¿Os ha pasado alguna vez que os enteráis de que a una amiga la están engañando y os veis en esa incómoda tesitura de tener que decidir si se lo contáis o no?

A mí no. Afortunadamente, nunca me he visto en ese tipo de bretes.

Sin embargo, lo que me ha tocado es ser la amiga a la que engañan. Y es una puta mierda, todo hay que decirlo.

Porque, además de cornuda, fui mala amiga. Fui la típica que no se lo cree y encima se enfada.

Ya ves, me duele admitirlo, pero es lo que pasó. Antepuse mi confianza ciega no merecida en mi chico, a la amistad de verdad de la buena de mi amigui.

A pesar de que ella lo hizo lo mejor que pudo, yo me cerré en banda.

¿Qué coño era eso de que había visto a mi novio saliendo de un local de alterne? ¿Estaba loca?

El club ese estaba en el mismo polígono industrial que el obrador de panadería en el que curraba mi cari. Ya eran ganas de malmeter.

Además, se lo había comentado a él y me había dicho que era muy probable que le hubiera visto. ¡Si es que les llevaba el pan!

Buf, menos mal que no había dudado de él ni por un segundo, eh. Ya le vale a la colega venirme con un cuento así, con el daño que podía hacer. **Sarcasmo modo on**

 

Yo estaba muy segura de mi amorcito, pero tengo que admitir que se me quedó la mosca detrás de la oreja. No podía evitarlo.

La muy cojonera me lanzaba mensajes subliminales. No me decía nada concreto, solo me hacía tener pensamientos fugaces y muy random que iban dejando semillitas de desconfianza.

Y yo nada, cabezona, ignorándolos a conciencia. Pobrecillo mi chico, con lo bueno y currante que él era. Que entraba a trabajar a la 1AM y salía a las 11 de la mañana. Explotado estaba. El chaval prácticamente se pasaba el resto del día durmiendo, normal. Lo único que le daba un poco la vida era la Play.

Y yo, claro está. Él me quería muchísimo y no dejaba de decirle a todo el mundo lo buena que era con él, que le tenía la casa siempre limpia y ordenada y le dedicaba cada minuto de cada hora que no pasaba sobando los días de libranza.

Me acuerdo y me descojono.

La penita que me daba el pobre, tantas horas ahí dándole a la masa…

El caso es que, de un día para otro, empezó a librar más. Y a llegar antes a casa.

A mí me pareció raro y, aunque yo me creí sus explicaciones, a la mosca no le colaron.

Para ser sincera, el chaval no me estaba dando motivos muy evidentes para desconfiar. Seguía saliendo de casa a la misma hora. Volvía antes, cierto, pero duchado y oliendo al mismo jabón de siempre. Seguía durmiendo hasta poco antes de que yo llegase a casa y jugando a la consola para relajarse.

Pero un día me di cuenta de que no había hecho el ingreso en la cuenta común. Le pregunté si había pasado algo y dijo que se había olvidado de contármelo, que su madre le había pedido que le prestase algo de dinero para ir al médico por lo privado porque en la seguridad social le había dado cita para casi un año más tarde y la mujer estaba muy mala.

¿Le creí? Y tanto que le creí. Si es que soy gilipollas.

 

Este mamón me podría haber chuleado hasta el día de mi muerte si no fuera él mismo un poco cortito, también.

Porque yo no tenía una relación demasiado cercana con su madre, pero sí me llevaba muy bien con su hermana. La hermana que, cuando le pregunté cómo lo llevaba su madre y cuándo la iban a operar, se me quedó mirando con cara de ‘pero tú de qué hablas’.

Fuera cual fuese el motivo por el que mi querido novio me había metido tal trola, mi cuñada no estaba al tanto.

Así que, mientras mi colega la mosca se marcaba un bailecito de touch down en mi oreja, yo me propuse averiguar qué mierda estaba pasando.

Después de medio atar los pocos cabos que tenía, le pedí el coche a mis padres e hice eso que se suponía que una no iba a hacer jamás: Seguirle cuando salió de casa para ir al obrador.

Debo admitir que lo de seguirle no fue tan fácil como lo pintan en las películas. Igual hubiera sido mejor subirme a un taxi y gritar ‘¡siga a ese coche!’.

De cualquier manera, conseguí llegar a ver cómo se bajaba del suyo, en la zona de aparcamiento cercana a la nave en la que me lo tenían esclavizado.

Estaba intentando decidir si llorar de la alegría o fustigarme por mala novia cuando vi que se pasaba el obrador de largo.

Sí, ya. Tenía que haberlo sabido.

Pero flipé muchísimo cuando lo vi entrar en el club de alterne del que lo había visto salir mi amiga.

Difícilmente les iba a llevar el pan, si ni siquiera lo estaban haciendo aún.

Me quedé esperando a que saliera y esperar, tuve que esperar mucho. Porque ya era casi de día cuando salió.

Lo abordé en plena calle y el tío se puso tan nervioso que hasta lloró. El muy cabrón me lo cantó todo allí, a dos metros de la puerta del club.

Tenía que entenderlo, estaba muy deprimido porque le habían echado del curro y le daba mucha vergüenza admitir que estaba en el paro. Que, no sé, llámame chunga, pero a ver qué tendrá que ver eso con que no solo me mienta, sino que además de eso y de dejar de aportar su parte de los gastos de casa, utilice el dinero del subsidio para pagar prostitutas.

Poco después descubrí que lo peor no era que me decía que se iba al trabajo e iba a que le comieran lo de abajo. Es que llevaba mintiéndome desde que lo conocí, ya que había inflado su supuesto horario de trabajo para cubrir las horas que pasaba en el local de alterne a diario. A DIARIO.

Vamos, que tenía tarifa plana y llavero VIP.

Qué coraje más grande.

 

Anónimo

 

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