Hay ciertas situaciones en la vida que marcan un antes y un después, situaciones para las que una no está, ni de lejos, preparada. Quedarse embarazada por sorpresa, descubrir que el amor de tu vida te es infiel con tu prima… o llamar a tu madre por teléfono sin querer mientras te están dando como a cajón que no cierra y que encima, ella se quede escuchando. Empezaré confesando que soy, sin lugar a dudas, una persona sumamente patosa y despistada, de esa clase de gente que se anda cayendo por el suelo constantemente. Bridget Jones a mi lado es la mujer más sofisticada del mundo. Sin embargo, hasta entonces, nunca había llegado a tal límite de bochorno.
Estaba con mis amigas disfrutando de mi recién estrenada soltería en plenas vacaciones de verano y, como ya lo cantaba el Fary, «verano, verano, alegría, alegría». Después de varios años de relación tortuosa y repleta de toxicidad, mis amigas me llevaron de vacaciones a la playa con el único objetivo de ligar, beber como cosacas y desparramar a lo grande. Y así lo hicimos desde el minuto uno: playa, fiesta, descontrol, risas, gente nueva, chicos, sol… En una de esas fiestas conocí a un chico que me encantó y que me tiraba ficha sin pudor alguno. El chaval estaba que se comía solo y yo estaba soltera, así que después de un par de días de tonteo descarado, me pregunté: si te apetece y se da la situación, ¿por qué no? Y vaya si se dio.
Nos fuimos a mi hotel y la verdad es que no tengo palabras para calificar lo que pasó de puertas para dentro aquella noche. Fantasía. La temperatura subió de tal manera que se me fue la olla, me desinhibí como nunca antes lo había hecho y disfruté como una loca. En mi anterior relación el sexo se había convertido en algo monótono, en prácticas que sólo le satisfacían a él. Básicamente, si quería conseguir un orgasmo tenía que apañarme yo solita. Sin embargo, aquel chico sabía muy bien qué teclas tenía que pulsar y tuve uno de los mayores orgasmos de toda mi vida acompañado, por supuesto, de un sinfín de palabras guarrísimas por ambas partes. Cuenta la leyenda que los padres tuvieron que tapar los oídos de sus hijos menores y que todavía incluso puede escucharse el eco de mis gemidos.
A la mañana siguiente me desperté como una rosa y a las horas llamé a mi madre para ver qué tal estaba. Mi relación con mi madre es bastante cercana y tengo la costumbre de conversar con ella por teléfono un par de veces al día cuando estamos lejos. En aquel momento, después de mi ruptura, mi madre me llamaba más de lo habitual para asegurarse de que estaba bien. Aquella mañana la noté un poco rara y los días posteriores no me llamó, pero no le di mayor importancia. Mis amigas y yo seguimos a lo nuestro y las vacaciones continuaron sin más.
Una semana después, de vuelta a la realidad y ya en casa de mis padres, estaba deshaciendo la maleta y mi madre me llamó para cenar. Yo notaba una tensión un poco extraña en el ambiente. Ellos me preguntaron qué tal las vacaciones y yo les conté únicamente las anécdotas para todos los públicos, ahorrándome los detalles de alto voltaje. Sin embargo, mi madre con cara de circunstancias me dijo que hacía algunas noches un número raro había llamado a su teléfono y que al contestar se escuchaba a una chica gritando obscenidades y que la voz les sonaba mucho. Yo enseguida me percaté de por dónde iban los tiros, me puse como una tomate y fingí no saber de qué estaban hablando. Engullí la cena a toda prisa y corrí a comprobar las llamadas realizadas la noche de marras, rezando para que todo fuese un error y la chica de los gritos obscenos y el número de teléfono raro no fuese yo. Pero…¡horror!. Sin querer, en algún arrebato pasional, habría pulsado llamar a mi madre mientras lo daba todo con aquel chico de la playa.
Resulta que a mi madre le daba mucho apuro contarme a las claras que lo había oído todo con pelos y señales y que yo ni me había enterado, por lo que decidió ponerme al corriente de mi pequeño gran despiste sin decirlo explícitamente. Y aunque igualmente pasé el peor rato de mi vida, le agradezco esa pequeña mentira.
Cada vez que pienso en las cosas que dije a voz en grito, en los sonidos corporales y los gemidos mientras mi madre estaba al otro lado del teléfono solo deseo que me trague la tierra. En mi casa nunca se ha vuelto a sacar el tema y, si he aprendido algo de toda esta torpeza innata que me caracteriza, no es a mirar por dónde piso mientras camino sino ha comprobar varias veces si el teléfono está bien lejos y apagado cuando me dispongo a frungir.
Mar Ausarta

