Mi madre odia a mi pareja, le llama sin ningún tipo de pudor “el rompematrimonios”. Y no se corta en decírselo a la cara, porque por él dejé a mi marido, al que ella adoraba.

Hace unos siete años que conocí al que es mi actual pareja. Siempre hemos celebrado las Navidades separados. Es uno de los grandes debates de las parejas: con quién pasar las Navidades. Conozco gente que, aun estando casados, cada uno se va con su familia; otros que reparten los días y otros que deciden no pasarlas con nadie y celebrarlas en pareja. Normalmente yo las paso con mi madre, ya que es viuda, vive sola y soy hija única. Mi novio suele pasarlas con sus amigos, ya que no le queda ningún familiar cercano vivo o con el que mantenga relación.

Como mi madre no soporta a mi novio y no quiere que venga a pasar las Navidades con nosotras, nunca hemos planteado juntarnos. Siempre he respetado la decisión de mi madre aunque me doliera más de lo que quería admitir. Él, como sabe que mi madre es mayor, que tiene muy mala leche y que no tiene a nadie más, nunca me ha puesto pegas. Éramos felices y nunca habíamos tenido problemas por esta situación. Pero este año se ha vuelto loco. Parecía un energúmeno fuera de sí. Empezó a decirme cosas como que no era normal que no pasáramos las Navidades juntos, que no éramos una pareja y un montón de barbaridades más. Por supuesto, me amenazó con dejar la relación. Me dio muchísima rabia que fuera tan egoísta y que utilizara esa baza para manipularme. Tantos años así, y ahora, que mi madre es bastante más mayor y está delicada de salud, va y decide ponerse en ese plan. Así sin más, sin motivos aparentes. Pues no lo concebía. Sentía que me estaba clavando un cuchillo por la espalda. Me estaba dando a elegir entre las dos personas más importantes de mi vida: mi madre y mi pareja.

Todo lo que le decía le entraba por un oído y le salía por otro, así que decidí irme a pasar las Navidades con mi madre y pasar de él. Pensé que darnos espacio y tiempo sería lo mejor en una situación así. Cada uno tenía su punto de vista y nadie quería dar su brazo a torcer. No sé si es que se había peleado con sus amigos o qué otro motivo podría haber. Estar tranquila y pensar era lo que necesitaba.

Él me llamaba y me mandaba mensajes y yo no respondía. Así estuvo semanas hasta que pilló la indirecta.

Pasaron los meses y me fui dando cuenta de que lo echaba de menos. Que era el hombre con el que quería pasar el resto de mi vida. Pero eso sí, necesitaba que me entendiera. Mis amigas decían que no debía volver con él, que no tenía ningún futuro esa relación, que a mi madre no le caía bien, que tenía una «red flag» escrita en la frente, etc.

Tuve varios debates internos. Sé que muchas lo tendríais muy claro, pero no es lo mismo que vivirlo en tus propias carnes. Cada uno sabe lo que tiene y vive en su relación. Eran siete años de relación y la persona por la que rompí mi matrimonio. Finalmente decidí hablar con él y luchar por nuestra relación.

Cuando hablé con él, lejos de enfadarse o echarme en cara nada, me contó por qué se había puesto así y me pidió disculpas. Había discutido con sus amigos por una tontería que acabaron arreglando más tarde. En vez de hablar conmigo y explicarme la situación, solo supo amenazarme y echarme cosas en cara en ese momento. Es un hombre muy impulsivo y no sabe medir sus palabras. Le pasa mucho en todas las facetas de la vida, aunque yo le estoy ayudando a mejorar eso. Decidimos retomar la relación justo donde la dejamos. Sin rencores ni reproches.

Estas últimas Navidades las pasamos separados físicamente como siempre, pero con videollamadas y en contacto todo el tiempo.

Me duele que mi madre no lo acepte, pero yo soy feliz a su lado. La relación no es perfecta. No es el hombre perfecto, ni yo la mujer perfecta, pero somos felices juntos.

Sé que mucha gente no estará de acuerdo y nos criticará, pero estoy orgullosa de lo que tengo con mi pareja.

SOFÍA ESTRELLA