Habían pasado dos años desde mi ruptura (bastante traumática) con Pedro y, aunque yo tenía entre cero y ninguna gana de conocer a nadie, mis amigos estaban ya en esa época en la que intentaban emparejarme con cualquiera con el que vieran un mínimo atisbo de feeling. Me invitaban a planes que eran encerronas camufladas, le hablaban de mí a compañeros de trabajo y conocidos y viceversa, e incluso me habían creado un perfil en Tinder (que borré en cuanto me enteré).

Fue en uno de estos planes “casuales” en los que se juntan amigos de distintos grupos donde conocí a Marcos.

Según mi amiga María, era perfecto para mí, inteligente, sensible, cariñoso, le encantaba viajar y adoraba a los animales, así que no iba a tener ningún problema con Lusy, mi gata. Tanto me insistió y tan bien me habló de él que no me quedó más remedio que ir a la barbacoa que organizaba aquel fin de semana de mayo y conocer al tal Marcos. No es que tuviera ningún interés especial y siempre había pensado que si alguien tan perfecto estaba solo era porque alguna tara escondía, pero ¿quién puede decirle que no a una barbacoa en una terraza?

Así que allí me planté yo en casa de mi amiga María, cervezas en mano para conocer al que supuestamente era mi alma gemela. Cuando llegué, Marcos ya estaba allí, camisa de cuadros, vaqueros ajustados incluidos y sonrisa ensayada. Me lo presentaron, empezamos a hablar y entre cerveza y cerveza nos dieron casi las nueve de la noche sin darnos cuenta.

Es verdad que teníamos muchas cosas en común ya que, además de los viajes y los animales, Marcos era un apasionado de la literatura y, para mí, que siempre había tenido complejo de rata de biblioteca, eso era un puntazo.

Cuando la gente empezó a irse, decidimos seguir la conversación en una cervecería de la zona, y cuando ésta también cerró, Marcos me invitó a su casa. Y no es que no tuviera ganas de ir, simplemente es que estaba harta de tíos que te vendían la moto de buscar algo más y después del primer polvo si te he visto no me acuerdo, así que le dije que no y que si en algún momento le apetecía otra cerveza y una buena conversación que me llamase que María tenía mi número.

Se quedó bastante cortado, pero me dijo que claro, que sin problema y que recibiría noticias suyas más pronto que tarde. Nos despedimos y cada uno se fue por su lado.

Al día siguiente, María me llamó para preguntarme qué tal había ido todo, aunque ya sabía de sobra todos y cada uno de los detalles pues había hablado antes con Marcos. Me volvió a insistir con aquello de que éramos almas gemelas y que tenía que seguir conociéndole y blablablabla, pero yo, entre la resaca y el sueño no le presté mucha atención e intenté deshacerme de ella lo antes posible.

Cuál fue mi sorpresa cuando media hora después me llegó un Whatsapp de Marcos preguntándome si me apetecía quedar el finde siguiente. Me hice la dura y tardé un día en contestarle, pero le dije que sí y le propuse ir a ver una exposición fotográfica que inauguraban en el centro y a la que tenía ganas de ir.

Aquella semana fue horrible, estuve en la cama desde el lunes hasta el jueves, primero con gripe y luego con gastroenteritis, tentada a cancelar el plan con Marcos, aunque quise esperar hasta el último momento por si acaso y, como el viernes ya me encontraba mejor, supuse que el sábado ya estaría perfecta para nuestra cita. Y así fue.

El sábado me levanté temprano, me preparé y a las doce en punto Marcos ya estaba esperándome en el coche frente a mi casa. La exposición me encantó y el vermú, la comida y la conversación que compartimos mucho más.  Después de la sobremesa decidimos coger el coche para ir al cine, pues habían estrenado una película que nos gustaba a los dos y nos parecía una muy buena forma de acabar nuestra segunda cita.

Al salir del restaurante de camino al coche empecé a encontrarme mal, pero pensaba que quizás me había sentado fuerte la comida después de la semana que había pasado y no le di mucha más importancia, pero en vez de mejorar, fui a peor y empezaron a darme unos retortijones tremendos y a sudar en frío. Disimulé lo mejor que pude y creo que Marcos, en ese momento, no se dio cuenta de nada.

Ya en el coche de camino al cine, empeoré aún más y en un momento dado no pude evitarlo y me cagué, manchando bragas, pantalón y asiento del coche. Entre la vergüenza, la pérdida de dignidad y el malestar me puse a llorar.

El pobre Marcos que al principio no entendía nada, cuando fue consciente de la situación decidió parar y aparcar el coche, me abrazó, me calmó y me dijo que no pasaba nada y que, para otra vez, tuviese toda la confianza del mundo para contarle cualquier cosa.

Yo seguí cinco minutos llorando a moco tendido sin reaccionar hasta que Marcos tomó la iniciativa, me llevó a casa, se aseguró de que estaba mejor y me obligó a descansar el resto del fin de semana.

Al día siguiente le escribí avergonzada, pidiéndole de nuevo disculpas y diciéndole que entendía perfectamente que no quisiera volver a quedar conmigo y ofreciéndome a pagar la limpieza del coche, pero su respuesta no fue la que esperaba y simplemente me dijo:

— Olvídalo. Lo único que quiero saber es cuándo quieres que fijemos nuestra tercera cita. Algún día nos reiremos de todo esto.

Y vaya si nos reímos porque el resto de lo que vino fue una historia de amor preciosa, boda y niño de dos años incluido y, a día de hoy recordamos esa segunda cita con mucho cariño sabiendo que pocas parejas habrán tenido alguna tan original.