Recuerdo perfectamente cómo me afectaban antes las opiniones de los demás. Especialmente en esa adolescencia eterna en la que te salen granos y todas vestimos igual porque, claro, es lo que se lleva. Yo nunca encajé en los estándares físicos del momento. En los años noventa, cuando Britney y Paris Hilton iban con esos pantalones de cintura bajísima, yo lo pasaba fatal. Mi cuerpo no estaba diseñado para eso: muslos generosos, culo con personalidad y tres michelines saludando al mundo como si fueran invitados VIP.

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Pasada la adolescencia, mi cuerpo seguía siendo el mismo, pero además se sumó otro “encanto”: era rara de cojones. Poco sociable, bastante intensita con los estudios, capaz de hablar horas con mis perros y un pequeño desastre organizativo. Así que, además de “la gorda”, también era “la rara”. A esa edad, cualquier comentario me dolía como si me clavaran un dardo.

Spoiler: nunca me desperté siendo delgada ni “normal”.

Con los años tuve pareja, me casé y tuve tres hijos maravillosos. Veinte años después, me separé. Y ahí, amigas, empezó el espectáculo. Crié a mis hijos bastante a mi manera (lactancia larga, partos en casa…) y, aunque mi verdadero yo ya iba asomando, solía vivir justificándome. ¡Pero cuando me separé… estalló la primavera en mi cabeza!

Para empezar, dejé de ser puntual. Mi exmarido era extremadamente puntual, así que yo decidí convertirme en tardona profesional… y oye, qué gustito. Llegar tarde sin culpa es un placer infravalorado. A partir de ahí, fui descubriendo a una mujer que se viste como le da la gana, que prefiere sofá y perros antes que socializar, y que aprendió a decir NO sin dar veinte explicaciones.

“¿Te apetece venir?” “No.” Y me quedo tan ancha. Maravilloso.

Empecé a tener voz en el trabajo y a plantarme cuando tocaba. Me uní a una chica que diseña ropa y empezamos a crear faldas con estampados imposibles que, en teoría, no deberían funcionar… pero funcionan. Poco a poco construí una mujer a la que le importa un pepino bien grande lo que opinen los demás.

Dejé de depilarme las axilas porque me parece sexy, me pongo bambas coloridas y me paseo desnuda por mi jardín como si fuera la dueña del mundo. Me baño en la piscina en bolas, con mis michelines, mis tetas caídas y mi celulitis. Todo al aire. Todo mío. ¿Y sabéis qué? A mis 46 años… me la sopla.

A veces pienso que, si mi yo de 20 hubiera tenido esta actitud, habría sufrido menos. Pero con 20 años una bastante tiene con sobrevivir a los pantalones de tiro bajo. Así que nada, chicas: menos tonterías y más vida. Vistamos como nos dé la gana, criemos como queramos y, si apetece, nos bañamos desnudas. Que bastante tenemos ya encima como para tener que ir pidiendo permiso.

Parvaty.