Hace tres años le propuse a mi novia (Marta) la idea de hacernos influencers las dos, en plan pareja: cumplimos bastante bien el perfil que suele triunfar en las redes.
Estamos fit, nos gusta cuidarnos a todos los niveles, cocinamos, tenemos animales en casa, y bueno, tengo que admitir que pensé que una pareja de lesbianas también tendría su tirón. Y del tirón me dijo ella que ni de coña. Ella pasaba de todo, no quería saber nada, pero lógicamente, yo podía hacer lo que quisiera con mi vida.
Noté que no le hacía mucha gracia, pero a mí me parecía una forma tan fácil de (intentar, al menos) ganar dinero, que tenía que probar. Yo me veía con el carisma, la creatividad y, para ser una desconocida, tenía bastantes seguidores en instagram. Marta empezó apoyándome, creo que no entendía muy bien cómo podía yo querer vida al frente de una cámara, pero con tal de verme feliz, sé que le puso interés.
Y al principio iba todo bastante bien. Empecé a ganar seguidores muy rápidamente, disfrutaba de los vídeos, publicaciones, directos, y cada like nuevo o cada comentario demostraban que iba en el camino correcto. Empecé a recibir regalos de marcas y ofertas de colaboración, de donde salíamos beneficiadas las dos, claro, y mis ingresos comenzaron a incrementarse.
La cosa iba poniéndose seria y tuve que reducirme la jornada en la clínica en la que llevaba currando de fisio desde que salí de la carrera.

Marta no estaba de acuerdo con esto, pero yo no tenía tiempo para todo, y una carrera como influencer no puede hacerse a medias, en una consulta de fisio sí puedes reducir la jornada.
Pronto empezó a ser bastante evidente que el aumento de seguidores, de ingresos, de “fama” venía de la mano con un aumento claro de presión. Cada vez tenía que dedicarle más tiempo a estar conectada, a pensar contenido nuevo para publicar, y a mantener a mis seguidores entretenidos, porque de eso se trata, al fin y al cabo.
Comencé a incluir a Marta en mis publicaciones, con su consentimiento, obviamente, porque me pareció que era el momento perfecto para sacar ese as de la manga que todavía tenía sin usar. Y bueno, al principio bien, pero muy pronto empezó a cansarse de que cada momento íntimo se convirtiera en algo público, que todo el mundo veía y sobre el que todo el mundo opinaba.
Nuestras cenas románticas se convirtieron en sesiones de fotos, las conversaciones interesantes se interrumpían para leer comentarios, y cada pequeño conflicto era motivo de discusión en mis historias.
Empecé a aceptar colaboraciones que implicaban viajes y eventos constantes. Intentaba llevar a Marta conmigo, pero no siempre podía ser y cuando sí podía ser acababa yo trabajando y ella sentada sola en un rincón, aburrida. Me comieron el estrés y la ansiedad. Sentía que todo el mundo estaba pendiente de mí y que tenía que estar constantemente dando la talla y haciendo lo que la gente esperaba de mí.
Esto me afectó muchísimo a mí y a cómo estaba en la vida y en mi relación, claro. Estaba muy irritable y reconozco que ya no era nada fácil tratar conmigo. Marta intentó hablar conmigo varias veces, pero yo me lo tomaba fatal porque sentía que eso se unía a la presión que ya de por sí sentía puesta sobre mí. Me centraba en pensar que si conseguía llegar a la cima de la montaña, todo lo demás se arreglaría como por arte de magia.
Pues nada más lejos de la realidad. Después de una bronca gordísima que tuvimos porque se me olvidó completamente un evento familiar que para ella muy importante y en su lugar me comprometí a estar en otro evento de tipo laboral, Marta me dejó.

Me dijo que me quería pero que no podía estar en una relación en la que ya se sentía invisible del todo. Fue un golpe durísimo porque no me lo esperaba en absoluto; estaba tan inmersa en lo mío que no había sido capaz de ver lo cerca que estaba de perderla.
Las semanas siguientes me hundí en la miseria. Estaba arrepentida, me sentía culpable, y poco a poco fui siendo consciente de lo que había hecho con mi vida. No supe llegar a un equilibrio sano entre mi vida pública y privada y me encontraba más vacía que nunca, sin ganas de nada, y mucho menos de mostrarme en público.
Di marcha atrás en lo profesional, reduje el ritmo, y empecé a ser más selectiva con lo que publicaba. Comencé a trabajar en mí misma porque no estaba dispuesta a volver a cometer una equivocación tan importante en mi vida y, aunque no recuperé mi relación sentimental con Marta, si le recuperé a ella, que sigue formando parte de mi vida como uno de los pilares más importantes.
Al fin y al cabo fue ella la que me hizo darme cuenta de que el éxito y la validación externa no valen la pena si se sacrifica lo más importante en el proceso. Hay que ser consciente de lo que realmente nos hace ser personas felices y completas.
Relato escrito por una colaboradora basado en la historia que le contó una lectora.