Hay momentos en la vida en los que una cree que ya lo ha visto todo.
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Pues mira tú que siempre aparece alguien dispuesto a subir el nivel.
Yo estaba en esa fase maravillosa de mi vida en la que no quería nada serio. Cero dramas, cero etiquetas.
Conocí a Lander, hubo chispa, risas, planes improvisados… y ese equilibrio perfecto entre “me gustas”, “no me compliques la vida” y «me muero por follarte vivo».

Quedábamos un par de veces por semana, todo fluía y nadie hacía preguntas incómodas. Ideal.
Un día, sin previo aviso, el tío desaparece.
Pero no en plan ghosting clásico de manual. Lander decidió innovar: empezó a escribirme una vez a la semana. Los martes. A las seis de la tarde. Como si fuera una suscripción prime al desastre.
La primera vez que reapareció me soltó el drama: accidente de coche, ingreso en la UCI, pulmón perforado… el pack completo.
Yo, que soy intensa para lo que quiero, me preocupé de verdad. Me imaginaba la escena, el hospital, él luchando por su vida… y yo ahí, mandando mensajes con toda la buena fe del mundo.
Pero claro, una también tiene neuronas. Porque, oye, qué casualidad que alguien en estado crítico pueda escribirme todos los martes a la misma hora. Ni las series de Netflix tienen esa regularidad.
Empecé a olerme algo raro.
Me dio por investigar (bendita curiosidad tóxica) y acabé en su Facebook.
Ahí descubrí que una compañera del trabajo lo tenía agregado. Y como quien no quiere la cosa, en un café cualquiera, solté su nombre. Así, en plan inocente. Como quien tira una bomba y se hace la loca.
¡Y boom!
Resulta que no estaba en la UCI. Estaba en la cárcel.

Y no precisamente por robar chicles. Lander estaba cumpliendo condena por agresión sexual.
Se me heló todo: El café, la sangre, las ganas de vivir, se me congelaron hasta las ganas que tenía de pillarle en su casa…que ya es decir.
No le volví a contestar. No por miedo, sino por dignidad. Porque una cosa es no querer nada serio y otra muy distinta es que te tomen por imbécil.
Me sentí engañada, utilizada, y bastante idiota por haberme creído semejante película.
Pero oye, dentro del desastre y visto desde la distancia, hay que reconocerlo: fue una forma bastante efectiva de cerrar la historia.
Sin dudas y con contacto cero, por que como te imaginarás, lo de ir a echar el polvín semanal en un bis a bis era ya TOO MUCH para mí.
Porque cuando alguien pasa de la UCI a la cárcel en una sola conversación, lo único sensato que puedes hacer… es salir corriendo y no mirar atrás.