Llevo bastante tiempo pensando si escribir esto o no. 

Al final supongo que lo hago porque ya no puedo más con la sensación de estar siendo la mala todo el rato. La nieta desagradecida, la que no entiende lo grave que es esto, la que “no tiene empatía”. 

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Desde que a mi abuelo le diagnosticaron cáncer, mi familia ha decidido que todo lo que haga, estará justificado. Da igual el qué. Da igual a quién haga daño o lo que diga. Todo se tiene que pasar por alto. 

Que quede claro desde el principio: me importa. Me importa mucho. Me duele la idea de perderle, de verle apagarse poco a poco y ver sufrir a mi abuela. No escribo esto desde la frialdad o porque no le quiera. Escribo desde el cansancio. Desde esa sensación constante de que, ahora mismo, mis límites y mi bienestar valen menos porque “él está enfermo”.

Mi abuelo nunca ha sido una persona fácil. Siempre ha sido dominante, muy de imponer su opinión, de hablar seco y hacer comentarios fuera de lugar, que cuando te molestan te dice que era broma o que te lo tomas todo a mal. Un señor de los de antes. Esto no empezó con el cáncer. La diferencia es que antes, de vez en cuando, alguien le decía algo. Ahora nadie se atreve. Ahora todo se tapa con un “no le lleves la contraria” o un “déjale, bastante tiene”.

Y yo pienso ¿bastante tiene quién? ¿Él o todos los demás que estamos alrededor aguantando esto?

Nuestra relación siempre ha sido bastante ambivalente. Él era un hombre difícil, pero yo era su nieta, entonces tenía días donde era un casposo que trataba mal a todos porque no le dejábamos ser la autoridad que él pretendía, pero al siguiente estaba super tierno con los nietos y nos llenaba de palabras de orgullo. 

Por motivos económicos he vuelto a vivir en casa y eso lo ha empeorado todo. Si me dice que soy una inútil por no tener aún un trabajo “como Dios manda”, tengo que callarme. Si opina sobre mi cuerpo, mis decisiones o mi vida sentimental, tengo que aguantar. Si me habla mal o se cabrea por cualquier tontería, la respuesta siempre es la misma: paciencia. Paciencia infinita. Como si fuera una obligación moral en al que todos nos hemos puesto de acuerdo. Pero a mi no me ha preguntado nadie. 

He intentado explicarlo. He dicho que hay cosas que me duelen, que entiendo que esté enfermo pero que eso no significa que pueda tratarme mal. La reacción siempre es la misma: malas caras, silencios incómodos y miradas de “no es el momento”. Me hacen sentir como si pedir un mínimo de respeto fuera algo cruel. Como si ahora estuviera prohibido hablar con mi abuelo.

Y eso es lo que más me pesa, la culpa. Esa culpa constante que te meten dentro hasta que empiezas a dudar de ti misma. Hasta que te preguntas si de verdad estás exagerando. Si quizá deberías aguantar un poco más. Si lo normal es desaparecer un tiempo para no molestar.

Pienso que ojalá pudiera irme de aquí. No porque no quiera a mi abuelo, sino porque no quiero seguir validando que querer a alguien significa soportarlo todo. Que ser buena persona es tragarte el malestar y sonreír. El mensaje que recibo todo el rato es claro: ahora no importas tú, ahora no toca hablar de cómo te sientes.

Sé que el cáncer es horrible. Sé que el dolor y el miedo pueden cambiar a una persona. Pero también sé que estar enfermo no convierte a nadie en intocable. No borra el daño que hace. No debería servir como excusa para humillar, controlar o faltar al respeto.

No quiero que mi abuelo esté solo ni que sufra más de lo que ya sufre. Pero tampoco quiero sufrir yo en el proceso. Tengo veinticinco años y estoy intentando construir una vida en la que el respeto no sea opcional, ni algo que se suspende cuando las cosas se ponen difíciles. Pero eso mi familia no lo entiende. Para ellos estoy haciendo lo de siempre, poniéndome pesada con mis temas, creando discusiones y teniendo conversaciones incómodas.  

Escribo esto para recordarme a mi y a la gente que esté pasando por algo parecido, que cuidar no significa aguantar todo y que poner límites no te convierte en una mala persona, aunque todos los demás te digan que sí.