Recientemente he sufrido un accidente de coche como resultado de una imprudencia mía. Íbamos mi amiga y yo a un centro comercial y me llamaron por teléfono para pedirme un contacto, nada urgente. Aunque iba conduciendo y ella me dijo que me ayudaba para que no quitase los ojos de la carretera, le dije que yo podía, porque ciertamente cuando vamos conduciendo no somos conscientes de que llevamos en las manos algo que requiere de muchísima responsabilidad y atención. Yo acostumbraba a mirar el teléfono, incluso contestaba a WhatsApp. La música, el navegador, todo resta atención, pero no le damos importancia hasta que ya es tarde, como es mi caso. Ojalá pudiera volver a aquel momento y hacer las cosas bien.
Tan pendiente estaba de mandar el contacto, que me salté un semáforo, además a una velocidad considerable, porque cuando me di cuenta de que me lo había pasado, aceleré para atravesar rápido. En ese mismo instante, impacté con otro coche que cruzaba en perpendicular.
Encima tengo que dar gracias a Dios porque todos podemos contarlo. Afortunadamente, no iba nadie en el otro coche en el asiento del copiloto, porque directamente, me empotré en él. Incrusté mi coche y sólo quedó a salvo el habitáculo del conductor. Este hombre sufrió daños leves, yo salí con algún rasguño aunque prácticamente ilesa, pero la peor parte se la llevó mi amiga, la cual estuvo una semana en la uci y actualmente está en casa pero con importantes problemas en una pierna.
Por las noches aún escucho su voz pidiéndome mandar ella aquel contacto para que no me distrajese. Es una pesadilla esto que estoy viviendo. No sabemos si recuperará la movilidad completa de la pierna izquierda. Es una chica con toda la vida por delante a la que mi irresponsabilidad le ha robado la posibilidad hacer una vida normal, al menos de momento, y no soy capaz de perdonármelo.
Voy a verla a diario, todo me parece poco para resarcir el daño que le he hecho. Daría algo por poder cambiar mi pierna por la suya, al menos me descansaría el alma. Es terrible tener que vivir con el peso de la culpabilidad en las espaldas.
Ella la pobre es la que me consuela a mí, dice que hay que aceptar que hay cosas que pasan y que no me fustigue más, pero de verdad que es verla y se me cae el mundo a los pies. Pudo ser mucho peor, está claro, pude haber matado literalmente al copiloto del otro coche de haberlo habido, pero aún así no encuentro consuelo en nada.
Quisiera volver atrás y hacer las cosas bien, conducir con los cinco sentidos puestos y no haber agarrado el móvil para contestar a nada que realmente no era urgente. Le he cogido miedo a conducir y estoy en tratamiento psicológico, porque no supero la responsabilidad de ser la causante de este tremendo accidente y de ver las secuelas que han quedado en mi amiga.
Anónimo
Envía tus movidas a [email protected]
