Lo cierto es que desde el principio mucha gente de su círculo me advirtió de que debía llevar  cuidado con él, ya que era un fiestero y un viva la virgen de cuidado. Pero daba la casualidad de que por aquel entonces, a mí también me gustaba más una fiesta que a un tonto un lápiz, así que no me  supuso ningún problema, sino todo lo contrario. Hacíamos un buen equipo, siempre salíamos juntos y, en ese sentido, éramos la envidia de muchos de sus amigos que se quejaban de que sus novias se  enfadaban cuando ellos querían salir de jarana y de que nunca quisieran acompañarles. 

No tiramos meses ahorrando para pegarnos unas buenas vacaciones en Ibiza. Por supuesto, además  de pasear, ir a la playa o salir a cenar a sitios súper románticos, también hubo tiempo para irnos de  fiesta hasta que el cuerpo ya no nos dio para más. Y obviamente, aquel descontrol me pasó factura.  

Una mañana me desperté con la peor resaca de la historia, pero a diferencia de todas las que he  tenido a lo largo de mi vida, no mejoraba sino que cada vez me encontraba mucho peor. No paraba de vomitar, tiritaba de frío, me dolían los  riñones, la cabeza… En medio de aquel malestar tan horrible, le pedí que me llevase al hospital  porque algo no iba bien. Para mi sorpresa, él se enfadó, me dijo que no era nada, que era una simple resaca y que ya se me pasaría. 

Sólo cuando me puse a llorar del dolor, se dignó a llevarme a urgencias. Eso sí, con la cara hasta el  suelo y diciéndome que le había jodido la noche. Después de que los médicos me auscultaran y me  hicieran un sinfín de analíticas y pruebas, resultó que tenía casi 40º de fiebre y un cólico nefrítico  como un piano. Resultado: calmantes intravenosos e ingreso hospitalario, ya que la fiebre no bajaba y tampoco conseguía retener líquidos. Creo que no lo he pasado peor en toda mi vida, cuando dicen que el cólico a riñón es uno de los peores dolores  del mundo, es totalmente cierto. 

Sin embargo, a mi ex no le hizo ninguna gracia tener que quedarse a pasar la noche allí y perderse  su fiestorro correspondiente. ¡Menudo sacrilegio! Mientras yo estaba tirada en la camilla tiritando  de fiebre y sosteniendo el cubilete para vomitar como buenamente podía, él no hacía más que  pasear de un lado a otro de la habitación, enfadado. Cuando las horas fueron pasando y poco a poco  fui sintiéndome un poco mejor, mi cuerpo se rindió al cansancio y me quedé dormida, hasta que al  cabo de un rato, me despertó con unos toquecitos en el brazo. De repente, ya no estaba cabreado,  sino que sonreía y me acariciaba el pelo, cosa que agradecí enormemente. Pero aquellas muestras de cariño tenían trampa. 

Me dijo que se alegraba mucho de que estuviera mejor, porque así seguro que pasaría una buena  noche y que como ya tenía controlado el dolor con analgésicos, él no pintaba nada allí. Me quedé  muerta, incluso llegué a pensar que igual todo era un delirio fruto de la fiebre, pero no. El tío estaba  ahí, acariciándome el pelo mientras me decía que se iba a una famosa discoteca porque uno de sus amigos había llegado a la isla, que no me moviera de la  cama demasiado y que si pasaba algo, le llamase. Como si fuera lo más normal del mundo dejar a tu novia sola en el hospital con un cólico nefrítico para irte de fiesta. 

Como es lógico, me puse hecha una fiera, le avisé de que si se marchaba habíamos terminado.  ¿Sabéis que me contestó antes de salir por la puerta? Que era tremendamente egoísta y no podía  creerse que le hiciera aquello. Yo estaba tan colocada y me encontraba tan mal que no tuve ni  fuerzas ni ganas de contestarle, simplemente supe que habíamos terminado y que en realidad nunca  había conocido a aquel tío que me abandonaba en un lugar desconocido, sola, enferma y lejos de casa. Por la mañana, seguía sin dar  señales de vida y, sinceramente, tampoco me interesé ni un poquito por él. Bastante tenía con lo mío.  

Cuando el médico me dijo que si toleraba la comida, podría irme a casa, me puse loca de contenta. Estaba deseando que mi ex no volviera por el hospital, ya  que así me ahorraría escenitas innecesarias, pero tonta de mí creí firmemente que tarde o temprano  aparecería por allí preocupado por mí. Sin embargo, llegó la hora de la comida y yo seguía sola. Por suerte, la comida me sentó fenomenal y mientras esperaba que el médico me diera el alta, compré el billete de avión para esa misma tarde. Las vacaciones habían terminado para mí y aunque aquello significaba perder dinero, no veía la hora de largarme. 

Lo más fuerte de todo es que cuando abandoné el hospital sobre las siete de la tarde, mi ex seguía  desaparecido a excepción de un par de llamadas que por supuesto, no contesté. Una vez que llegué  al aeropuerto, empezó a acribillarme a llamadas y mensajes, donde me preguntaba dónde estaba.  Sencillamente, le envié un mensaje diciéndole que tal y como le avisé, lo nuestro había terminado y después le bloqueé. 

Fueron sin duda las peores vacaciones de mi vida, pero volví a casa mucho más ligera de equipaje.

 

Mar Martín.