Mi amiga Renata ha acudido a mí para desahogarse tras la situación más vergonzosa que le ha ocurrido nunca y tras la ruptura más decepcionante.

Rena llevaba escasos tres meses con Beni. Se habían conocido por unos amigos en común en una fiesta. Desde el minuto uno saltaron chispas. Bailaron toda la noche, se besaron muy apasionadamente justo antes de irse cada uno a sus casas y ambos llamaron a sus amigos al día siguiente para pedir el número del otro para volver a verse.

Había sido una conexión brutal. Rena decía que sentía una fuerte energía cuando le cogía la mano, como si sintiese electricidad estática pero justo antes del chispazo, como si vibrase. Quedaron unos días después para ir al cine. Fueron de la mano por la calle, pasearon horas y charlaron como si llevasen juntos toda la vida.

Tras tres días haciendo vida casi de pareja, Beni se quedó a dormir en casa de Rena y descubrieron que su conexión iba más allá de la atracción superficial. La pasión, la compenetración y el placer que ambos sintieron aquella noche fue cosa de otro planeta.

Una de las chicas que había organizado la fiesta donde se conocieron le contó a Rena que Beni había llamado a su novio y le había contado que estaba alucinado con ella, que le parecía imposible, pero que se sentía enamorado totalmente, que percibía en ella algo indescriptible, algo especial, sin comparación.

Ella le dijo que sentía totalmente lo mismo. Sin entrar en detalles le dijo que el sexo con él había sido algo espiritual, algo totalmente diferente de lo que había sentido nunca. Su amiga le habló de Beni. Le dijo que lo había pasado muy mal con una situación familiar complicada, que era un buen chico y que se alegraba mucho de verlos juntos, pues creía que harían muy buena pareja. También le dijo que Beni tenía una pequeña pandilla con la que jugaba al fútbol una vez por semana que a ella y a su novio no le gustaban nada.

Le dijo que aquellos chicos eran diferentes a él, eran fanfarrones, irrespetuosos, de esos grupos de chicos que se hace notar allá donde va, pero no por nada positivo. De esos grupitos donde siempre se rompe más de un vaso el bar, que hacen un ruido enrome y solamente se hacen bromas pesadas.

A nadie de su pandilla de siempre le caen bien, pero Beni decía que no les habían cogido el punto, que no eran tan gañanes como aparentaban, que en el fondo eran buena gente y que a él le rentaba tanto jugar los jueves con ellos, que pasaba por alto algunos detalles que sí le podían molestar.

El caso es que Rena y Beni se habían enamorado mucho y pasaron a ser uña y carne. Él la iba a ver patinar los sábados por la mañana. La mirada de admiración con la que la esperaba al salir del vestuario era la mejor recompensa tras una larga mañana de duro entrenamiento.

Los jueves Rena aplaudía desde la grada cada vez que su amor tocaba el balón. Ambos eran perfectos el uno para el otro.

Sus encuentros nocturnos, lejos de irse acomodando, eran cada vez más apasionados y ella estaba feliz de dar, por fin, con un hombre realmente entregado a su placer (el de ella), pues sus pocas relaciones anteriores habían sido de esas en las que él buscaba su propio placer como único objetivo.

Estaba tan  a gusto que incluso creía estar pillándoles el  punto del que Beni hablaba a sus ruidosos amigos.

Cada jueves, tras el partido, se reunían en un bar cercano a tomar cañas hasta muy tarde.

Bien, pues hace unas semanas, Rena no pudo ir a verlo jugar porque su padre se había puesto enfermo y quería estar con él mientras su hermano no llegaba del trabajo para no dejarlo solo. Beni lo entendió perfectamente y le dijo que se verían al día siguiente. Pero Rena quiso sorprenderlo y aparecer en el bar, sabiendo que aun estarían allí un par de horas más.

Entró por la puerta más lejana a la esquina donde se ponían siempre, al lado de los dardos. Nada más abrir la puerta escuchó los gritos y carcajadas habituales en aquel grupo. Sonrió al darse cuenta de cómo se escuchaba desde lejos y se fue acercando despacio para tapar los ojos de su novio por la espalda. Ese día había bastante gente y le estaba costando pasar.

