Mi abuela murió después de una angina de pecho que casi acaba con ella la primera vez.

Logramos llegar a tiempo al hospital y después de reanimarla, se quedó allí ingresada muy débil, y nos dijeron que no estaban seguros de que, con todas las enfermedades propias de la edad que ya tenía, pudiera salir adelante.

Yo no tenía una relación estrecha con mi abuela. Mi madre y ella no se llevaban muy bien y la veía poco, aunque tengo recuerdos bonitos de las veces que nos vimos cuando era más pequeña.

Mi madre no es una persona fácil. Podía imaginarme perfectamente los motivos por los que mi abuela y ella no acabaron de encajar, que suponía que eran los mismos por los que yo no encajaba con ella.

En general mi familia era bastante disfuncional, había muchas cosas que no funcionaban y a la hora de la verdad y viendo la historia familiar, yo no hubiera apostado la mano por nadie.

Cuando ingresaron a mi abuela, nos reunimos todos en el hospital.

Había un poco de todo, familiares angustiados, otros indiferentes que venían por compromiso y luego mi madre, que estaba enfadada porque no le habían avisado a ella la primera y había tardado más que los demás en llegar.

Se puso a discutir con todo el personal del hospital y a descargar su mal humor con todos los que estábamos allí, como si la situación no fuese lo bastante tensa y triste de por sí. Eso generó algún roce con mis tíos y acabé saliendo a fumar por no aguantar la situación.

Volví a entrar y me encontré con que la mitad de mi familia no estaba.

Me contaron que había bajado el doctor y que nos daba permiso para verla brevemente ahora que estaba estable, pero que, para verla más rato, tendríamos que volver al día siguiente en horario de visita.

Como ya habían hecho la excepción y había subido una primera tanda, a los demás no nos dejaron subir. Me fui a mi casa y me puse la alarma para ir a visitarla a primera hora al día siguiente.

Aparecí en el hospital y pedí visitarla, me hicieron el papeleo y subí.

Lo que me encontré, me dejó muy triste. Esa persona no era mi abuela, era su sombra. Un cascarón muy fino, de un color nada saludable y con muchos cables alrededor.

Esa visión me impresionó tanto que me derrumbé y la abracé llorando y disculpándome por no haberla visto el día anterior, por no haber sido buena nieta y por la vida entera.

Ella me consoló en silencio y me dijo que no era mi culpa, que no estaba enfadada y que me tenía que pedir un favor.

Le cogí la mano y le dije que por supuesto, que me dijera lo que necesitaba y que haría lo posible por hacerlo.

Me pidió que le acercase su bolso y que sacase de dentro una cartera. Se la di y ella la abrió con dificultad, para sacar varias fotos muy antiguas.

Me enseñó fotos de su abuela, de su madre y de ella cuando era pequeña. También fotos de ella cuando fue madre, de mi madre de pequeña y de joven y finalmente, de mi siendo un bebé.

Estuvo contándome algunos recuerdos que tenía de las fotos, yo escuché todo y cuando acabó, me dijo que el favor que me quería pedir, era que esto terminase conmigo.

Yo no entendí nada, y ella enseguida me explicó que, en la familia, había sido todo muy difícil. Su abuela tuvo una vida complicada, que crió a una hija complicada, que a su vez crió a su hija de una manera complicada y que, por desgracia, esa actitud y frialdad se había ido extendiendo casi como una norma por las generaciones siguientes, hasta llegar a mí.

Me dijo que ella lo había intentado, pero no había podido pararlo, y que ahora, como favor, me pedía que esto terminase conmigo.

Le dije que no sabía cómo evitar eso, tampoco veía posible recuperar la relación con mi madre de repente o curar heridas generacionales. Y ella me dijo que, si algún día era madre, simplemente hiciera las cosas con amor y cariño, intentando no repetir todo lo que a mí me había dolido.

Le aseguré que lo intentaría y le di las gracias por haberme contado todo esto y confiar en mí. Ella se emocionó y me cogió la mano fuerte para pedirme disculpas. Yo la abracé y poco después entraron mis tíos y les dejé con ella.

Los días siguientes le estuve dando muchas vueltas a todo lo que me dijo, hasta empecé a ver a mi madre de otra manera, y cuando me estaba planteando hacer algo al respecto, mi abuela falleció.

Sentí mucho dolor. Después de nuestra última conversación, nos sentí más unidas que nunca, y justo en ese momento, la perdí.

Atesoré todas sus palabras y las llevé conmigo mucho tiempo. Me dieron paciencia con mi madre, compresión para mi familia y esperanza para mi futuro.

Intenté hacer las cosas bien, sobre todo con mi madre, pero eso trajo muchas discusiones tanto por mi cambio de actitud como por su duelo. Ella no entendía nada y no conseguí entrar en su coraza, así que desistí.

A lo que sí que me ayudó, es a no entrar en pánico cuando vi el positivo en el test de embarazo y a vivirlo todo con mucha ilusión, y la convicción absoluta de que ella me iba a estar ayudando a crear una familia bonita desde cero.

Tal y como le prometí, los problemas terminaron conmigo, pero fue gracias a mi abuela.