Mi marido y yo estábamos en crisis. Una de las gordas. De esas en las que ya no discutes por nada concreto, sino por todo. Por cómo mastica, por cómo respira, por cómo existe. Ya no había amor, pero tampoco había valor. Porque separarse no es solo romper, es reorganizar una vida entera. Y eso, a veces, da más miedo que seguir aguantando.
Más testimonios reales en whatsapp
Así que ahí estábamos: dos adultos, con un hijo, una casa y una vida en común que nos puteábamos todo el rato. Si yo trabajaba de tarde, él me decía que no se podía quedar con el niño porque tenía planes. Si él planeaba un fin de semana padre e hijo, aprovechando que yo tenía que trabajar, cambiaba el turno y me acoplaba. Sólo por joderle, porque sabía que no quería que yo fuera.
Mi ex siempre fue un tío rencoroso y vengativo. No quiero decir que era narcisista, porque ahora parece que todos los tíos son narcisistas, pero era algo similar. Me hacía un montón de feos y me menospreciaba. Siempre me sentí pequeña a su lado.
Lo más lógico habría sido separarse, pero parece ser que ninguno de los dos quería dar el primer paso. Yo no sé qué pensaba él, pero yo no quería pedir el divorcio porque tenía miedo de su reacción. Me aterraba que quisiera quedarse con la custodia del niño sólo para fastidiarme. Ese era mi mayor miedo.

Así que se me ocurrió un plan: pensé que si se enamoraba de otra mujer, me acabaría pidiendo el divorcio para formalizar su relación con la otra. Y es posible que la otra no quisiera la carga del niño y me cediera a mí la custodia.
Sé que suena retorcido y algo loco, pero empecé a presentarle a todas las chicas solteras que conocía y que tuvieran un potencial para conquistarlo.
Primero le presenté a dos compañeras de trabajo nuevas que él no conocía. Jovencísimas y bellísimas. Cuando me tocaba en el turno con ellas, les hablaba de lo encantador que era mi marido, de su buena posición económica, y de lo empotrador que era en la cama, pero que en ese momento la rutina había acabado con todo, que fue culpa mía todo, que él es maravilloso… en fin, como quien vende un coche usado del que se quiere desprender.
Luego vinieron las mamás divorciadas del cole de mi hijo. Empecé a llagar más tarde del trabajo para que él tuviera que ir a recoger al niño al cole, o a coger turnos de tarde cuando sabía que había algún cumpleaños, pero que lo llevara él y socializara un poquito con los otros padres.
Pero cuando me di cuenta, se había hecho súper amigo de uno de los papás del cole y quedaban los sábados para ir de ruta en bici con los niños. Que está muy bien que haga amigos, pero la idea era que hiciera amigas…
Mi marido, mientras tanto, completamente ajeno a mi plan maestro. Yo seguía haciendo de casamentera. Organizaba planes casuales, cenas con mis amigas solteras, cualquier excusa valía para que interactuara con mujeres. Yo observaba. Analizaba. Probaba combinaciones como si aquello fuera un experimento social.
Pasaron los meses y mi frustración crecía. Seguíamos igual. Conviviendo. Soportándonos. Haciendo de pareja delante de los demás y de enemigos en casa.
Hasta que apareció ella. La chica de la limpieza.

La contraté yo. Necesitábamos ayuda en casa, porque yo no llegaba a todo y porque él tampoco hacía nada. Nunca hizo nada en casa, ni echar sus calzoncillos al cubo de la ropa sucia. Todo lo hacía yo. Así que, en ese momento de guerra fría, lo que menos me apetecía era seguir lavando su ropa.
Se lo sugerí a él y estuvo de acuerdo en que contratásemos a alguien. Pero que me encargara yo, que a él de daba pereza.
Así que allí estaba yo, haciendo entrevistas a chicas monísimas que había pasado la primera criba gracias a su foto del curriculum. Si me veis en las entrevistas preguntando que si estaban solteras o tenían pareja, que cuáles eran sus gustos musicales o qué les gustaba hacer un sábado por la tarde… más de una se ofendió muchísimo con las preguntas.
Hasta me amenazaron con denunciarme por preguntar cosas personales en una entrevista de trabajo. Y tenían razón. Pero mi objetivo no era que me dejaran la casa como los chorros del oro. Mi objetivo era que se llevaran a mi marido y para ello debía encontrar a una chica compatible con él.
Al final me decidí por Bianca. Era guapísima. Con una belleza natural, de esas chicas sencillas que no lo intentan y aun así deslumbran. Además, le gustaba el deporte, salir con la bici y el cine. Justo lo mismo que a mi marido.
Desde el primer día, él la miraba con ojitos de cordero degollado. Y yo, en lugar de enfadarme. pensaba: “por fin”.
No hice nada por evitarlo. Al contrario: facilitaba horarios, me iba a hacer recados justo cuando ella venía, o le pedía que viniera las mañanas que mi marido teletrabajaba. Quería que estuvieran los dos solos. Que hablaran. Que se conocieran.

Era surrealista. Yo, diseñando el escenario para que mi marido se enamorara de otra en mi propia casa. Pero ¿sabéis qué? Pues que funcionó.
Se liaron. Lo supe antes de que me lo dijera. Porque hay cosas que se notan. Porque de repente él estaba de buen humor. Porque ya no discutía conmigo. Porque ya no le importaba que la asistenta viniera cuando él estaba trabajando en casa…
Y un día, por fin, lo dijo. Aquello que yo llevaba tanto tiempo esperando:
—Creo que tenemos que separarnos.
Y desde ese día todo fue fácil. Se sentía culpable por haber engañado con otra, así que me facilitó todo. Me cedió la casa, la custodia del niño y todo lo que yo le pedí.
Según salió de nuestra casa, se fue a vivir con Bianca, y en cuanto nuestro divorcio fue una realidad, se casó con ella.
Manipulé a mi marido, sí, lo reconozco. Pero al final, todo salió bien. Él enamorado y yo separada y feliz.