Entonces escuchó la voz de su amor decir su nombre. Se le aceleró el corazón y se quedó quieta. Quería saber qué decía de ella. Entre gritos y vítores podía distinguir perfectamente la voz de aquel hombre que había marcado la diferencia.

Entonces una jarra de agua gélida le cayó encima al escuchar con atención sus palabras y su forma grotesca de expresarse. “Buf, vaya guarrilla está hecha. Os lo juro que no me la habían chupado así jamás. Come con hambre, como debe ser”. Se puso de puntillas para ver si realmente era él quien estaba hablando. No podía ser…

Entonces, paralizada por la decepción y la vergüenza, siguió escuchando cómo aquel imbécil contaba que ella le servía y atendía como se merecía cuando iba a su casa, que le encantaba su carita de súplica cuando ella no había terminado y él sí, que le gustaba dejarla a medias de vez en cuando para que no se acostumbre y que así era más agradecida cuando (e hizo un gesto con la lengua simulando un cunnilingus). Ella pudo verlo de cerca, pues instintivamente se había ido acercando.

Por unos segundos se planteó fingir que no había oído nada y no romper su cuento de hadas. Pero a su lado, rodeada por las carcajadas de aquellos estúpidos que, al verla, se habían empezado a reír más fuerte todavía, no pudo evitar tocarle con un dedo en la espalda.

Él se giró pálido, pues ya había intuido lo que ocurría mientras sus amigotes gritaban “Te van a regañar” “Hoy te toca pelártela” y otras soeces.

Ella lo miró a los ojos y no lo reconoció. Él se encogió de hombros como quien hace algo inevitable, sin querer… Ella no lo podía soportar, la ira le crecía desde el ombligo y le quemaba el pecho, haciendo que su cabeza pasase a un segundo plano. Miró al más alto de todos que no paraba de decir cosas cada vez más ofensivas y le dijo “¿Te ríes porque sabes que Beni no contará jamás que te pilló comprando un dilatador anal?”  Se calló de golpe, se empezó a poner rojo y salió corriendo.

El cacareo se frenó, empezaron a cuestionarse si aquel en quien confiaban era “un bujarra” y se sintieron vulnerables. Es curioso cómo los hombres ante la posibilidad de que un hombre les trate como ellos nos tratan a nosotras se sienten tan desprotegidos. (Por supuesto no se plantearon que usar juguetes anales no hacen a un hombre gay automáticamente, pero eso es otro tema).

Beni quiso sujetar la muñeca de Rena cuando esta se giraba para marcharse, pero ella estaba totalmente en llamas… Se giró y con la fuerza que le otorgaba la potencia de su propio giro y con la experiencia de 10 años en un gimnasio de boxeo, lanzó el crochet más certero que había lanzado en su vida. Él dio tres pasos atrás antes de caerse de culo a los pies de sus amigos, horrorizados porque le hubiese pegado una chica.

La amiga con quien compartía confidencias de su relación no daba crédito. Le dijo que no se podía creer que para sentirse integrado entre aquellos capullos él decidiese ser el más cabrón de todos. Rena le expresó su miedo de recibir una denuncia por la agresión o que contase la típica historia de “Era una loca que me vio con mis amigos…”. Pero nada más lejos de la realidad.

Beni dejó el fútbol. Le envió unas disculpas por email que nunca llegó a leer y habló maravillas de ella todas estas semanas.

Ahora acudió a mí, pues como se disculpó y dejó atrás todo lo que le hacía ser un gilipollas unas horas a la semana “por culpa de sus amigos” ahora todo el mundo la presiona para que le dé una segunda oportunidad.

Me dejó leer el email que ella no quiso ver, decía claramente que no merecía ser perdonado y que no esperaba nada de ella. Él la dejaría en paz, pero el entorno de ella no y ahora se siente mal porque lo que sentía por él era real, pero aquello que había hecho había traspasado todos los límites para ella y no piensa ceder.

Se siente incomprendida, como si la juzgasen por tener una rabieta, como si no tuviera derecho a no perdonarlo.

Yo solamente la admiro por su firmeza y, aunque estoy totalmente en contra de la violencia, creo que todas sus decisiones fueron acertadas.

 

 

Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.

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