Conocí a mi ahora exmarido a los 18 años, en la universidad. Yo me había criado en una ciudad pequeña y decidí estudiar fuera, en una gran ciudad. Acababa de empezar la carrera con todo lo que eso implica: independencia, separación de los padres, primeras decisiones adultas. Él, en cambio, estaba en su último año, llevaba tiempo independizado y su vida no tenía nada que ver con la mía.

Más historias y testimonios en whatsapp

https://whatsapp.com/channel/0029VaCbq9P7T8bgwL0lOx0S

Nos conocimos en una fiesta universitaria. Él siempre decía que fue amor a primera vista; para mí, podríamos decir que fue a la tercera… y, visto con perspectiva, quizá fue una premonición. Aun así, congeniamos enseguida. La sensación era la de conocernos de toda la vida.

Al año de relación decidimos irnos a vivir juntos y todo parecía un cuento de hadas. Siempre le dije a Gonzalo —así se llama el espécimen en cuestión— que no quería casarme. No por falta de amor, sino porque soy vergonzosa y no me gusta ser el centro de atención. Tampoco soy la típica chica que sueña con una boda de ensueño. Él, en cambio, sí: boda, celebración y viaje de novios inolvidable.

A pesar de esas diferencias, nuestra relación era idílica.

Después de ocho años juntos nos fuimos de viaje a París y allí me pidió matrimonio. Acepté. Estaba completamente enamorada.

Dos años después llegó el gran día. Fue maravilloso. No me arrepiento de haberlo hecho; fue un sueño. Se me hacía raro llamar “marido” a alguien a quien llevaba tanto tiempo llamando por su nombre, pero lo hacía con un orgullo que no me cabía en el pecho.

Tuvimos una luna de miel increíble en Maldivas. Sí, el viaje de moda, pero igualmente mágico.

No soy una persona celosa ni desconfiada. Así que quedar con mi recién estrenado marido y mis amigas me parecía el plan perfecto. Incluso hicimos un viaje todos juntos a Londres. Y aquí os adelanto algo: mala idea.

No es que yo fuera ciega, era confiada. ¿Quién iba a pensar que pasaría lo que pasó?

Gonzalo empezó a llevarse muy bien con una de mis amigas; vamos a llamarla Pilar. Ella también tenía pareja; de hecho, se acababan de comprar una casa. Gonzalo y Pilar hablaban constantemente, y él no lo ocultaba. No tenía por qué hacerlo. Yo confiaba plenamente en él.

Pero con el tiempo empecé a notarlo distante y frío conmigo. Y ya sabéis: ojo de loca no se equivoca. Él insistía en que no pasaba nada, pero yo intuía que algo había entre ellos. No tenía pruebas, solo esa sensación que no te deja dormir. Nuestra relación, después de diez años juntos, se enfrió por primera vez… cuando solo llevábamos seis meses casados.

La mayor sorpresa llegó cuando me dijo que nuestras primeras Navidades como matrimonio quería pasarlas con su madre, que vivía fuera de la ciudad, en lugar de pasarlas conmigo. Decidí irme con mi familia. A él le pareció una gran idea. Eran nuestras primeras Navidades separados. ¿Casualidad?

Fue entonces cuando hice la locura.

Sin que se diera cuenta, le metí un localizador en la maleta. Estaba al borde de un ataque de nervios por si me pillaba, pero no lo hizo. Cada uno se fue con su familia. Al principio no quise mirar la localización, pero cuando empezó a no responder al móvil y a poner excusas para no hacer videollamadas, no lo dudé más.

Cuando vi dónde estaba la maleta, me puse a llorar como una magdalena.

Estaba en casa de Pilar.

Cuando conseguí calmarme un poco, lo llamé. Le dije que dejara de fingir, que lo sabía todo, que sabía que estaba con ella. Gonzalo rompió a llorar y me lo confesó todo. Me dijo que no esperaba sentir lo que estaba sintiendo, que se había enamorado perdidamente de Pilar… y que a ella le había pasado lo mismo.

Su novio la había descubierto antes que yo a Gonzalo, y ya habían roto. También me dijo que se había casado enamorado de mí, pero que todo aquello había ocurrido en los seis meses posteriores a la boda.

¿Pueden seis meses tirar a la basura diez años de relación?

En este caso, sí. O al menos así quiero pensarlo.

Porque nunca imaginé que, después de tanto tiempo, me casaría a los 28… y firmaría mi divorcio a los 29. Desde luego, yo no lo vi venir.

Sofía Estrella