Lo de que mi madre fuera soltera me pareció lo más normal del mundo hasta que en el colegio empezaron las preguntas de quién era mi padre y dónde estaba, cosa que nunca supe responder. Ahí intenté que mi madre me diera datos para tener argumentos de defensa pero no recuerdo nada claro que me sirviera para enfrentarme a la crueldad de algunos niños. 

Más testimonios reales en whatsapp, pincha aquí, es gratis y totalmente privado

Cuando fui creciendo descubrí una versión trágico romántica de una historia en la que mi madre se enamoró, se quedó embarazada y mi padre huyó. Ella, en vez de odiarlo, mantenía un recuerdo idealizado de un hombre que quizás nunca existió y al que supuestamente ella amaría siempre.

Me dio rabia y me costó creer que, 13 años después de haberme criado sola, ella tuviera esperanza, sentimientos o ilusión por volver con mi señor padre ausente al que yo odiaba y al que me propuse desbancar con cualquier otro candidato a novio que no fuera él.

Es cierto que en un pueblo de 150 habitantes no había mucho donde elegir y que encima mi madre ya había rechazado hace años al único candidato salvable, Elías, apuesto, amable, interesante y con billetes a una vida en Suiza que quién sabe lo que nos habría deparado.

Pero, mientras que mi madre más se cerraba en banda, yo más insistía en apuntarla a las apps de citas o inscribirla en algún programa de televisión, cualquier cosa menos que se aferrase el recuerdo de mi progenitor o a la soledad que me parecía un fracaso. 

Ahora no sé muy bien por qué lo veía así. Puede que en mi adolescencia interpretara que el amor era la tabla de salvación, o la pareja como única forma de vida, o que me creyera la idea romántica de las películas en las que solo así se alcanza el culmen de la felicidad.

Pero mi madre me ha dado una lección de amor propio y de vida. De no buscar a alguien solo para llenar huecos vacíos o ayudarla a pagar las cuentas que no han sido pocas. Ha trabajado duro para no depender de nadie, ni económica ni sentimentalmente, y ha construido una vida solitaria y llena de paz.

De ella he aprendido, cuando todavía no estaba de moda, que no hay medias naranjas, que vivir en pareja es solo una opción, que no son un fracaso las familias monoparentales y que tenemos que dejar de empeñarnos en buscar a toda costa el amor.

Después de casi toda una vida deseando que mi madre se echara novio, intentándolo sin éxito, sintiéndome mal por yo marcharme de casa y verla sin marido, con la culpa de que nunca más rehiciera su vida quizás por tener una hija, ahora tengo simplemente orgullo y envidia sana. 

Le queda un año para jubilarse y disfrutar del descanso que tanto merece. Con mucho esfuerzo se ha construido un hogar para vivir con más comodidades. Cuando llega a casa del trabajo disfruta de vivir a su manera, se pone su pijama, cocina algo rico y ve sus series favoritas. 

Puede que no haya construido esa rutina de una forma consciente y hasta creo que han sido los traumas y el miedo los que la han empujado a disfrutar de la soledad. No sé si lo de no estar nunca jamás con nadie después de mi padre fue porque no quiso, o no pudo, o no lo intentó, pero ya poco me importa. Verla feliz y satisfecha es lo único que quiero.

Mi mejor terapia ha sido mi madre. Sin ella saberlo, me ha ayudado a dejar relaciones tóxicas, a no empeñarme en parejas que no son, a no querer a quien no me quiere, a no mendigar aprecio, a saber, que pase lo que pase, mi propio centro me basta. Que no hay que enamorarse, casarse o emparejarse porque sí, por imposición social o por una hija pesada que insistía, como yo lo hice. Gracias mamá por tu valentía, por tu independencia y por hacerme entender y valorar que también hay éxito y calma envidiable en la soledad. 

 

envía tus movidas a [email protected]