Dicen que queda “mono” y que supuestamente les da más placer a ellos (o menos repelús, que ya es una métrica muy científica). La realidad, al menos en mi entrepierna, es otra muy distinta: pica como si te hubieras sentado en un festival de ortigas enfurecidas y luego hubieras decidido aliviarte restregándote contra un pino centenario, a lo oso pardo desesperado. Un pino con astillas. Con resina. Con mala intención.

Más testimonios reales en whatsapp, vente

Mantener aquello bajo control es directamente un número de variedades. No un tutorial de YouTube: un espectáculo internacional. Las posturas para llegar a ciertas zonas son dignas de una audición para el Cirque du Soleil versión genital extrema. Rodilla en la oreja, espalda arqueada, espejo en mano y una súplica muda al universo. Y si te pasas al láser, la experiencia sensorial es muy clara: cien avispas con rencor personal han firmado un contrato para atravesar tu magnífica ostra una detrás de otra, con saña y puntualidad.

Y para rematar, te queda ese aire incómodamente infantilizante que no inspira ternura, sino una mezcla rara entre “esto no es mi cuerpo” y “¿por qué parece que alguien ha pulsado el botón de reinicio de fábrica?”.

No todo lo que se vende como sexy lo es. A veces lo sexy se parece sospechosamente a un sacrificio ritual con música ambiental de fondo.

La industria del “cuerpo perfecto” nos quiere colocar un ideal imposible: cada pelo fuera de sitio es un delito estético y cada zona velluda, un escándalo digno de portada. Pero vamos a hablar claro y sin anestesia: el cuerpo no necesita pasar por la desbrozadora para ser deseable ni saludable. Ni por la radial. Ni por el lanzallamas simbólico. Delegar tu bienestar en cuchillas traicioneras, ceras ardiendo, cremitas con promesas mesiánicas o máquinas futuristas es, básicamente, entregar tu entrepierna a un departamento de marketing con complejo de ingeniero industrial.

Yo lo probé durante un tiempo y, además de unos picores tan intensos que daban ganas de rascarme hasta el alma con una escobilla de váter, empecé a encadenar cándidas (soy propensa), ardores, sensaciones de fuego lento y alguna infección de orina para completar el pack. Un spa, vaya.
Y ojo, que aquí hay otro truco de magia: nadie te explica de joven que cada vulva y cada vagina es diferente. Unas más para dentro, otras con lechuguita asomando por algún lado, y todas absolutamente normales. Pero tú creces pensando que eres un fallo de fabricación porque a tu kiwi le sale una lengüita por aquí o un pliegue rebelde por allá… y cuando lo dejas sin pelo, todavía te resulta más alienígena. Como si tu propio cuerpo hubiera decidido disfrazarse de personaje secundario de ciencia ficción.

Cada intento de depilación era un recordatorio cruel y muy físico de lo absurdo del ritual: picor, ardor, tirantez, esa sensación de piel enfadada que no sabes si va a arder, descamarse o directamente independizarse. Y todo acompañado por un “queda mono” flotando en el ambiente, como si eso fuera una unidad de medida válida del sufrimiento humano.
Entre contorsiones imposibles, tirones de cera que te arrancan medio espíritu y láseres infernales que te hacen replantearte decisiones vitales, una empieza a sospechar que el concepto de sexy fue diseñado por alguien que jamás se ha puesto una compresa post-depilación en su vida.

El problema no es la estética ni siquiera la depilación en sí. El problema es el circo alrededor. Esa sensación constante de estar en exposición. Mientras tanto, ellos tan tranquilos en el sofá, viendo Netflix y opinando como si estuvieran en un safari genital de pago.
—Mira, cariño, una entrepierna autóctona.
—Interesante espécimen, pero le falta mantenimiento.

Y no, no es solo físico. Cada tirón, cada microcorte traicionero, cada quemadura accidental se te queda grabada como un pequeño “¿pero por qué me estoy haciendo esto?”. Sexy según quién. Mono según qué. Higiénico según tal influencer que jamás ha sudado bajando dos tramos de escaleras con vaqueros ajustados en agosto.

Mi experiencia personal fue incómoda, dolorosa y bastante ridícula. Y sigo sosteniendo que quien dice que “no pica” tiene un talento natural para la novela fantástica.
La comodidad no suele ser el centro del marketing, porque en la industria estética lo natural —tu cuerpo tal cual es, con su pelo, sus pliegues y sus rarezas gloriosas— no interesa: no vende. Se gana dinero cuando te convencen de que hay algo que corregir, pulir, alisar o exterminar. Y además, no tiene ningún sentido usar superficies perfectas, pieles irreales o imágenes de catálogo para decidir cómo debería ser una piel humana. Tu piel no es un escaparate ni un muestrario de acabados. Es piel. Y a veces pica. Y a veces arde. Y a veces se enfada contigo.

Y ahora viene la parte verdaderamente importante, la que no debería perderse entre tanta cera caliente:
toda persona —mujer, hombre, no binaria o del género que le apetezca— debería poder hacer con sus genitales exactamente lo que quiera. Sin pedir permiso. Sin justificarlo. Sin consultarlo con el público. Con pelo, sin pelo, por temporadas, por impulsos raros de domingo por la tarde o por puro aburrimiento existencial. Tu cuerpo no es un sondeo.

La auténtica libertad es que tu kiwi sea un gato negro peludo, rebelde, salvaje y completamente tuyo… y reírte del caos que eso genera en los estándares ajenos. Porque sí: tu piel puede picar, tu pelo puede declararse en huelga, puedes sentirte como un arbusto en llamas atrapado en unas bragas de algodón… y aun así seguir siendo espectacular, a tu manera, con humor, desorden y una capacidad admirable para no tomarte esta guerra estética demasiado en serio.

Personalmente, las axilas femeninas sin depilar me parecen muy sexys, y mi kiwi peludo no es una provocación ni un manifiesto: es una declaración de propiedad privada. De mi cuerpo. De mi humor. De mis manías.

Y si después de todo esto decides rasurarte, depilarte, experimentar o cambiar de idea quince veces al año… perfecto. Que sea porque tú quieres.
Tu cuerpo, tu kiwi y tus reglas.
Que cada cual juegue su partida como le dé la gana… aunque a veces el tablero pique como el infierno.

Parvaty