Conocí a Ana en el trabajo. Fuimos compañeras y nos hicimos muy amigas. Luego ella se cambió de empresa, pero continuamos teniendo relación.

Yo le conté muchas cosas de mi vida, pero no todo. Porque hay capítulos de mi historia personal que solo saben los más cercanos o las personas que me conocen hace muchos años.

Había una cosa que me molestaba de Ana y es que siempre me decía lo mismo. “Tía, es que tienes una flor en el culo”. Siempre me ha hecho gracia cómo la gente asume cosas sobre la vida de los demás.

Me decía que yo tenía suerte en la vida, que todo me salía bien. Que mientras ella batallaba con alquileres imposibles y jefes insufribles, yo vivía tranquila, sin preocupaciones. Y cada vez que lo hacía, una parte de mí quería gritarle la verdad.

Si, yo tenía casa propia y con trabajillos esporádicos me pagaba mis gastos. La universidad prácticamente la pagaba con una beca que me daban, así que, si, es cierto, no tenía los problemas económicos que tenían otros amigos míos. Pero muchos de ellos no conocían mi historia.

Mi casa me la dejaron mis padres. La heredé porque murieron. Un trato bastante chungo si me preguntas. Un accidente de coche me los arrancó en cuestión de segundos, cuando yo aún no sabía nada de la vida.

Yo aún era menor de edad, así que me quedé a cargo de mis abuelos. Cuando cumplí los 18 años, me entregaron todos los bienes y dinero que me habían quedado de mis padres y con 19 ya vivía sola. Unos años después, fallecieron mis abuelos y me quedé completamente sola. Mi abuela se fue cuando yo acababa de cumplir los 23 y mi abuelo unos meses más tarde. Siempre pensé que él se murió de pena por ver partir al amor de su vida.

No tenía más familia así que heredé también la casa de mis abuelos. Es cierto, soy propietaria de dos piso, en uno vivo y el otro lo tengo alquilado, lo que me da un dinero extra a fin de mes. No pago alquiler, tampoco hipotecas. Pero os aseguro que hubiera preferido tener a mis padres y a mis abuelos conmigo.

También tengo actualmente un buen trabajo. Un puesto estable, con buen sueldo, con proyección. Pero no porque me lo dieran en una rifa. Me lo curré. Me lo curré a base de trasnochar estudiando mientras trabajaba en un bar de mala muerte; a base de encadenar prácticas no remuneradas, de aguantar tonterías y a jefes impertinentes,

Sé que cuando mi amiga me decía esas cosas, lo hacía desde la ignorancia. Porque lo que ella llamaba “tener suerte” no era más que la consecuencia de cosas que nadie en su sano juicio querría vivir.

Pero un día, su comentario me tocó una fibra sensible. Estábamos en una cafetería, ella quejándose de su jefe, de su piso pequeño, de lo injusto que era todo. Y, de repente, lanzó la frase de siempre:

—Tía, lo tuyo es otro nivel. Naciste con suerte, sin problemas, con la vida resuelta.

Algo en mí explotó.

—¡No tienes ni idea!

Se quedó patidifusa. Nunca antes le había respondido así. Sentí un calor subir por mi garganta, como si las palabras llevaran años atascadas y, de repente, hubieran encontrado salida.

—Tú ves la casa, pero no ves que tuve que perder a mis padres para hoy tenerla. Ves el trabajo, pero no ves las noches en vela, las horas extras, las veces que me humillaron para que hoy pueda estar aquí. No sabes lo que es perderlo todo antes de tiempo y que la gente piense que, en realidad, te han hecho un favor.

Se hizo un silencio incómodo. Ella me miraba con los ojos muy abiertos. Me sentí aliviada y avergonzada al mismo tiempo. Aliviada por soltarlo. Avergonzada por haberlo hecho de esa manera tan fea.

—Perdona tía, sabía que tus padres habían fallecido cuando eras una niña, pero no me contaste mucho más del tema. —murmuró. – Te hago muchas veces la broma de la flor en el culo y como te lo tomas bien, no pensé que te molestara. Lo siento.

—No me gusta hablar de ello. Mi vida no ha sido fácil, aunque mucha gente crea que sí.

Pidió disculpas y yo también por mi actitud. En ese momento me eché a llorar y se lo conté todo. Me desahogué por completo. Lo mal que lo había pasado con el fallecimiento de mis padres y después de mis abuelos, lo mucho que he trabajado para hoy estar donde estoy y tener el trabajo que tengo. Porque vivir de las rentas que me dejaban las propiedades que heredé no era una opción para mí, necesitaba sentirme realizada laboralmente.

No volvimos a tocar el tema, pero desde ese día, dejó de hacer comentarios sobre mi suerte. Y yo, aunque me sentía vulnerable por haber abierto mi corazón, también me sentí aliviada. A veces, la gente necesita escuchar la verdad para dejar de suponer que la vida de los demás es más fácil que la suya.

 

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.