A MI HIJO LE RESBALA SER “RARO”
Tengo tres hijos. El mayor es el sabio, el mediano es el maestro y la pequeña es un “espejo incómodo”. A los tres los amo con locura, pero con cada uno mantengo una relación distinta, y además esas relaciones han ido cambiando a medida que ellos crecían y yo aprendía a mirarlos de otra manera.
Hoy quiero hablar del mediano: el maestro.
Nuestro canal exclusivo de testimonios
Y no lo digo en plan madre orgullosa de “ay, mi niño qué especial es”. No. Lo digo con la convicción serena de quien observa algo extraordinario en lo cotidiano. Mi hijo es distinto, y lo es de verdad.
Ya nació de una forma peculiar: decidió llegar al mundo escurriéndose entre mis piernas como un pececito antes de que la comadrona llegara siquiera a tiempo. Y antes de haber sacado el resto del cuerpo ya abría unos ojos enormes, como dos naranjas, con una expresión entre sabiduría ancestral y pequeño extraterrestre recién aterrizado. Estaba completamente pelado, sin cejas, y tenía una mirada que parecía leerte hasta el alma. Una criatura extrañísima… y maravillosa.
Fue creciendo con sus peculiaridades, que en casa procurábamos respetar siempre que no pusiera en peligro su vida o la de los demás. Porque de pequeño era capaz de romperse el dedo pequeño del pie en un castillo hinchable, tragarse una moneda de un céntimo porque decidió que la boca era un bolsillo ideal mientras nadaba, o expulsar granos de arroz por la nariz en mitad de un ataque de risa con sus hermanos.
Su risa era como una cascada y su energía, inagotable. Era un huracán rubio, de piel color arena, que se reía sin parar… aunque cuando se enfadaba podía desatar un pequeño Armagedón doméstico.
Con los años, esa rareza fue tomando forma.
No era un chico solitario, ni mucho menos. Tenía su grupo de amigos en el instituto, se llevaba bien con ellos, lo querían y lo aceptaban tal como era. Sacaba buenas notas y competía en equitación. Desde fuera, todo parecía encajar en la normalidad. Pero seguía desprendiendo algo difícil de explicar.
¿Y qué era eso que lo hacía distinto?
No era solo inteligencia. Era la manera de razonar, sus objetivos, la forma de mirar el mundo y de expresarse, como si siempre estuviera unos pasos más allá de la edad que tenía. Organizaba sin problema entrenamientos, estudios, amigos y lectura, su gran pasión.
Pero tampoco era eso.
En casa todos leemos mucho; han crecido entre libros, entre páginas abiertas en la cocina, cuentos antes de dormir y novelas en el jardín. La lectura no lo hacía raro.
Simplemente, era raro. Y lo sigue siendo.
Le fascinan los datos curiosos y posee un arsenal infinito de ellos, que comparte con entusiasmo en cualquier comida familiar. Y, para ser honestos, la mayoría son realmente fascinantes. Siempre termina soltando alguna información inesperada que nos deja entre la risa y la reflexión.
También tiene una manera muy peculiar de vestir. Sigue las tendencias de su edad, sí, pero también es capaz de comprarse unos pantalones de pinzas en un mercadillo de segunda mano o una americana de pana… y ponerse ambas cosas con una seguridad aplastante. Con orgullo. Sin el menor interés por la opinión ajena.
Y creo que ahí reside gran parte de su magia.
Ahora estudia una carrera poco convencional —por no decir una de esas carreras que hacen que la gente pregunte “¿y eso tiene salidas?”— y, cómo no, se ha rodeado de personas igual de peculiares que él.
Está la compañera mayor que cursa su segunda carrera; una chica china que estudió Bellas Artes en China y ahora hace Historia del Arte aquí sin hablar apenas español, así que se comunican con el traductor de Google; y un señor con un bigote espeso que lleva siempre un maletín de madera cuyo misterio aún no hemos logrado resolver.
Y sinceramente, ¿cómo no va a parecerme maravilloso?
Me cuenta las aventuras de ese grupo tan improbable y yo me parto de risa. Cuando le pregunto por qué va con ellos, me responde con total naturalidad:
—Porque los demás son planos y aburridos.
Y él, con la chica china, el señor del maletín y la universitaria veterana, es feliz.
Lo veo entusiasmado con lo que estudia, emocionado con lo que aprende, feliz de verdad. Y gracias a eso, ahora podemos compartir visitas a museos y exposiciones —algo que siempre me ha encantado— y, además, aprender juntos. Siempre termino descubriendo algo nuevo gracias a él.
Supongo que con los años muchas de estas “rarezas” dejarán de parecerlo. Imagino —o espero— que la gente de su edad irá creciendo, madurando y acercándose a ese lugar donde él parece haber estado desde siempre.
Pero mientras tanto, me maravilla verlo tan auténtico. Me maravilla que sea exactamente quien es. Que la opinión del mundo le importe tres pepinos. Que no se esfuerce en encajar. Que conserve intacta esa forma tan libre y suya de estar en el mundo. Porque eso lo hace todavía más interesante.
Así que solo le pido al universo que lo cuide:
Porque el mundo necesita más personas así: auténticas, curiosas, brillantes, excéntricas y profundamente vivas.
Y porque, aunque yo sea su madre, sé reconocer a un maestro cuando lo tengo delante.
Parvaty