en cara que «lo tenía desatendido». Que seguramente me había liado con otro y ahora quería colgarle el marrón. Se me descolgó la mandíbula. La bronca fue monumental. Jamás le había sido infiel, a diferencia de él. El hombre al que yo había perdonado dos infidelidades me estaba acusando a mí de engañarle. Decía que lo hacía para vengarme. Que llevaba tiempo sospechando de mí, que sabía que no le había perdonado y que solo quería tomarme la revancha. Que todo encajaba, y que no iba a dejar que le liase.

Intenté defenderme, repetirle que solo había estado con él, que jamás le habría traicionado por mucho que se mereciese que le pagase con su propia moneda. Pero no me escuchaba. O no quería escucharme. Cuanto más hablaba yo, más se reafirmaba él.

Cada acusación era como una bofetada sin mano. Aquello me dolía hasta el infinito. Era tan surrealista que los ojos se me iban a salir de las órbitas. Con tal de no asumir que algo simplemente podía haber fallado y que ahora compartíamos «un problema» que nos pondría la vida del revés, prefirió convertir lo nuestro en una historia en la que yo era la traidora y él la víctima.

Esa fue la tercera vez que rompimos. Y me alegra decir que también la última. Aunque en ese momento no lo supe ver como algo positivo, claro. Había sido capaz de perdonarle cosas que nunca debería haber tolerado. Pero aquello fue diferente. Cruzó una línea que no admitía regreso. No solo dudó de mí, sino que me humilló y me retrató como alguien capaz de engañarlo y aprovecharse de él. Si podía pensar eso de mí, no podía quererme. Ese choque de realidad fue lo que rompió el patrón y me dio fuerza para irme definitivamente.

En cuanto al embarazo, decidí abortar. No fue fácil. Lloré muchísimo. Dudé. Pensé en todo lo que implicaba. Quiero ser madre algún día, lo tengo claro. Pero ese momento no era el idóneo, apenas subsistía yo buscando estabilidad económica. Tampoco la persona con la que lo había engendrado era la adecuada. Y, definitivamente, no me veía capaz de ser madre soltera en esas circunstancias.

Hoy no me arrepiento. Fue una decisión dolorosa, pero fue la correcta. Aquello marcó el final de una relación que me estaba destruyendo y el inicio de algo mucho más importante: empezar, por fin, a elegir lo que de verdad era bueno para mí.

Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.