MALDITOS VIAJES ESCOLARES

Los viajes de fin de curso no son vacaciones. Son pruebas de resistencia mental, física y emocional. Soy trimadre y os juro que sobrevivir a uno de estos eventos te hace sentir como un personaje de videojuego en nivel extremo: sin botón de pausa, con todo en tu contra y la sensación de que alguien olvidó leerte el manual de instrucciones.

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Todo empieza inocente: “vamos a recoger dinero entre todos para el viaje”. Suena bonito, lógico, generoso… hasta que te toca a ti. Entonces descubres que tu vida se va a convertir en un maratón de azúcar, papel y reuniones infinitas, un campo de batalla donde tu única arma es un delantal lleno de harina y la paciencia que ya viene en estado crítico.

Primero, los pasteles. Cada tres semanas, mi cocina se transforma en laboratorio químico de mantequilla, azúcar y harina. Cocinar jueves por la noche mientras te preguntas si vas a sobrevivir al caos de las versiones sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, sin frutos secos… básicamente un Frankenstein comestible que podría protagonizar un episodio de “Breaking Baking”. Todo debía estar listo para venderlos viernes, mientras otras familias hacían bocadillos y sándwich mixtos con bebida incluida a 1,50 €, con eficiencia militar. Yo, pegajosa de harina y sudando como si entrenara para un Ironman culinario, luchando por no derramar mi obra maestra sobre el suelo.

Luego llegaban los polvorones. Ah, los polvorones. Que tu familia compra por compasión. Que se endurecen hasta convertirse en piedras capaces de ser lanzadas como arma de ataque enfurecido en caso de injusticia materna. Que podrían abrir una lata de conservas solo con la mirada. La lotería que nadie compra porque somos lo opuesto a comerciales. Los libros de segunda mano, por cuatro míseros céntimos, que parecen reliquias arqueológicas en lugar de recaudaciones. Los portabocatas ecológicos con el logo del instituto, rígidos y rebeldes, que desafían la lógica y la paciencia de cualquier madre. Y las botellas de aluminio que a las dos semanas parecen haber sobrevivido a un huracán: dobladas, abolladas, cojas y siempre a punto de caerse.

Y no olvidemos las reuniones interminables. Empiezan con un café a las seis de la tarde, continúan con debates sobre pan integral versus pan de molde, el tamaño exacto de los sándwiches y la ración de bebida, y terminan a las ocho. Tu cerebro ya fundido, tu corazón gritando “¡Basta, por todos los polvorones del mundo!”, y todo para ahorrar unos euros que van muy bien… pero que te hacen pensar que sería más sensato pagar el viaje entero y enviar a los hijos en avión privado con catering incluido.

Cada recaudación es una misión imposible. Pasteles que podrían causar un accidente químico, bocadillos que desaparecen como por arte de magia, polvorones-diamante listos para ataque, lotería imposible, portabocatas rebeldes y botellas de aluminio indestructibles. Todo adaptado a todas las dietas posibles: sin gluten, sin lactosa, sin azúcar, sin frutos secos, sin levadura, sin culpa. Y tú sobreviviendo a base de café, paciencia y humor negro, preguntándote cómo alguien puede inventar tanto caos y llamarlo “ayuda para el viaje escolar”.

A veces, piensas en tu vida antes de estos viajes y recuerdas que eras una persona normal que cocinaba para disfrute propio y no para sobrevivir a un sistema educativo que te convierte en madre multitarea profesional. Miras la pila de pedidos, los tickets, las hojas de cálculo y el calendario de reuniones y piensas: “Esto es el Olimpo de los malditos viajes de fin de curso”.

Y los niños, por supuesto, ni se enteran. Ellos disfrutan del viaje, del autobús, de los souvenirs, de los polos y camisetas oficiales. Tú vuelves a casa con el delantal manchado, la cuenta bancaria medio vacía, las manos pegajosas y la sensación de haber sobrevivido a una batalla épica que nunca te enseñaron en los libros de historia.

Sí, estos viajes son necesarios. Valen el esfuerzo. Pero también te convierten en superheroína trágica de lo cotidiano. Alguien capaz de sobrevivir al caos escolar, a la venta de pasteles “sin…”, a los portabocatas rebeldes, a los polvorones-diamante y a la lotería imposible… mientras mantiene la cordura y se ríe del absurdo.

Porque, amigas, al final, los viajes de fin de curso no son solo para los niños. Son para nosotras: para aprender a reírnos del caos, para contar historias gloriosas, para aguantar reuniones eternas y, sobre todo, para demostrar que podemos con casi todo… excepto con la venta de polvorones del instituto.

Y tú, ¿cuántos polvorones podrías lanzar antes de perder la paciencia?

Parvaty