La imagen de un niño de tres añitos absorto en la pantalla de su móvil, mientras la cabalgata de Reyes pasa a unos metros de su cara, no es normal. No le di importancia en su momento. Al ratito, el niño se durmió, así que pensé que solo estaba cansado y que necesitaba la pantalla para la inducción al sueño. Yo misma necesito pódcast o audiolibros para dormirme. Es lo mismo, ¿no?

Pero luego se sucedieron episodios similares:

  • El niño mirando la pantalla en la terraza de un bar, mientras sus padres le insistían en que comiera. Lo hacía, sin agarrar el tenedor, solo abriendo la boca cuando se lo acercaba uno de sus progenitores. Sin mirar siquiera.
  • El niño metido en una habitación, solo y mirando el móvil, durante una escapada rural. No éramos suficientes para su entretenimiento los 10 adultos presentes, ni tampoco los otros cuatro niños (todos más pequeños que él, eso sí).

Podría seguir, pero os hacéis una idea.

Su madre se ha quejado últimamente de lo poco que hace el niño en el colegio. Ya ha manifestado que no le gusta ir a clase y, por las tardes, llora con los deberes porque no los entiende. 9 años tiene. Que su actitud tenga relación o no con el uso intensísimo que hace de las pantallas no lo puedo saber. Pero, la verdad, tiendo a pensarlo.

Ni el primero ni el último

Cuando yo era pequeña, las maquinitas de Tetris y los tamagochis desataban encendidos debates. Muchos de nuestros padres no habían tenido nada parecido y aquellos nuevos “juguetes” levantaban suspicacias. Pero las pantallas, a fuerza de uso, se han normalizado.

De eso, precisamente, hablaba un día con la madre del niño de este post. Dijo que hoy día hay “demasiadas cosas”, y que eso la asusta. Así que ve con buenos ojos que se legisle a favor de la restricción de uso de pantallas en menores, y reconoce que su hijo pasa demasiado tiempo mirándolas.

Percibo un patrón similar en mi entorno: a los padres les asusta lo expuestísimos que están sus hijos y saben que el uso excesivo de pantallas puede resultar dañino, pero todos recurren al teléfono como herramienta de entretenimiento en alguna ocasión, o pasan horas tecleando en su teléfono delante de sus hijos.

Vamos a obviar que el uso excesivo de pantallas puede afectar a la capacidades de concentración, atención, aprendizaje, empatía, manejo de la frustración y control de impulsos en los niños, según han advertido organismos como UNICEF. Vamos a obviarlo porque, al parecer, faltan estudios y hasta hay quien dice que no es para tanto y que basta con buenas prácticas.

Lo que está claro es que todos las vemos con suspicacias y pocos hacemos gran cosa. Es más, esperamos que venga el poder legislativo a hacer lo que no somos capaces de hacer en casa, y ahora hay quien anda aplaudiendo iniciativas como la del Pacto de Estado que ha pedido la presidenta de la AEPD.

Madres, padres y otros adultos involucrados de algún modo en la crianza vemos bien que se legisle para que los niños no tengan móviles antes de los 12 años… pero ponemos uno en sus manos mucho antes.

Queremos que los niños usen menos las pantallas… pero pasamos los ratos muertos absortos delante de una.

Tememos posibles adicciones o acceso a contenidos que comprometan su desarrollo, como el porno… pero somos laxos con las restricciones y no le vemos peligro al eterno deslizar del TikTok.

O espabilamos o aguantamos la respiración hasta ver los verdaderos efectos de esto. Y a lo mejor, en un futuro, no hay ley que nos evite lamentos.

Esse