Hace años viví lo que para mí estaba siendo un perfecto amor de verano. Era mi segundo año de carrera, me había quedado en la ciudad a la que me desplazaba para estudiar par poder trabajar en verano, ya que era una ciudad muy turística y podía sacar bastante pasta en poco tiempo sin comprometerme en un trabajo en el que tuviese que decir en septiembre que debía irme. Serían casi tres meses de trabajo y podría cambiar mi perspectiva del curso siguiente no teniendo que elegir entre comer arroz un mes entero para poder salir de copas un par de veces.
El caso era que el piso que compartía con 3 amigas se quedaría vacío en verano y la inquilina me lo cedió durante esos meses a cambio de que me encargase yo de darle la habitual mano de pintura y alguna tontería más del mantenimiento que solía hacer ella cuando el piso estaba vacío. Esto hoy en día sería impensable, pero por aquel entonces éramos bastantes las personas que teníamos muy buen trato con nuestros caseros de los pisos de estudiantes y hacíamos traros similares para no tener que vaciar del todo el piso en el verano o, como en mi caso, para poder quedarnos ese tiempo.
Con el piso entero para mí, sin mi madre pegada diciéndome qué hacer en cada momento, me sentí muy libre, muy adulta al fin y creí que sería el verano de mi vida.

Trabajaba por las tardes y los fines de semana algunas noches. Por las mañanas aprovechaba para leer, para salir a tomar el aire, como si la ciudad fuese entera para mí, y descasaba lo que podía. En mis días libres aprovechaba para ir a la playa con una compañera de trabajo o para tumbarme en un parque cercano a mi casa a tomar el sol y relajarme. Llevaba una vida muy tranquila y me sentía plena. Creo que ese es el momento perfecto para enamorarse. Cuando una se siente bien consigo misma, cuando no necesita nada, cuando elije a alguien porque le apetece y no porque añore nada.
Él trabajaba de proveedor de uno de los productos con los que trabajaba mi jefe en el bar. Pasaba por allí una tarde a la semana para estimar las ventas proyectadas para la siguiente semana y de paso se tomaba un café en la barra. Desde el primer día que coincidí con él nos reímos un montón juntos. Era su primer trabajo también, estaba estudiando ADE y quería ahorrar para irse de Erasmus el último año.
Quedamos un día al salir del bar y salimos de copas toda la noche. No fue una noche de locura, fue una noche de charla a la luz de la luna por la zona histórica de la ciudad, esquivando peregrinos y compartiendo expectativas de futuro. Dormimos en mi casa. Solamente dormimos. Lo recuerdo como algo casto, puro, como algo trascendental.

Dos días más tarde yo libraba y lo invité a comer. Eso ya no fue ni casto ni puro ni nada de nada, la comida se quemó mientras nos lo montábamos en la barra de la cocina americana. Pasamos el verano de nuestras vidas. Enamorándonos, compartiendo tiempo, casa y planes. ME ayudó a pintar el piso, como en las películas (solo que yo no me puse un peto y un pañuelo en la cabeza).
Cuando llegó septiembre tuvo que volverse a su piso compartido y mis compañeras regresaron a casa. Durante el curso nos vimos poco, pero siempre soñábamos con que el verano volvería y podríamos repetir nuestro particular ensayo de vida adulta en pareja.
Y así fue. Al año siguiente él dejó el piso y yo me quedé nuevamente a trabajar. Él debía ahorrar para irse a Italia el siguiente curso y terminar allí la carrera. Fue un verano diferente. Era agridulce, pues disfrutamos tanto como el anterior, pero con la sombra de la separación inminente.

Entonces llegó septiembre y con él, las maletas, las lágrimas y la despedida. Él me juró su amor y me pidió que lo esperase. Me dijo que entendía que eran unas edades en las que no estábamos para perder el tiempo, que la juventud no vuelve, pero él creía que nuestro amor era puro, real y para siempre, y que estaría todo el año pensando en mil formas de amarme en italiano en cuanto volviese (muy cursi, lo sé, pero a mí me conquistó). Le prometí que esperaría que llegase junio y que estaría en aquella encimera donde nos quisimos por primera vez para recibirlo de nuevo con los brazos (y las piernas) abiertos.
Y se fue… Eran otros tiempos, no había videollamadas diarias, llamar a Italia salía caro, así que nuestra relación se redujo a algún sms de amor a la semana y una conversación por Messenger el fin de semana.
Entonces, al pasar la navidad, decidí invertir todo lo que me quedaba de lo ahorrado en verano, en irme de sorpresa a ver a mi amor. Pasaría otro año más como el primero, comiendo pasta con atún y pidiendo los libros prestados para hacer fotocopias, pero necesitaba verle.

Tenía su dirección, pues me la había dado para que le enviase su regalo de navidad, así que ya tenía todo lo que necesitaba para una sorpresa perfecta.
Vacié mi cuenta, me subí a un avión y me planté en la puerta de un piso en un país que no había pisado en mi vida. La puerta era realmente cutre, como él me había dicho. Se podía escuchar la conversación de dentro del piso sin esfuerzo alguno. Me preparé y pulsé el timbre, nerviosa.
Una chica rubia me abrió la puerta. Llevaba la camisa mucho más abierta de lo que se solía llevar y el encaje de su sujetador era realmente hipnótico. Pregunté por mi novio con su nombre y apellido y ella contestó en un español muy forzado que sí, que era allí, pero que estaba ocupado. Yo le dije que no se preocupase, que estaría más ocupado en un rato. Ella me miró con cara de asco y me dijo que él era su novio y que quién era yo. Entonces grité su nombre desde la puerta y él, desnudo del todo, tapándose sus partes con una camiseta, salió de la habitación corriendo…

No os hacéis una idea de lo humillante que fue aquello. Por suerte la rubia despampanante era una chica muy maja que me ayudó a buscar donde dormir tras darle un buen bofetón a aquel desgraciado. Tuve que llamar a casa y confesar que me había ido de viaje, pues tenía de pronto muchos más gastos que afrontar de los planificados.
Me buscó cuando volvió a casa, pero jamás le dejé acercarse a mí. Fue el momento más doloroso que recuerdo y más si pienso en el esfuerzo que le costaba a mi familia dejarme estudiar fuera y que ese año se gastaron mucho más en traerme de vuelta antes a España y en que estuviera lo más cómoda posible después de mi ruptura.
Fue mi madre mi gran salvadora y aquella chica (que hoy tengo en mis redes sociales) quien me sacó la venda y la usó para ayudarme a curar.
Escrito por Luna Purple, basado en una historia real.
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