Os juro que no hay época del año que me guste más que el verano. También la navidad (esto desde hace poco, la verdad). En general las vacaciones escolares. Amo tener a mis niños en casa, no tener que madrugar tanto todos los días, no ser una “madre en imperativo”: Levantaos, desayunad, lavaos los dientes, haced los deberes, vamos  a la ducha, deberíais estar dormidos ya… ¡Lo odio!

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Sé que la rutina da paz, lo sé, pero también agota. La vorágine del día a día, no tener tiempo real para disfrutar, que lleguen del cole y tengamos que elegir entre un raro de tele, un paseo al parque o una manualidad y sea cual sea la elección nos acabe llevando a cenar demasiado tarde y tener que correr y correr…

Por eso me gusta el verano. Tenemos tiempo para todo. Lo que no se haga hoy se hará mañana… Excepto las obligaciones. Y esas ¿de quien son? Pues mías.

Las “no rutinas” veraniegas también exigen una organización. Hay más comidas en casa, menús que planificar, excursiones… Y las lavadoras se multiplican, los planes también, el polvo en casa… Y no hay un ratito sin niños donde la limpieza general a fondo te lleve un par de horas. Una limpieza superficial te lleva el doble cada día.

Se acumulan toallas de piscina con pelos de gatos sin aspirar 3 días… Y, lo más importante “¡Mamáaaa!”

Mamá tengo pis, mamá tengo hambre, mamá qué hacemos hoy, mamá tengo calor, mamá podemos ir hoy a montar en unicornio…

La carga mental se multiplica a la misma velocidad que la temperatura. Y, en mi caso, solamente puedo compartir de forma real todo ese peso unos 15 días (con suerte). Y no me puedo quejar. Pero el resto del tiempo es la misma soledad que en el invierno, en el sentido de tener otra persona adulta con la que compartir, pero con el triple de trabajo. Es como los 1000 metros vallas versión maternidad.

Cuando menos te lo esperas hay uno despierto (muy temprano o muy tarde, según se mire), alguno teniendo una crisis existencial… Y es que a ciertas edades (y sobre todo las personas neurodivergentes) las emociones en el verano se desbordan y necesitan un sostén mayor. Y yo… Yo también lo necesito.

A pesar de que las vacaciones son cualquier cosa menos descanso para mí, sigo prefiriendo el verano. Verlos reír al sol, trasnochar con ellos para ver una peli, llevarlos de sorpresa a algún sitio que les guste… Merece mucho la pena.

Llegará septiembre con sus listas interminables de cosas que hacer, de papeleos, de compras de material, de matrículas de extraescolares. Y con él llegará de nuevo la mamá imperativa. Las órdenes, las expectativas demasiado altas para el curso y la ilusión. Porque no todo es negativo y en el fondo cada año es una aventura en esto de la maternidad.

He tenido el privilegio de tener 3 criaturas maravillosas y la vida me ha obligado a hacer muchas renuncias personales y laborales por esto (varias muy grandes ahora mismo), pero, aunque a veces duele y me encantaría hacer algunas cosas que no puedo, merece mucho la pena para mí.

Ojalá fuera así siempre, para todas, pero sé que no lo es. Por eso no pretendo romantizar la maternidad en absoluto. Yo fui muy consciente desde el inicio de dónde me metía, me tocó pasarme el juego en modo difícil y pude remangarme y trabajar con el material que la vida me dio. Pero sé que hay muchas mujeres que se han visto superadas, que se metieron en esta aventura creyendo que todo serían pinturas de colores y risas nada más. Para las que os lo estáis pensado, antes de caer en tópicos, las vacaciones de una madre son como papá Noel, no existen.

Luna Purple.