Éramos jóvenes y estudiábamos Economía. Aunque cuando habíamos empezado la carrera, el grupo era mucho más grande, conforme avanzaban los cursos, la gente se iba quedando atrás o lo iban dejando así que, cuando llegamos a cuarto curso éramos poco más de veinte personas las que íbamos habitualmente a clase.
Entre ello, mis tres mejores amigas de la uni y yo. No éramos las típicas empollonas, pero más o menos íbamos sacando las asignaturas año por año o dejando un par de ellas por el camino. En aquella época, empezaba a instaurarse el sistema de evaluación continua, así que la asistencia a clase contaba para la nota final por lo que acudíamos a la mayoría de las clases, los profesores nos conocían e incluso con algunos teníamos confianza.
Uno de los profesores con los que mejor rollo teníamos era el de la asignatura de Contabilidad, un asco de asignatura para (casi todos), pero que Javier hacía bastante amena y comprensible. Era relativamente joven, de aquella hicimos cálculos e imaginamos que no llegaría a los cuarenta años lo que bajaba la media respecto al resto de profesores que teníamos, divertido y cercano y, aunque no destacaba por su belleza, tampoco era feo.

Mi grupo de amigas y yo nos llevábamos súper bien con él y muchas veces, antes o después de las clases nos quedábamos hablando de casos prácticos, ejemplos o empresas de las que habíamos visto en clase.
De todo el grupo, la que peor llevaba la asignatura era Carmen, se empeñaba en entenderla y aplicarla, pero le costaba muchísimo y, aunque Javier le explicaba las cosas una y otra vez, no terminaba de entenderlas. Javier, ya nos había ofrecido en más de una ocasión la posibilidad de resolver dudas o afianzar conceptos en las horas de tutoría que tenía habilitadas y, aunque al principio Carmen no quería ni oír hablar de aquello pues se moría de vergüenza, terminó por empezar a ir.
Al principio, iba puntualmente cuando tenía alguna duda concreta o algún concepto se le escapaba, pero en cuanto el curso fue avanzando y el nivel de dificultad subiendo, casi todas las semanas iba a las horas de tutoría con Javier y la verdad es que le venían muy bien.
Al resto nos parecía genial, incluso en alguna ocasión, alguna de nosotras también nos unimos a alguna de las tutorías.
Era ya casi Semana Santa cuando empezamos a notar rara a Carmen, ponía excusas para no ir a la clase de Contabilidad o faltaba sin motivo y, cuando iba, aunque intentaba mantener las apariencias veíamos que se sentía incómoda y no éramos capaces de saber qué le pasaba. Hasta que un día, tomando un café en la cafetería de la facultad, Carmen nos lo contó. Lo que había empezado con unas horas inocentes de tutoría sobre contabilidad, se habían convertido en un lío entre ella y Javier.
Nos contó que había surgido sin querer y que, cuando se dieron cuenta, ya no pudieron pararlo así que llevaban unos dos meses manteniendo una relación a escondidas. Carmen estaba fatal pues nos reconoció que se había pillado hasta las trancas y, aunque Javier le decía que también sentía lo mismo quería mantenerlo en secreto por las habladurías que pudieran surgir y porque temía por su puesto de trabajo y, aunque al principio Carmen lo había entendido, se había cansado de tener que estar fingiendo y escondiéndose a todas horas.
La noticia nos sorprendió muchísimo ya que no la esperábamos para nada y, después del shock inicial tampoco supimos muy bien qué hacer para ayudar a Carmen. Entendíamos cómo se sentía, pero también entendíamos la precaución que quería tener Javier ya que, aunque ambos eran adultos, no siempre se ve con buenos ojos la relación entre profesor y alumno, sobre todo cuando hay tanta diferencia de edad.

Un mes después de aquella revelación, Carmen decidió dejar de venir definitivamente a las clases de Javier y, tampoco se presentó al examen de la asignatura alegando que no tenía el temario preparado, aunque nosotras sabíamos que la razón era otra y, aunque le preguntamos una y mil veces en qué había quedado el tema con Javier, nos pidió una y otra vez que nos olvidáramos del tema y que hiciéramos como si nunca hubiera pasado, así que, pasado un tiempo así lo hicimos.
Allá por julio, el curso acabó, tanto los exámenes ordinarios como extraordinarios, así que aprovechamos a reunirnos todas para celebrarlo y cuál fue nuestra sorpresa cuando Carmen apareció con Javier. Nos contaron que después de todo, habían encontrado una solución y que lo que habían creído mejor era que Carmen dejara de ir a las clases de Javier y no se examinara con él de la asignatura. Mientras tanto siguieron manteniendo la relación en secreto hasta ese momento donde, acabada la relación profesor-alumno pudieron sacarla a la luz sin el miedo al qué dirán o a posibles represalias, así que ese día, estaban celebrando lo que era un nuevo comienzo para ellos.
Angie Rigo