¡No me toques el pito, que mi irrito!

 

Lo reconozco, soy un desastre con el coche. Y tener una pareja y un cuñado que se dedican  a la mecánica y que están todo el rato detrás mía para que se lo lleve cuando hace algún ruido raro no ha sido, hasta hace unos meses, un motivo para que le echara cuentas al pobre.  Aunque es verdad que tras muchas broncas, llevo un tiempo que al mínimo ruido raro, por lo menos aviso para que me lo miren. 

Y es que no, no me gustan los coches… Es decir, si tuviera pasta para comprarme uno y jubilar mi tartana del año de la polca, obviamente lo haría, pero no por estética ni por capricho, simplemente por tranquilidad. No quiero un coche de alta gama, ni extras innecesarios… A mí con que tenga aire acondicionado y la pegatina para poder circular sin restricciones, me vale. Y quien viva en Málaga entenderá por qué estos dos requisitos son imprescindibles. 

Pero en estos momentos no puedo permitirme ni siquiera uno de segunda mano (de meterme en una letra mejor ni hablamos), así que tengo que hacer el apaño con mi tartana, que está ahí aguantando como una campeona… Gracias a mi churri y a mi cuñado también, todo hay que decirlo.

El caso es que con tantos años que tiene, ya le va saliendo de todo… Y yo que no entiendo mucho de coches más que de que le tengo que echar diesel antes de que me entre en reserva, con cualquier cosa que escuche me creo que se me va a desmontar. Incluido si algún coche que pasa por al lado pita, sea a mi o no…

Y  así llevaba yo unas semanas, escuchando que cada dos por tres algunos de los coches que pasaban por mi lado, pitaban. No un piterío de protesta o puteo, sino una pitada corta como cuando quieres avisar a otro conductor de algo. 

Con eso yo estaba mosca ya, porque suelo ser prudente en la carretera, pero aún así miro si es que voy más lento de la cuenta, si estoy entorpeciendo… ¡Pero es que a veces me pillaba sola en mi carril y el que pitaba pasaba por al lado!  Entonces tenía que ser por huevos que llevaba algo mal en el coche, así que ya compruebo si tengo las luces puestas, alguna rueda floja, miro a ver si alguien me hace una señal de algo… Y nada. ¡Coño que he llegado hasta parar el coche y revisarlo de arriba abajo! 

Me estaba volviendo majareta perdida ya, así que se lo comento a mi churri que después de comprobar que todo está bien, me dice: «será a otro». Vale si, puede ser. No me quedo muy conforme con eso, pero si me dice que no hay nada raro, él sabrá más que yo…

Hasta que un día me monto en el coche para ir a recoger al niño del instituto y a su amigo, que ese día se quedaba a comer en casa, y al subir una cuesta de doble sentido, me viene otro coche para abajo y me aparto para que pase. Él pasa, yo sigo subiendo y escucho un piterío monumental: “¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!”. Y yo pienso: “Hostia, qué tío más agradecido… es verdad que tenía yo preferencia, pero tampoco es pa que me monte la fiesta que me está montando”.

Ay… madre. Qué lástima de mi.

Sigo mi rumbo, conduciendo, cuando empieza otro piterío igual que antes. ¿Qué cojones le pasa a la gente hoy con los pitos? Y miro para atrás, para la izquierda, para adelante… Y no hay nadie. Estoy yo sola en el camino. Yo ya estaba a punto sacar el móvil y buscar el teléfono de Iker Jiménez, porque aquello normal no era. Tenía que haber un coche fantasma o algo… 

Sin salir de mi asombro sigo conduciendo, porque estaré flipando, pero también tengo un hijo adolescente que sale del instituto con un hambre que me come a mí como me descuide, así que primero a buscar al niño y después ya buscaré explicaciones. Hasta que de pronto: “¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!”. Y después: “PI PI PIPI PI PIPI PIIII PI PI”. Hostiaputa, espera espera ¡que la que pita soy yo!  Bueno, yo no, mi coche, que va por libre… Mi coche estaba pitando solo, a demanda y yo no tenía ni puta idea de por qué. Y no solo no tenía ni puta idea, sino que tenía que recoger al niño.  Menos mal que seguía en el mismo camino en el que no pasa casi nadie y en ese momento sólo estaba yo… si no, qué vergüenza por favor.

