Ojalá no tuviera que escribir esto.
Me anima el pensar que, ahora que ya ha pasado el tiempo, quizás pueda ayudar a alguien a identificar esos actos que predijeron el desastre, y no supimos ver.
Mi hermana se intentó quitar la vida hace varios meses. Ha sido un antes y un después en mi familia, del que nos estamos intentando recuperar. Todos vamos a terapia, y allí es dónde nos han hecho reflexionar sobre todo lo que pasó justo antes, y qué señales deben ser tratadas como alarmas.
Ella estaba deprimida. Llevaba tiempo muy decaída, empezó a dejar de comer y mis padres intervinieron enseguida. Estuvo en urgencias un par de veces y recibió terapia, pero nada parecía quitarle esa sensación de desesperanza, que desde fuera se veía como agotamiento.
Apenas salía de casa, no se lavaba el pelo y no quería venir a ningún plan, aunque fuera cosas que a ella le gustasen, como ver sus películas favoritas. Todos estábamos pendientes de ella, pero intentando no agobiarla, porque si le prestábamos mucha atención, ella se empezaba a sentir una carga y todavía se encerraba más en ella misma.
De repente, pareció animarse. Nos dijo que vendría a verla una amiga de otra provincia, a la que conoció hacía muchísimos años por internet, y eso nos dio un rayo de esperanza. Pasaron el fin de semana juntas y después de eso, la vimos mucho mejor.
Empezó a quedar con sus amigas, cada día había una diferente en casa. Venía a las reuniones familiares y se pasaba mucho rato sentada con mis abuelos, hablando con ellos y haciéndoles reír.

Hasta se interesó por los karts y cogimos la costumbre de ir una vez a la semana. En una de esas veces, me pidió disculpas por todo el malestar que sabía que nos estaba causando, me agradeció ser su hermana y estar siempre por ella, y me regaló un collar que se compró en un viaje que hizo.
A partir de aquí, mi hermana se reía muchísimo, tenía ganas de hacer muchas cosas, estaba casi eufórica, recuperó el ánimo.
De verdad que parecía que remontaba, estábamos todos contentos, pero una mañana, estando yo en el trabajo, me llamó.
Me dijo que me llamaba solo para saber cómo estaba y para decirme que me quería mucho. Fue una conversación bonita, pero en cuanto colgué, noté un nudo en el estómago. Tuve una sensación horrible de que algo iba muy mal, repasé la conversación y no había nada alarmante, no dijo nada fuera de lugar, hasta que caí en que todo, había tenido un tono de despedida.
Aunque tuve esa sensación, mi mente me decía que era imposible. Todos pensamos que esas cosas les pasan a los demás, no a nosotros, no en nuestra familia. Y mi hermana tampoco estaba tan mal, de hecho, estaba remontando, así que no podía ser. Me repetí esto varios minutos hasta que decidí llamar a mi madre, que se preocupó el triple que yo y se puso enseguida a buscar a mi hermana.
Me pasé el resto de la tarde intranquila, hasta que me llamó mi padre para decirme que mi hermana estaba en el hospital.
No quiero dar muchos detalles. Lo que le pasó, quedó en un susto horrible y la ingresaron en un centro para ayudarla. Mientras tanto, nosotros recibimos atención psicológica y nos explicaron que todo lo que había estado haciendo mi hermana, fueron señales claras para preocuparse.

Le explicamos que todo pareció ir a mejor desde que vino su amiga lejana a verla, y nos aclaró que aquello fue la primera señal preocupante, ya que lo que hizo mi hermana con ella y lo que fue haciendo después con sus amigas, e incluso con mis abuelos, era despedirse.
No de una manera explícita, pero sí emocionalmente. Se me pusieron los pelos de punta al recordar mi conversación con ella en los karts y en pensar que allí quizás también se despedía.
De esto último, nos explicaron que también era común que las personas que han decidido poner fin a su vida, empiecen a tener conductas de riesgo, a buscar adrenalina con algo que les ponga en peligro, en diferentes grados.
Y que el regalo del collar, también era muy simbólico. Regalaba sus cosas porque había decidido marcharse.
Todo esto fue muy sutil y tan despacio que no nos dimos cuenta de nada. Lo que sí que fue más raro y quizás no quisimos ver, fue el cambio de ánimo repentino. Nos explicaron también, que estos cambios de humor tan de golpe, el hecho de pasar de la tristeza a la euforia, suele significar que ya han tomado la decisión, y por tanto se sienten felices y libres.
Me gustaría aconsejaros que no os castiguéis. Cuando pasa algo así y ves en perspectiva todo lo que podrías haber visto o hecho, es imposible no sentir culpa, pero no sirve para nada. Nos han ayudado mucho los grupos de apoyo y la terapia del centro donde estuvo.
Espero que nunca reconozcáis estas señales en un ser querido, pero si las veis, no dudéis en pedir ayuda.