Eva y Román trabajaban en distintos departamentos de la misma empresa. No coincidían en eventos ni compartían equipo; solamente se veían en las fiestas de empresa y cuando había reuniones generales. Aunque el trabajo de Román debía pasar por las manos de Eva o su equipo, apenas debían comunicarse.
Fue en un cumpleaños de un amigo común cuando hablaron de verdad largo y tendido por primera vez. Se sorprendieron de verse allí y, tras unas copas y un par de bailes, sus ojos no podían ocultar la atracción que ambos sintieron.
Esa noche no ocurrió nada, pero cuando se vieron al día siguiente en el pasillo que separa sus oficinas la chispa se convirtió en incendio.
Esa noche se buscaron en redes sociales y quedaron para verse al día siguiente. Comenzaron así un romance muy intenso y hermoso que los hacía muy felices a ambos. La hija de Román tenía 7 años y rápidamente aceptó a Eva como novia de papá. La semana que le tocaba estar con la niña salían menos, pero Eva estaba feliz de pasar tardes de peli y pizza en vez de cañas y bailes.
En todo momento ocultaron su relación en el trabajo por miedo a que hubiera alguna política de empresa que les impidiese estar juntos o que los obligase a cambiar de turno, de sucursal o algo similar. Ellos sabían perfectamente que no influía en absoluto en su trabajo, pero temía que hubiera personas que no opinasen igual y empezasen a ver cosas donde no las había.

Una mañana Eva llegó al trabajo y se fue directa al ordenador. Allí empezó a sentir que le picaba mucho encima de una oreja. Se rascó un par de veces, pero cuando vio que el picor iba a más se empezó a agobiar.
A media mañana hizo una pausa para el café y, en el área de descanso coincidió con una compañera a la que le tenía bastante confianza. Le pidió por favor que la ayudase, que no sabía qué pasaba pero que algo encima de su oreja le estaba desesperando. Entonces llegó la frase que nadie nunca quiere oír: “Tía, tienes piojos”.

¡¿QUÉ?! Sintió una enorme vergüenza, Jamás había tenido piojos, ni siquiera de pequeña. Y ahora, con 30 años, sin causa lógica que explique el contagio, una compañera de oficina le encuentra un pequeño nido de piojos sobre su oreja.
Se puso tan nerviosa que terminó pidiendo irse a casa el resto de la mañana. Día de asuntos propios por piojos. Pero es que estar en la oficina pensando que un montón de parásitos se reproducía en su pelo le era totalmente imposible. Paró en la farmacia más lejana a su casa, pidió lo más fuerte que hubiera para su pelo y se fue a casa a aplicarse el tratamiento y pasar la tarde pasando la liendrera de forma compulsiva.
Lo que ella no sabía era que, al mismo tiempo que ella compraba todo lo que la farmacéutica quisiera venderle, Román entraba en el área de descanso rascándose la cabeza y contando que su ex lo había llamado porque había contagio de piojos en clase de la niña y que ella estaba contagiada. Como venía de pasar el fin de semana con él, para que se revisase. Le dijo q su compañera que, solo de oír la palabra piojos ya le picaba la cabeza.

Pero su compañera no paraba de reír. Se ofreció a mirar su cabeza y, para sorpresa de nadie, allí estaban esos asquerosos bichos. Le dijo “Efectivamente. Son piojos. Quizá sean primos de los de Eva, ¿puede ser?”.
Román se puso recto de pronto, tieso como una vara sin saber qué contestar. Su compañera le contó que hacía unos minutos Eva se había tenido que ir porque había descubierto que tenía piojos en la cabeza. En ese momento el teléfono de Román suena y su compañera reconoce la desesperada voz de Eva al otro lado diciendo “Cariño, estoy llena de piojos, avisa a tu ex porque seguramente los trajo la niña”.
Román no sabía dónde meterse y cómo salir de la situación. Bajó el volumen del teléfono lo más rápido que pudo (que fue tarde) y le dijo “Te llamo ahora”.
Su compañera se rio muy fuerte mientras él, pálido, la miraba. Ella le dio un toque en el hombro y le dijo que se relajase, que si no lo querían contar ella no lo contaría, pero que era preferible que lo dijesen en la empresa, porque a dos compañeras de otro departamento, como lo solicitaron, ahora les hacían cuadrar las vacaciones.
Él se empezó a reír por fin, aliviado y nervioso. Todo su miedo por el trabajo y las repercusiones que su relación podía tener eran castillos en el aire que solamente les producía ansiedad y nerviosismo, cuando podría haber sido una ventaja en realidad.
Esa noche la pareja la pasó entre besos de amor, risa nerviosa y loción anti-piojos.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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