Mi relación con mi suegra siempre había sido buena, desde el principio nos llevamos bien y tener una forma de ser tan parecida, ayudó bastante. Es una mujer tranquila, cariñosa y muy buena gente, que desde el minuto uno me demostró que no era la típica suegra metomentodo de lengua viperina. Tampoco es que nos hiciéramos las mejores amigas del mundo, pero manteníamos una relación suegra-nuera cercana y sin el mayor problema. Por eso no le tuve en cuenta todas las veces que nos preguntaba cuándo pensábamos ir a por el bebé, a pesar de que siempre me ha parecido una falta de respeto ahondar en un tema como ese. Sabía que lo hacía sin maldad, al igual que mi madre.
Testimonios reales directos en tu móvil, chollazos y ofertones aquí — https://whatsapp.com/channel/
Nosotros siempre salíamos por la tangente, ya que aunque era algo que nos rondaba la cabeza, no lo teníamos muy claro. Hasta que un día, no sé muy bien cómo ni por qué, supimos que había llegado el momento y que queríamos ser papás sin más dilación, así que nos pusimos manos a la obra. Durante los primeros meses no hacíamos más que pensar en cómo sería nuestra vida como padres, en los nombres que nos gustaban, etc. Toda nuestra familia estaba feliz, pero yo notaba a mi suegra un poco distante, aunque no le di mucha importancia y pensé que como era una mujer discreta por lo general, no quería meterse donde no la llamaban o agobiarnos más. Tras un año intentándolo, no nos quedó otra que acudir al ginecólogo.
La doctora quiso animarnos, nos dijo que era de lo más habitual, que esto no era llegar y besar el santo pero que para quedarnos más tranquilos, nos harían unas cuantas pruebas. Sus palabras nos tranquilizaron un poco hasta que, una vez obtenidos los resultados, supimos que todo estaba bien y no sabían a ciencia cierta cuál podía ser el problema, así que tenían que hacerme una histerosalpingografía para comprobar la permeabilidad de las trompas. Me avisó de que era una prueba un poquito dolorosa, pero necesaria, que no se me ocurriera mirar en internet. ¿Y yo que hice nada más llegar a casa? Mirar en internet, por supuesto. Todas las mujeres contaban que era una auténtica pesadilla. Me negué en rotundo.
Pasaron un par de meses en los que seguimos intentándolo, sin éxito. Todo el mundo nos animaba, nos decían lo típica frase de «cuando menos lo esperéis». Todo el mundo menos mi suegra, que no piaba. Cada vez estábamos más frustrados y eran tantas las ganas que tenía de ser mamá que me decidí y di luz verde para que me hicieran la dichosa histerosalpingografía, ya que pensé que mi miedo no debía poder más que mi ilusión. No voy a mentir, dolió horrible, pero no fue el fin del mundo. Mientras estaba en la camilla me ayudó mucho pensar que aquello merecía la pena si me acercaba más a mi sueño. Sin embargo, los resultados no fueron buenos en absoluto. No nos esperábamos descubrir aquella mañana que tenía las trompas obstruidas e inflamadas a causa de una infección, por lo que era mejor y necesario extirparlas. Traducción: nunca podría ser mamá a no ser que me sometiera a un ciclo de fecundación in vitro.
Fue un palo enorme. Me pusieron en lista de espera para intervención y para el ciclo de FIV. Me tiré llorando horas y horas. No es fácil asimilar que, para poder ser madre dependes de terceras personas y que si no cuentas con un colchón económico para costearte cuantos intentos sean necesarios, sólo tienes tres oportunidades. ¿Y si no salía bien? Mi sueño de ser madre cada vez era más lejano y me rompía el corazón no poder cumplirlo. Todo el mundo se volcó conmigo, mostrándome su apoyo, haciéndome saber que estaban ahí si yo les necesitaba. Sin embargo, la madre de mi chico no me envió ni un mísero mensaje o una palabra de ánimo en ningún momento y, ciertamente, aquel silencio por su parte ya no me parecía muy normal.
Cuál fue mi sorpresa cuando supe por la madre de una amiga mía que tenía amistades en común con mi suegra, que lo que para mí era un shock terrible y una pesadilla, para ella era un alivio. No me lo podía creer hasta que finalmente vi con mis propios ojos a través de capturas de pantalla de infinidad de conversaciones cómo aquella mujer que yo consideré tan sensata y buena hasta aquel momento, me ponía a parir. No sólo me puso a caldo, sino que decía sentirse muy tranquila con el hecho de que su hijo no pudiera tener críos conmigo. Por lo visto, mi infertilidad era algo bueno, ya que igual así mi chico decidía dejarme por otra que pudiera darle descendencia.
Supongo que mi suegra pensó que yo nunca llegaría a ver aquella conversación, que no tenía trato con ninguna de las personas de ese chat. Pero evidentemente se equivocó. Puede que debiera haberle dicho que sabía todo cuanto había hablado de mi y de mis problemas de salud, que era la peor persona del mundo al alegrarse de algo que no sólo era una desgracia para mí, sino también para su propio hijo. Sin embargo, no dije nada. Ya tenía suficiente con tirar hacia delante con la posibilidad de no ser mamá nunca, así que decidí concentrar todas mis energías en salir de aquel pozo de negatividad. Pero mi chico, que me conoce de sobra, en seguida se dio cuenta de que algo me ocurría y terminé confesando, a pesar de que no quería más drama en mi vida.
Como era de esperar, nada más enterarse de lo que su madre había soltado por la boquita, fue corriendo a cantarle las cuarenta, a lo que ella, ni corta ni perezosa, le quitó hierro alegando que por mensaje las cosas se pueden malinterpretar. Nunca se disculpó ni volvimos a sacar el tema y tuvimos que aprender por las malas que es mejor no contar nada de nuestra vida a nadie, porque nunca se sabe quién puede desearte lo peor.
Envía tus historias a [email protected]