Después de tanto tiempo, todavía no estoy segura de cómo fui capaz de reunir el valor para poner punto y final a casi diez años de miedo, vejaciones y agresividad. Es difícil explicar la sensación tan rara de culpabilidad y liberación que sentí aquel día. Durante un tiempo creí que su sufrimiento era culpa era mía, porque no estaba acostumbrada a mirar por mi. Fui tan tonta que al principio incluso quise conservar su amistad pero ¡sorpresa! no salió nada bien. Me acosaba para que volviera con él, se presentaba en mi trabajo todos los días (cuando en siete años de relación no lo había hecho nunca), me mandaba cientos de emails al día acompañados de otras cientos de llamadas telefónicas, me seguía… Pero lo peor vino cuando se enteró de que había empezado a salir con otro chico. Comenzó a amenazarme y, no contento con ello, un día descubrió que amenazar con hacer daño a mi familia y a mi chico iba a suponerme un dolor más grande y, obviamente, no se equivocaba.
Nunca olvidaré el día que fui a comisaría, muerta de miedo, a poner una denuncia, como tampoco podré agradecerle lo suficiente a mi padre por haberme infundido el valor para ello a pesar de que, como decía, nadie te prepara para lo que viene después. Fue Pepi, su madre, quien llamó a mi casa una mañana hecha una furia para contarnos que se la policía se había llevado a su hijo, que no entendía cómo me había atrevido a denunciarle porque, palabras textuales, si él me había dado una bofetada alguna vez puede que me lo mereciera. A pesar de todo, gané el juicio y se me concedió una orden de alejamiento de dos años. Lo que yo no sabía es que mi sufrimiento no había hecho más que empezar.
Su familia se encargó de propagar su versión de los hechos por todo el barrio: yo no era más que una buscona que había destrozado la vida de un pobre chico con mis mentiras. Pero a mi ex suegra no le bastó con aquello y también llevó su venganza personal al ámbito laboral. Y es que aunque en diferentes departamentos, por aquel entonces, mi madre y Pepi compartían centro de trabajo. Después del juicio mucha gente dejó de hablar a mi madre e incluso sus jefes, quienes hasta hacía poco estaban encantados con su desempeño, le hicieron la vida imposible.
Pero todo explotó una tarde en la que mi madre estaba trabajando tan concentrada y a lo suyo que no se dio cuenta de que mi ex suegra le estaba siguiendo por los pasillos. Aprovechando que estaban solas, Pepi empujó fuertemente y por sorpresa a mi madre contra la pared, le agarró del cuello y de la cara muy fuerte y mientras le zarandeaba le dijo que no olvidase a quien creían y a quién no. Después, salió de allí como si nada y dejó a mi madre sumida en un ataque de pánico. Por suerte y después de mucho insistir, pudimos convencerla para denunciar los hechos y la justicia nos dio de nuevo la razón. Mi ex suegra fue tan estúpida como para mentir en el juicio, pero el juez se percató de sus contradicciones y falló a nuestro favor.
Después de aquello mi madre no volvió a trabajar allí porque a pesar de haber una sentencia firme de agresión en el trabajo, nadie despidió ni trasladó de centro a Pepi. Por supuesto, muy poca gente creyó que mi ex suegra, tan cariñosa y educada, pudiera haberle hecho nada a nadie y tacharon a mi madre de loca y oportunista. Igualita que su hija. En definitiva, aquella sentencia judicial no fue todo lo positiva que cabría esperar y, aunque no hemos vuelto a tener ningún problema con esta familia, la culpabilidad no me dejó dormir durante mucho tiempo.
No entendía por qué las personas que mas quería en el mundo tenían que verse salpicadas por mi pasado. Sin embargo, ahora sé que poner fin a esa relación no fue el final, ni mucho menos, pero sí fue el primer paso que me llevó, por primera vez en mucho tiempo, a donde quería estar, porque encontré la fuerza, la independencia, la capacidad y la autoestima que alguien me quitó para disimular la muerte de la suya.
Mar Martín
