He vivido más años a dieta que en paz conmigo misma. Antes de cumplir los 30 ya había vivido 9 efectos rebote.

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No es una metáfora dramática: es literal.

Antes de cumplir los 30 ya había hecho la de la piña, la de los puntos, la detox, la keto, herbalife, pronokal… la que te vende la prima de tu vecina y hasta la que prometía «resetear tu metabolismo» como quien te dice «instala la nueva versión de IOS».

Y sí: siempre volvía el peso. Efecto rebote número uno, dos, tres… nueve. Y los que no cuento. Mientras tanto, yo seguía coexistiendo con algo que nadie veía: el ruido constante de la comida.

Ese runrún en la cabeza que te acompaña mientras trabajas, mientras duermes, mientras intentas ser una persona funcional.

“¿Qué vas a comer luego? ¿Y si abres la nevera? ¿Y si solo un poco más?” No es hambre. Es ansiedad. Es agotamiento mental. Es vivir como una esclava de la comida.

Durante más de 36 años he peleado contra eso en silencio, porque el mundo adora opinar sobre los cuerpos ajenos pero detesta escuchar las historias que viven dentro. Pensaba para mí que todo el mundo menos yo podía controlar lo que comía, pensaba que no tenía fuerza de voluntad, que era incapaz de controlarme y eso me destrozaba por dentro.

Luego llegaron las inyecciones GLP-1 y la conversación sobre el «food noise» se hizo real.

¿Qué prometía el GLP-1? Silencio mental. Paz. Una tregua. No una varita mágica, no un milagro, no un atajo: una herramienta.

 

¿Cómo no me lo iba a plantear? Llevo 36 años peleando contra mi propia mente.

Empecé a comentarlo con mi entorno y ¿Qué pasó? Llegó el coro de opinadores profesionales: «Te vas a quedar ciega. Te va a provocar diabetes. Eso es hacer trampas. Cerrar la boca no es tan difícil»

Pues mira Mari Carmen, si llevo 36 años intentando mantenerme en mi peso y por más que lo intento no puedo controlar mi relación con la comida, quizás no es tan sencillo como parece.

Nadie me preguntó: Cuántas veces lloré en un probador o lo cansada que estaba de evitar verme en los reflejos, en los espejos o en las fotos.

Es curioso: cuando una mujer sufre en silencio, todo el mundo lo considera normal. Cuando decide hacer algo para cambiar su situación, de pronto se convierte en debate público.

No sabes lo que ha vivido una persona, no sabes cuántas batallas ha perdido antes de decidir probar otra estrategia. No sabes lo desesperada que puede estar alguien por sentir un minuto de calma en su propia cabeza.

Así que no, no te atrevas a juzgar.

Mi cuerpo no es tu tertulia. Mi salud mental no es tu entretenimiento y mis decisiones no necesitan tu permiso.

Aún con muchas cosas en contra, decidí empezar el tratamiento y después de más de 9 efectos rebote, llegó algo que jamás había experimentado: LIBERTAD.