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Cosas que solo entendemos las personas puntuales

Estoy convencida que en otra vida fui el conejo de Alicia en el País de las Maravillas, siempre a cuestas con mi reloj y gritando ≪¡voy a llegar tarde!≫. La puntualidad es una forma de vida, y si se junta con la impaciencia se forma un mix repleto de agonía, estrés, sudores fríos y me-cago-en-todo-qué-tarde-es.

Nos caló muy hondo el ≪date prisa o llegarás tarde al colegio≫ y desde pequeños nos enfrentamos a situaciones que sacan nuestro lado oscuro.

  • Llegamos a la estación de autobuses/trenes/aeropuerto con media hora de antelación.

¿Cuántas posibilidades hay de que se alineen las estrellas y al autobusero le entre un apretón que le obligue a arrancar antes de la hora prevista? MUCHAS. Métete una tostada en la boca, guarda lo imprescindible en la maleta y sal ya de casa.

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  • Nuestro peor enemigo: los semáforos rojos.

≪Acelerador, no me falles. Meto cuarta… Me da tiempo, va, que lo paso… Mierda.≫ Los minutos se hacen eternos cuando esperas a que el semáforo se ponga en verde, una sed asesina hacia los peatones empieza a recorrer tus venas y hasta te llegas a preguntar cuál será la multa por saltarte un semáforo en rojo. Decir que estaba en ámbar–rojo no vale, mensaje de la DGT.

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  • Nos ponemos al borde de un ataque de nervios si perdemos el metro, aunque el siguiente llegue en tres minutos.

Sí, todos han visto el sprint que te has marcado. Sí, ese niño cabrón se está riendo mientras una gota de sudor cae por tu frente.  Sí, una señora te dice adiós con la mano mientras el metro se aleja lentamente. Ni una canción de Álex Ubago representa el drama que supone esta situación.

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  • Nos cagamos en todo si se alarga nuestra rutina de ducharnos-vestirnos-peinarnos-maquillarnos.

Te ha salido un pelo en el bigote, dramón. Ese minuto que tardas en encontrar las pinzas de depilar en el cajón y arrancar el maldito pelo con toda tu buena maña supone la perdición. Todo tu esquema se ha visto trastocado y acabas maquillándote con la escopeta de Homer para ahorrarte algo de tiempo. Lo peor de todo es que vas a llegar pronto.

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  • Mentimos a la gente para que lleguen a la hora.

Sabes perfectamente que la película empieza a las once, pero qué mal puede hacer decirle a tus amigos que han adelantado la hora y es a las diez y media. Te criticaran pero por lo menos os sentaréis en los mejores sitios, compensa.

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  • Intentamos llegar tarde pero no podemos.

El universo conspira para que jamás llegues tarde, es un hecho. Puedes desayunar a lo americano, echarte una siesta, darte una duchaja (todos sabemos que la alcachofa de la ducha es la mejor amiga forever and ever), leer la saga de Juego de Tronos, ver todos los capítulos de Friends y construir la Estrella de la Muerte, aun así llegarás pronto.

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  • Nos pasamos quince minutos mirando por la ventana esperando a que llegue nuestra cita.

Ya que has acabado antes de lo previsto podrías invertir tu tiempo en algo productivo como acabar el trabajo que llevas aplazando un mes pero no, te pasarás quince minutos asomado a la ventana suspirando cada vez que pase de largo un coche del mismo color que el de tu amigo.

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  • Somos los segundos en llegar a las fiestas porque casualmente los primeros en aparecer son los únicos que nos caen mal.

Solo hay una cosa peor que llegar el primero a un sitio y estar esperando all by yourself media hora y es llegar el segundo y tener que compartir conversación con esa persona que te cae tan mal. Jamás pensaste que hablar del tiempo pudiese dar tanto de si, y si se acaba el tema puedes recurrir al alcohol, serás el primero en emborracharte y eso es muy top.

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  • El móvil es nuestro mejor aliado.

¿Te has pasado todos los niveles del Candy Crush? ¿Estás al tanto de toda la actualidad gracias a Twitter? ¿Recuerdas el nombre de todas las colaboradoras de WeLoverSize? Es difícil explicar a tus amigos que en esos minutos de dura espera te da tiempo a sacarte un máster en relaciones internacionales (y a petar la batería del móvil también).

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  • Odiamos en secreto a los que siempre llegan tarde.

Esperas profundamente que tu amiga tenga una buena excusa para justificar esa media hora de retraso y vas preparando tus cuchillos porque sabes que la guerra entre tardones y puntuales va a figurar hasta en los libros de historia.

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El infierno está lleno de personas que no reservaron plaza en el cielo porque llegaron tarde y estaban todas cogidas.

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