Era la primera vez que compraba preservativos. Evité hacerlo en la farmacia de mi barrio por dos motivos. El primero fue que el mancebo, Pedro, solía caracterizarse por comentar lo que tomaba este o aquel vecino. Ignoro por qué lo hacía, pero era el típico que te soltaba «sí, sí, muy buena gente porque se mete las pastillas para la depresión de cuatro en cuatro». Además, una vez me comentó que «tu vecina se ha quedado preñada y el novio vino a comprar condones hace una semana, con ella no lo usó desde luego».
Y el segundo fue que la farmacéutica era, y es, la que tenía más guasa de España. Llegaba a leer la receta que te acababa de dar el médico y te preguntaba que para qué te ibas a tomar eso si lo que necesitabas era esto otro. Solo acertó una vez con una crema para la piel que ella misma preparó. Por lo demás, le daba igual lo que fueras a comprar, siempre te salía con la alternativa más cara y con algo que no te esperabas.
Ante semejante panorama, decidí irme a un hipermercado para revisar con más detenimiento los preservativos. Tenía por delante diversas cuestiones. La fundamental era comprar algo voluminoso, como papel higiénico o de cocina, para tapar la caja e intentar disimular por si alguien me veía (hace 30 años el tema iba así). Luego, debía elegir un formato práctico que no fuera el de la clásica caja de seis, o de 12, que no sabría muy bien dónde meter sin que mi madre, o mi hermano, la vieran.
Con todo esto en la mente, me voy a la estantería, me pongo a mirar y veo la mejor solución. Una famosa marca había sacado un blíster con seis preservativos y cada uno de ellos venía en una pequeña caja circular de plástico. Pensé que al salir del hipermercado me metía en un baño, quitaba el envoltorio y guardaba los preservativos en los bolsillos. Eran fáciles de disimular y a simple vista parecían más un pastillero que otra cosa.
Del pasillo de los profilácticos me voy al del papel higiénico, añado servilletas y dos cartones de leche con el objetivo de meter en medio de todo lo anterior los condones. Me voy para las cajas y observo que hay un chaval joven sin ningún cliente.
Pongo la compra en la cinta y cuando pasa el blíster con los condones grita el chaval: «¡Carmen! ¿Cuál es el código de los condones estos del futuro?». «El 567», respondió Carmen, «pero vamos, que entre que son más caros y que no los va a usar mucho, podría ahorrarse el dinero el chaval».
Mi cara parecía una granada. No sabía dónde meterme y todavía quedaba lo peor: ponerme por primera vez un condón. Eso fue a los dos días. Tras los preliminares, abro el cajón de mi mesita de noche y me pongo a abrir una de las cajitas. Y escribo me pongo porque no había manera. Tenía los dedos pegajosos y le dije a ella que a ver si con la uña podía hacer palanca o algo. Nada. Ni un cerrajero podía abrir semejante disco plástico que parecía ideal para guardar dinero o un anillo de diamantes.
Seguimos con lo nuestro, pero sin penetración, y tras terminar estaba tan harto de que me hubieran tomado el pelo que cogí los condones y los tiré al suelo. ¡Exacto! Se abrieron todos con el golpe y al menos pudo recuperarlos, y utilizarlos, en siguientes encuentros, aunque ya sin ese protector maldito que, por cierto, no ha vuelto a ponerse a la venta desde entonces. ¿Por qué será?
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