Hay mujeres que piensan que su vagina es infinita, como la cueva de Alí Babá, donde pueden entrar los cuarenta ladrones con caballos incluidos. Otras creen que está conectada con el resto del cuerpo como si fuera el Eurotúnel, y que lo que entra por un extremo puede salir por el otro mientras hace una ruta turística por todo su organismo. Es algo que me parece inexplicable. Con toda la información de la que disponemos hoy en día, con todos los temas sobre anatomía que todos hemos estudiado en el colegio y en el instituto, me parece increíble que aún existan mujeres que desconozcan tanto su cuerpo.

Hay quienes podrían pensar que estas creencias solo las tienen personas sin estudios o con educación básica. Pero no es para nada así, y para ilustrar esta afirmación os contaré lo que me ocurrió con una compañera de trabajo. Teníamos una reunión importante con los jefes de nuestra empresa. Estábamos arrancando un nuevo departamento y teníamos que hacer una presentación sobre cómo este departamento iba a ayudar a la empresa a aumentar los beneficios. Era una situación bastante límite porque al principio las cosas no salen todo lo bien que uno quiere; siempre hay contratiempos, errores y necesitan de cierto rodaje para empezar a mostrar que funcionan. Necesitábamos tiempo y era exactamente lo que no teníamos. En un sector donde prima la inmediatez, era indispensable demostrar que esperar un poco valdría la pena. Además, si aquello no funcionaba, nos íbamos las dos directas a la cola del paro. No era un momento para dudas ni tonterías.

La reunión era un martes a las diez de la mañana. Me presenté con mi portátil y muerta de miedo. Había quedado media hora antes con mi compañera para ultimar unos detalles, pero ella no se presentó. La llamé insistentemente y le mandé veinte mensajes, pero nada. Cuando casi era la hora de empezar, me llamó para decirme que estaba en urgencias. Que aquella mañana se había puesto un tampón y que se le había introducido demasiado, perdiéndose dentro de su cuerpo. Me lo tomé a coña. Pensé que le había dado un ataque de pánico y que me había soltado la primera excusa que se le había ocurrido.

Le pedí que se dejara de tonterías y que viniera a la oficina. Yo empezaría sin ella y se podría incorporar un poco más tarde. En ese momento empezó a llorar diciéndome que no lo comprendía, que, si el tampón se le introducía por la sangre y le llegaba al corazón, estaba muerta. No me lo podía creer. Estaba llorando de verdad. Una tía con una licenciatura y dos máster de verdad creía que un tampón podía viajar por su torrente sanguíneo.

Me quedé sin habla. Todavía hay mujeres que creen en esas cosas arcaicas y sin sentido, como que si te bañas cuando tienes la regla te puedes morir o secas las plantas si las tocas. Que ponerse un tampón puede hacerte perder la virginidad o que se te pueden caer mientras andas por la calle. Todos estos mitos, esta ignorancia sobre nuestro propio cuerpo, son mucho más comunes de lo que podría parecer al principio. Todavía hay muchas mujeres que lo creen y, por mucho que intentes razonar con ellas, no sirve para nada.

Hay ciertas creencias que, por irracionales que sean, se quedan marcadas en nuestro interior y, aunque nos demuestren una y otra vez lo contrario, vamos a seguir creyéndolo. Lo de tener la mente abierta no se aplica a todos los temas, y los más peliagudos son los que se refieren a cualquier cosa que tenga que ver con lo que tenemos entre las piernas.

 

Lulú Gala