Vale, recientemente he constatado que no es que los hombres en general no sepan comer un conejo. Es que mi exmarido y los de su época no tienen ni puñetera idea, y muchos de ellos ni quieren tenerla. Ahora bien: si tienes la enorme suerte de encontrarte con un representante de las nuevas generaciones, te das cuenta en ese momento de lo que significa la manida expresión “salto generacional”. Bendito sea el puñetero salto generacional.

Me cago en mi vida. ¿Pero cómo he podido vivir tanto tiempo tan engañada?

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Mi ex me decía que mi chichi no era nada bonito de ver. Y si no era bonito, ¿cómo iba a bajarse al pilón? Lo hizo en contadas ocasiones, después de mucho insistir yo, y siempre era algo muy rápido y que tampoco me producía excesivo placer. Era más lo que me montaba yo en mi cabeza que lo que me hacía él allí abajo. Daba la impresión de que era un perro pegando lengüetazos en el plato del agua. Nada sexy ni erótico lo mirases por donde lo mirases.

Lo hablaba con mis amigas, todas de mi quinta, y, salvo alguna que otra honrosa excepción, la mayoría estábamos igual: no se animaban mucho a comernos. La cosa es que a más de una y a más de dos no les parecía ni siquiera buena idea. Incluso alguna vez había pensado que yo era un poquito rara. No sé si por cultura, por desconocimiento de la época, porque entonces el sexo era meterla en caliente y poco más, o qué sé yo, pero el sexo oral no se “estilaba”.

Eso sí, nosotras teníamos casi que adorar sus miembros viriles y hacer demostración de nuestra adoración de todas las maneras posibles. Mi exmarido tenía la fea costumbre de cogerme por la nuca y dirigirme hacia su miembro para que me diese por aludida de que quería una felación. Claro, porque el órgano sexual de los hombres es muy bonito de ver, dónde va usted a parar.

Quiso la vida que mi ex y yo decidiéramos romper con aquello de “hasta que la muerte nos separe”, y nos pusimos de acuerdo, por motivos varios que no vienen al caso, en que no: que precisamente queríamos morir, y vivir, separados.

Durante una temporada relativamente larga me salí del mercado por voluntad propia. Lo tranquilita que estaba yo solita, en mi casa, con mis libros y mi sofá. Y sin tener que dar explicaciones a nadie. Y sin tener que estar por nadie más que no fuese yo.

Pero las amigas siempre tiran de una. Y se les metió en la cabeza que no me podía pasar la vida así. Aunque yo no le veía el problema. Pero bueno, para que se callasen un poquito, accedía a salir de vez en cuando con ellas. Y vi que, en los ambientes adecuados y si me arreglaba un poquito, aún seguía estando el mercado abierto para mí.

Una noche de fiesta me entró un hombre muy agradable de mirar. Bailamos, hablamos, reímos. Me invitó a una copa. Luego a la última en su piso y… bueno. Yo ya veía que era más joven que yo y después me enteré de que era bastante más joven que yo.

Pero bueno, el caso es que, después de unos cuantos besos tórridos, me di cuenta de que el muchacho iba descendiendo. Le pregunté a dónde iba, pero no contestaba. Lo paré y me dijo que si no quería. Y con toda la sinceridad del mundo le dije que lo que me extrañaba era que él quisiese.
—¿Que por qué no iba a querer?
Pues no sé…

Así que me pidió que me relajase, que él iba a hacer algo que le gustaba hacer y que después yo le diese mi opinión.

¡Dios! ¿Que si me gustó? No miento cuando digo que toqué el cielo. Eso no era lo que me hacía mi exmarido. Eso era maravilla pura. ¿Que exagero? No, querida. Si has pasado por mi matrimonio y después te hacen probar esto… joder, es que se te abren las puertas del paraíso.

Después de esa vez, ha habido otras y, en general, puedo decir que es cierto eso que dicen de que las nuevas generaciones están mejor preparadas.

Así que, viejales del mundo, un consejito: actualícense, porque privar a las mujeres de mi generación de un cunnilingus bien hecho es un delito contra la humanidad.