Tengo esa edad en la que la frase más oída por parte de las abuelillas es: “Se te va a pasar el arroz”. No es poco convivir con los prejuicios de una sociedad en la que todavía cuesta entender que una vida feliz va más allá del matriminio y los hijos. Poco a poco vamos aceptando que hay formas de sentirse realizado y que son todas igualmente válidas.
A mí ya me resbala que me pregunten por marido e hijos. Lo he superado. Pero lo que revienta, y me revienta de verdad, es no parar de poner dinero para todos los que sí los tienen en el trabajo. Que se casa no se quién: 10 euros. Ha nacido el hijo de no sé cuál: 10 euros. Se jubila Pepe: 10 euros. Y así cada año se me va un dineral en regalos que sé que nunca me volverán.
Puede parecer egoísta, pero es que es necesario que lo sea. No quiero tener hijos y dudo que me case. Si me apetece hacer un regalo a un compañero, lo hago yo motu proprio. Pero eso de sentir la presión de ser la única que no pone dinero para algo, me sabe mal. Me encantaría estar en esa fase en la que me fuese completamente indiferente, pero hay cosas para las que soy una mente débil.
Recuerdo una vez, hace unos años, en los que una compañera soltera se compró un piso. Fue un esfuerzo brutal para ella y, en un café, me confesó que le habría encantado que alguien se hubiese dado cuenta de que llevaba años poniendo pasta para regalos y que estaría muy bien que se acordasen de ella. Prometo que lo intenté: lo propuse y todo el mundo dijo que “hombre, si ponemos dinero para cada compra de casas, no damos abasto”. Y sí, volví a ser una mente débil y no dije que era injusto que para unas cosas sí y para otras no.

Es cierto que no se puede poner todo en una balanza y también que nada debería de ser obligatorio: yo pongo dinero para lo que quiero y no lo hago si no lo considero. Sin embargo, todos sabemos que la realidad no es tan fácil. Y no lo es porque estamos viviendo en sociedad y nos tenemos que adaptar muchas veces a costumbres que son rancias y no se adaptan a los tiempos que corren. Hace 40 años era raro que alguien no se casara y ahora ya es algo normal. Hay parejas de hecho, parejas, parejas abiertas… Hay parejas que tienen hijos, otras que no y otras que, desgraciadamente, por mucho que lo intentan, no pueden.
Cada uno celebra lo que le apetece: un cumpleaños, una boda, un divorcio, la compra de una casa, el alquiler de una vivienda, una ruptura amorosa, una jubilación… Porque cada uno tenemos gustos y necesidades distintos. Por eso, celebrar sólo bodas y nacimientos en centros laborales me resulta muy reduccionista.
La última moda, y por la que sí que me he negado a entrar, es por las comuniones. Ya hicieron un amago en el trabajo: “La hija de Puri hace la comunión. Podríamos hacer una recolectilla”. Pues no. Ahí sí que dije que no ponía y, como yo, muchos más. Esto sirvió para darnos cuenta de que, a veces, decir no es un acto de concienciación con nuestros propios valores.
No me cabe duda de que seguiré poniendo dinero. Pero, ojalá, en un futuro no muy lejano, espero que alguien ponga dinero para celebrar la compra de una casa de manera unilateral, porque alguien sin hijos ha decidido adoptar una mascota o, simplemente, porque esta pobre pringada lleva toda la vida dando pasta para regalos ajenos y está a dos velas, literal y metafóricamente.