Soy reponedora en ruta y por suerte, mis sábados de curro suelen ser muy light, un par de horas, tres… y para la casa. Pero este sábado en concreto mi jefa me pide que le eche una mano a una compañera con una tienda que me pilla al lado de mi ruta. Así que yo ese día,  termino lo mío y le tiro para la tienda que me dice. La primera vez que iba allí.

Llego, meto el coche en el parking y me salgo. «Hostia, he dejado el coche en mitad del carril».  Me meto a quitar el freno de mano para que entre un poco más, y con la empanada mental que llevaba, fruto de no haberme parado a tomarme un café, me quedo en stand by con el freno de mano quitado. Pero me doy cuenta «a tiempo» y bruscamente tiro del freno, pegando el coche el típico respingo este que pegan los coches cuando tiras del freno de mano como si fuese aquello la ruleta de la suerte. «Uy, casi le doy al de delante…».

Entro a la tienda, pregunto dónde está el almacén y cuando entro los ojos me hacen chiribitas al ver que hay como siete u ocho tirapalet disponibles y en buen estado (en mi tienda de cabecera nos damos de hostias por coger uno y la mitad están más reventaos que Montoya después de haber visto a su parienta haciendo todas las posturas del kamasutra con otro que no era él).

Total, que cojo un «tira», engancho mi palet de mercancía (poquita cosa) y me voy a reponer al pasillo correspondiente. Y ahí estoy yo, de espaldas al mundo, muy concentrada reponiendo la mercancía, cuando escucho una voz familiar que se dirige a mí. Acento latino, demasiado meloso para lo que me estaba diciendo.

Me doy la vuelta a la vez que le pregunto que qué me había dicho y mientras me repetía la pregunta y cuando le vi careto me empezaba a cuadrar todo. Y el muchacho, de tono bastante moreno, al verme se empieza a poner blanco como la pared. Más blanco todavía cuando reconoce mi cara. Y más  aún cuando se da cuenta de que lo he reconocido y empiezo a poner cara de asco.

La pregunta era algo así como: «Compañera… ¿Estás usando el tirapalet? ¿Me lo prestas un ratico?». Todo ello con un tono empalagoso, como si en vez de una herramienta de trabajo me estuviera pidiendo que me casara con él.

Ese «señor» era el antiguo repartidor a domicilio de mi también antigua empresa. Ese «señor» nos tiró la caña a todas y cada una de las trabajadoras de la tienda. Y con él tuve en su día una bronca monumental que acabó con su mujer en la tienda pidiéndome explicaciones (si, para sorpresa de todos, este señor estaba casado).

La conversación fue rápida y efectiva, con la entonación justa como para que no se volviera a acercar a mí ni esa mañana ni las que estuvieran por venir:

-¿Qué pasa que no sabes que en el almacén hay tirapalet para ocho personas por lo menos? Porque yo es la primera vez que vengo y me he dado cuenta…

– Ah, si… Voy al almacén mejor.

Y después del brevísimo diálogo y de mi bordería suprema acompañada de mi expresión de asco, en lo que quedó de mañana, este señor mantuvo el perímetro de seguridad con respecto a mi zona de trabajo.

Asombrada de lo chico que es el mundo, sigo currando cuando escucho que hablan por megafonía. Pocas veces le pongo yo atención a lo que dicen por megafonía, pero ese día estaba inspirada. La muchacha da los datos de mi coche y yo, que estaba intentado que mis neuronas hicieran conexión para encontrarle explicación a por qué estaban dando los datos de mi coche por megafonía si lo había aparcado bien, me dirijo a la entrada. Allí una de las  trabajadora me dice (con muy buen tono, hay que decirlo) que le he montado el coche encima del suyo.

Mi cara en ese momento debió de ser épica porque me volvió a repetir que había montado el coche encima del suyo. Yo pensando: «¿En qué momento Maríadolores? Me hubiera dado cuenta». Pero bueno, cosas más raras me han pasado, así que salimos a ver.

Cuando llegamos al sitio del siniestro, ciertamente ambos coches estaban en contacto. Se ve que en el respingo que pegó el mío al tirar del freno de mano, el paragolpes delantero de mi coche estaba rozando LEVEMENTE (que no montado) la parte de arriba de su paragolpes trasero y yo ni me di cuenta porque no hubo golpe ni sonido alguno. Total que echo el coche un pelín para atrás y sin oírse chapa ni nada, su coche queda «liberado».

Y aunque yo sabía que no, por cortesía le pregunto si le he hecho algo a su coche. La muchacha, con la mano le limpia el polvo al paragolpes a su coche y me señala un pequeño arañazo, de medio centímetro (o menos) que apenas se veía y que para mi que ya lo tenía, por la altura a la que estaba y porque no parece propio de un «choque» de las magnitudes que yo le había propiciado (nótese la ironía). Además mi coche no tenía ni rastro de pintura roja (color de su coche) ni nada que se le pareciera. Así que con la misma ironía le digo: «¿Quieres el seguro?».

¡¡¡Y ME DICE QUE SÍ!!! Podéis imaginar mi cara de póker.

Yo, que aunque juraría que eso no se lo había hecho yo,  y consciente de que el seguro la iba a mandar a donde picó el pollo cuando mandara el parte, busco los papeles, los rellenamos, obviamente pongo que no estoy conforme y a volar. Cuanto antes termine, antes me voy para mi casa.

Y a esto que antes de entrar a la tienda para terminar lo que me quedaba, me paro en la esquina del aparcamiento para contarle por Whatsapp a mi churri lo surrealista que estaba siendo mi mañana. Cuando de pronto escucho: “pooooooooooooom» y dije: «ya está aquí la guerra»

No, en serio, el porrazo se produjo. Yo miré hacia donde procedía el ruido y en ese momento comprendí que el karma no siempre llega cuando uno quiere, pero a veces es preciso e instantáneo. Y te brinda la oportunidad de contemplar su obra.

El porrazo era de un coche ROJO, cuya conductora no había visto una camioneta que había parada. La típica esta para trasportar materiales de obra, con la cuba azul que es un amasijo de hierros.  Y si, la siniestrada no era ni más ni menos que mi amiga la del arañazo, que no había visto que la camioneta estaba parada y se la comió enterita. Aquello sonó a chapa crujiendo, a dolor (en sentido figurado, a ella no le pasó nada), a subida en la cuota del seguro, A KARMA… Su capó estaba debajo de la camioneta, hecho un gurruño (esta vez sí que estaba montada, no apoyada).

En el momento que miré el desastre ella también me miró, intuyo que con la misma cara de incredulidad que yo puse cuando me pidió los datos del seguro para cubrir el mega arañazo. Y tal como noté que me iba a dar un ataque de risa, me metí para el súper (tampoco era plan de hundir a la muchacha en la miseria).

¡Ah! Y no, no llegó a dar el parte por mi incidente, imagino que tenía partes más importantes de los que ocuparse…

 

Vir Pino