 Lo único que se me ocurrió fue pararme a un lado, apagar el coche y volverlo a arrancar a ver si ya se le había pasado el brote. 

Pues va a ser que no, el coche pitaba hasta parado. Vuelvo a pararlo, muevo un poco el volante, golpeo el pito y… ¡Se calla! Perfecto, el golpe lo ha acojonado. Voy volando a por el niño y luego ya aviso a mi churri para que me dé una explicación lógica y por supuesto una solución.

Sigo mi camino, con el coche en silencio, directa a coger la autovía. Y allí, al dar el giro de volante para incorporarme… Le da otro brote: “¡PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PI PI PI PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIPIPIPIPI PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!”. 

Imaginaos la situación: 14:55 de la tarde de un día laborable, vais tan tranquilos por la autovía cuando por vuestro lado pasa un troncomovil, conducido por una loca que va pitando sin parar como si se le fuese la vida en ello. Menos mal que el recorrido es sólo de un par de minutos… Y que al salir de la autovía, el coche dejó de pitar. Qué respiro por dios…

Hasta que vuelvo a girar el volante para girar a dónde me estaban esperando mi hijo y su amigo. Llegué por todo lo alto: “PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII PIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIIII!” Y mi hijo el pobre que creía que le estaba metiendo prisa para que se acercaran al coche, miraba para la carretera y me hacía gestos con la mano, como diciéndome que me tranquilizara, que no podían cruzar porque venían coches. Yo intentaba decirle que no era yo, que era el coche, pero no entendieron nada hasta que se metieron y empezaron a pasar vergüenza en carnes propias. Después de que se les pasara la vergüenza empezaron a partirse el culo de risa y yo más nerviosa me ponía. Qué diez minutos de camino más largos…

Llegando a casa ya, giré el volante para meterme en mi calle y el coche se volvió a callar. Los niños no, ellos seguían descojonándose. Qué tensión por favor.

Y una vez aparcados, llamé a mi churri, le conté el percal, me explicó que mi coche no estaba embrujado ni mucho menos y me dio dos opciones provisionales hasta que se lo llevara por la tarde:

  • Opción número uno: ir a la caja de fusibles y sacar el que corresponde al pito. No lo veo, no lo veo… ¿cómo coño averiguo yo cuál es el fusible del pito por dios? ¿Y si quito el que no es y el coche se me convierte en un transformer? Nada, nada, opción número uno descartada.
  • Opción número dos: meterme debajo del coche, localizar el “enchufe” del pito y desconectarlo. Esta si me cuadra más.

Con las instrucciones de mi churri no veía yo dificultad a la opción dos, así que ahí que le pongo de comer a los dos cabroncetes y salgo a desconectar el pito. Me agacho, lo localizo… era fácil, ponía “claxon”. Ya he dicho que de coches no entiendo una mierda, pero el claxon sé lo que es. Además era tal y cual me había dicho mi churri. Ea, ahí que le meto mano, tiro… y nada. Lo vuelvo a intentar… y nada. “Joe qué duro está esto mecagoentó”. Llamo a mi churri y le explico que no puedo sacarlo, que está muy encajado. Me explica que tiene como una pestaña de alambre que de ahí se desencaja. Yo me vuelvo a meter debajo del coche y tiro de esa pestaña… Y ya no sé si serían los nervios que había pasado, la mala hostia que tenía encima o qué, pero no tenía narices de sacar el enchufe ese de ahí. Así que en un intento de no parecer más tonta de lo que estaba pareciendo, me meto en Google y pongo: “Qué pasa si corto el cable del claxon de una scenic”. Y san Google me dijo que no pasaba ná, que lo único que el pito no me iba a sonar. ¡¡¡Coño, pues eso es lo que quiero yo!!!

Y allí que fui yo a por unas tijeras de jardinería y enfilé el cable para entrar a cortar. 

Y ya no pitó más. Eso sí, cuando lo llevé al taller y mi churri y mi cuñado vieron lo que había hecho, la que casi tiene que salir “pitando” soy yo.

 

Vir Pino