Esta historia es una de las más impresionantes que me han pasado en la vida. Resulta que el año pasado me puse a salir con un tío después de años de soltería. Congeniábamos genial y él me ponía a mil, pero además también encajé con su familia y con sus amigos. Los amigos, en concreto, eran todos majísimos y algunos ya estaban casados, así que, cuando salíamos, muchos venían ya en pareja. Excepto Marcos.
Marcos era un misterio para mí. Todos hablaban de él, pero yo no lo conocía todavía.
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Al parecer, Marcos era la oveja negra. El que salía con dos o tres tías a la vez, el que no se comprometía con nadie, el que le había puesto los cuernos a todas sus novias… En fin, como diría Rosalía, era una perla de mucho cuidao. Hasta que llegó el día en que le puse cara (y cuerpo). Fue el verano pasado, durante las fiestas del pueblo de mi novio. Ese día, Marcos apareció y todo mi mundo se puso patas arriba.
Dicen que las primeras impresiones son las más importantes, porque marcan tu actitud con respecto a esa persona, y Marcos fue una bomba atómica. Nada más verle, en mi cabeza empezó a sonar la canción Supermassive Black Hole de Muse. Él era, para que os hagáis una idea, el Christian Grey de 50 sombras, el Edward Cullen de Crepúsculo, el Hache de A tres metros sobre el cielo. Me bastó solo una mirada de esos ojos azules penetrantes para que mis bragas acabasen en el suelo y mi corazón se disparase a mil por hora.
Durante los días posteriores no me lo pude quitar de la cabeza. Me había pasado toda la noche de la fiesta echándole miraditas y creo que él se dio cuenta, porque cada vez que yo le miraba, me medio sonreía o le pillaba mirándome también. Todo en él era obsceno y pornográfico: cómo gesticulaba, cómo hablaba, incluso la manera de ponerse el piti en la boca. Ni confirmo ni desmiento que alguna vez me tocase pensando en él o lo hiciese con mi novio pensando que lo estaba haciendo con Marcos.
Hasta que un día mi novio tuvo que salir para llevar a su madre a una cita médica y me llamó, estando en el médico, para decirme que Marcos se había dejado ropa en nuestra casa y que iba a pasar a por ella, así que me pidió que no saliera y esperase a que llegara.
Pues bien. Error.
Marcos llegó con ese tufo a sexualidad masculina exudando por todos sus poros, con todo su cuerpo cubierto de tatuajes que me ponían cerdísima y esa mirada de saber algo que yo no.
Me pilló con la guardia baja y, mientras iba a la habitación a por la ropa que se había dejado, me arrinconó en el pasillo y me metió la lengua hasta las anginas. Follamos como animales. Él era un cerdo de cuidado y a mí me ponía a cien, y él lo sabía. Sabía que provocaba ese efecto en las mujeres.
He de decir que, aunque fue él quien dio el paso y casi me dejó sin respiración, el sexo fue consentido… y salvaje. Me folló a pulso en mitad del pasillo y, cuando acabamos, se vistió y, como si no hubiese pasado absolutamente nada, recogió la bolsa que había venido a buscar y, con esa sonrisa sucia en los labios, se marchó, dejándome hasta con las pestañas temblando.
A día de hoy, mi novio aún no sabe lo que pasó entre nosotros y, por mí, ya os digo que no lo sabrá nunca. Pero os tengo que confesar que aún sueño con ese polvo, que fue el mejor de mi vida, si me preguntan. Y sí, lo volvería a hacer una y mil veces más.
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