Me casé sin querer casarme.

Así de simple y así de gordo.

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No fue una sorpresa de última hora tampoco, eso es lo que más me jode. No fue que me levantara el día de la boda y de repente me entrara el canguelo. Llevaba meses con una cosa rara en el estómago que yo me empeñaba en llamar «los nervios normales» porque era muchísimo más fácil que llamarla por su nombre real. El nombre real era que me había metido en algo demasiado grande para dar marcha atrás y que en algún momento había dejado de preguntarme si quería hacerlo de verdad.

Pero el momento exacto, el momento en que ya no pude hacerme trampas, fue a las diez de la mañana del día de la boda. Estaba sentada en la silla mientras me peinaban, mi madre llorando al fondo porque es mi madre y llora en los cumpleaños también, mis amigas con las copas de cava ya en la mano aunque eran las diez de la puta mañana, y yo mirándome al espejo y pensando: no quiero ir.

No quiero ir.

Y fui.

Claro que fui. Porque había doscientas personas esperando. Porque mi madre llevaba años organizando aquello. Porque el restaurante estaba pagado y el viaje reservado y el vestido costó lo que costó y mi suegra había hecho el discurso y mi padre llevaba semanas ensayando el momento de llevarme al altar con una emoción que me partía el corazón. ¿Cómo dices que no a todo eso? ¿Cómo coges y dices «oye, lo siento, resulta que no»?

No puedes. O yo no pude. No sé si es lo mismo.

Así que me recogí el vestido, bajé las escaleras y me casé con un hombre que me quiere y al que yo quiero, a mi manera, con todo lo que eso significa y todo lo que no significa.

Porque eso es lo otro. Que no es que lo odie. No es que sea un maltratador ni un capullo ni nada de eso, que ya sé que alguien va a pensar que tiene que haber algo horrible de por medio para que esto tenga sentido. No lo hay. Es buena persona. Es atento, es gracioso, se preocupa por mí. El problema no es él. El problema soy yo y el hecho de que llevo toda la vida siendo tan buena chica, tan responsable, tan la-que-no-da-problemas, que cuando llegó el momento de liarla parda de verdad, de hacer el mayor corte de mangas de mi vida, no fui capaz.

Me había pasado años construyendo una identidad entera alrededor de no decepcionar a la gente. A mis padres, a mis amigas, a él. Y resulta que esa identidad tiene un precio y el precio es este: que a veces tomas las decisiones más importantes de tu vida para que otros estén bien y te convences de que eso también es querer.

Los primeros meses me lo curré mucho.  Me decía que era feliz, actuaba como si fuera feliz, buscaba momentos que confirmaran que era feliz. Y había momentos buenos, los sigue habiendo. No es todo mentira. Pero hay una diferencia enorme entre una vida que tiene momentos buenos y una vida que quieres, y yo esa diferencia la noto cada vez más.

Han pasado dos años. Seguimos juntos. Tenemos la casa, tenemos los planes, tenemos la vida que se supone que hay que tener. Y yo tengo esto, este peso quieto que no se va, esta frase que me dije a mí misma a las diez de la mañana un sábado de mayo y que no he podido desescribir por mucho que haya querido.

No sé qué voy a hacer. Hay días que pienso que tampoco es para tanto, que nadie tiene la vida perfecta, que el amor es una decisión y yo decido cada día. Y hay días que pienso que «tampoco es para tanto» es la frase más deprimente que existe cuando la aplicas a tu propio matrimonio.

Hoy era uno de esos días. Por eso estoy aquí.

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