Clara y yo éramos inseparables. Desde los seis añitos, cuando coincidimos en el colegio, nos hicimos mejores amigas. Vivimos muchas primeras veces: nuestra primera fiesta de cumpleaños con amiguitos de la clase, nuestra primera peli en el cine sin padres, nuestra primera salida a la calle con amigos, o nuestros primeros cigarrillos, a escondidas en la parte trasera del instituto. Fuimos creciendo juntas, tropezando al mismo ritmo: los primeros amores, los trabajos de verano, la entrada en la uni, mi cambio de carrera cuando descubrí que la primera no era lo mío, etc. Ella era mi brújula, mi otra mitad, esa con la que una puede ser torpe o contradictoria y aun así sentirse querida, éramos familia.
Lo conoció en una fiesta. El típico tío con el que te enrollas bailando y te pide el número antes de irte. Estaba ilusionadísima y al poco empezaron a salir. Al principio me alegré por ella, pero a medida que iba pasando el tiempo empecé a ver cosas en él que no me gustaban. Al principio eran detalles: opinaba sobre la ropa de mi amiga y cómo debía vestirse, le miraba el móvil siempre que le daba la gana o le decía que dejase de seguir a determinados chicos en redes porque «le iban a entrar celos». Un control disfrazado de ternura. Llegó un momento en que lo hablé con mi amiga, pero estaba ciega, decía que solamente se preocupaba por ella, que para nada era el típico tío controlador.
Yo iba viendo cómo la cosa empeoraba. Mi amiga salía menos y había cambiado un poco su forma de vestir. Por ejemplo, antes de conocerle solía llevar vestidos o faldas cortas, le encantaban de toda la vida, y de repente solo usaba pantalones largos. «Tía, no tiene nada que ver con él, es solo que estoy más cómoda, qué paranoia tienes, no seas pesada». Y así con todo.

Hasta que una noche me llamó llorando. Habían discutido, según ella por una tontería. Luego me enteré de que se había puesto celoso porque se habían encontrado con un ex de ella. Me dijo que él había perdido el control, que la había empujado. Tras mucho llorar, me prometió que no volvería a verlo y yo la creí. Dos semanas tardó en volver con él. Me dijo que habían hablado y que se había disculpado. «No te imaginas cómo lloraba, tía, claro que está arrepentido. Todos perdemos los nervios a veces, ya está». Tuve que callarme y tragar con todo. Lo último que podía hacer en esa situación era alejarme de ella porque se enfadase conmigo. Esa fue la primera vez que le mentí a la cara. Le dije que me alegraba por ella, que si era feliz, yo también lo era.
El control llegó a tal punto que la venía hasta a recoger a la universidad, todos los días. Tenía 21 años y vivía enjaulada sin ser consciente de ello. Y yo no siempre podía callarme, por más que quería evitar conflictos con ella. Y al final la distancia fue ganando terreno y también se alejó poco a poco de mi. Su relación con él se convirtió en una especie de tema tabú entre nosotras. Si yo le preguntaba, todo iba simplemente «bien». No quería contarme nada y la relación diaria que solíamos tener era más débil de lo que lo había sido jamás.
Pero un día me llamó su hermano. Estaba preocupado por ella. Había venido a verla por sorpresa y se la encontró llorando y con lo que claramente era un golpe en la cara. Se olía que algo iba mal, aunque ella dijese que «solo se había dado un golpe al resbalarse». Y yo tuve que decirle todo lo que sabía aunque supusiera traicionarla.

Su hermano activó la alerta en su familia. Al día siguiente, viernes, me llamó mi amiga alterada: su madre se había presentado por sorpresa en el piso que ella compartía con dos chicas más. No vivíamos juntas porque mis padres me metieron en una residencia cuando me tuve que mudar para estudiar, decían que se quedaban más tranquilos, y eso nos fastidió el sueño de vivir juntas durante la uni. El caso es que su madre le había dicho que hiciera las maletas, que se volvía a casa unos días, al menos el fin de semana. Mi amiga no entendía nada, protestó, pero al final se fue con ella. Pensaba que algo grave tenía que estar pasando para que su madre hubiera aparecido por allí para recogerla.
El drama se sirvió solo en cuanto su madre, ya de vuelta en casa, le explicó que sabía lo que estaba pasando y que ese «algo grave» que ocurría eran ella y su relación tóxica. Me llamó para desahogarse conmigo. Decía que no entendía cómo se habían enterado de nada, y yo, la culpable, me hice la loca. Intentó rebelarse y volverse a la ciudad donde estudiábamos pese a las súplicas de su familia, pero su madre le dijo que no pensaba volver a pagarle el piso, que si quería podía ir y volver en tren a la universidad, a hora y media de distancia, o pedir un traslado de expediente para estudiar más cerca.

Su madre me llamó y me explicó que tenían miedo de que volviese a vivir sola y lejos mientras mantuviese la relación con ese chico, y no pagarle el piso fue lo único que se le ocurrió para conseguir alejarla de él, porque al fin y al cabo era mayor de edad, pero no podría pagárselo ella misma para independizarse aún. Me suplicó que la convenciese para que trasladase su expediente. Y eso hice.
Ella me trataba como si fuera la única que no era su enemiga. Me sentía culpable porque le estaba mintiendo, hablaba con su familia a sus espaldas y hacía lo que ellos me pedían para ayudar. Pero un día nos pilló hablando a su madre y a mí y lo descubrió todo. Aquello reventó de todas las maneras posibles. Dejó de hablarme, no sin antes decirme que mi traición era la única que jamás se habría esperado.
Yo seguía preocupada por ella, así que su familia me informaba de cómo iban las cosas. Pero nuestra relación se había cortado tajantemente. Su novio el maltratador no tardó en dejarla, en cuanto le contó que ya no iba a vivir en su misma ciudad porque su familia quería apartarla de él, se quitó de en medio. Supongo que le entró miedo por si le denunciaban y se alejó rápido como el ser rastrero y cobarde que era.

Jamás habría pensado que no iba a perdonarme nunca. Pero así fue. Yo lo intenté, su familia lo intentó también. Pero ella rechazó todo acercamiento. Pasó el tiempo y dejé de intentarlo. Yo me quedé estudiando en la ciudad a la que nos habíamos ido juntas y de donde a ella la sacaron, y ella pidió el traslado de expediente y volvió a casa de su madre mientras estudiaba. Y nuestras vidas se separaron por completo.
Debo decir que no me arrepiento. Por casualidades del destino, me enteré hace poco de que el ex novio ha sido denunciado por dos mujeres por abuso y maltrato. Tuve que traicionar y mentir a mi amiga, y eso nos costó la relación, pero quizás con eso había salvado su vida. El precio a pagar fue grande, pero me compensa. Quizás algún día le llegue a ella esta misma noticia y quiera perdonarme. Y si llega ese día, aquí estaré para recibirla con los brazos abiertos.
Escrito por Carol M. Basado en un testimonio real anónimo.