Cuando se lo cuento a la gente, suena a chiste, pero no lo es. Me divorcie antes de casarme. ¿Y cómo es eso posible? Pues yo os lo cuento…

Mi novio me pidió matrimonio. Fue algo super bonito y emotivo. Yo siempre había querido ir a Roma, era mi ciudad soñada, y él me organizó un viaje sorpresa. Y allí, frente a la Fontana di Trevi, con miles de turistas mirando, se arrodilló y me pidió matrimonio. A lo mejor os suena cutre, o que es un cliché, pero a mí me encantó.

Le dije que sí, por supuesto, y comenzamos con los preparativos. Algunas amigas ahora me dicen que empezamos la casa por el tejado, pero era nuestro primer matrimonio para ambos y no sabíamos que algunas cosas llevaban tanto tiempo.

El caso es que lo primero que buscamos fue la finca. Habíamos estado en una boda de uno amigos en una finca preciosa que nos encantó, y desde aquel día yo quería casarme allí. Así que fuimos de nuevo a ver la finca, a hablar con los dueños y reservamos ya la fecha. Yo tenía claro que quería ser novia de verano, para poder lucir vestido, ceremonia al aire libre y coctel en la piscina de la finca. De las fechas que había disponible, contratamos un sábado de junio. Teníamos aún un año y algo para prepararlo todo, íbamos con tiempo.

Una vez tuvimos reservado el lugar, nos relajamos un poco. Yo empecé a mirar vestidos, eso sí, pero del resto de trámites nos olvidamos.

Entonces llegó el problema: cuando fuimos al registro civil a pedir cita para abrir expediente matrimonial, nos dieron cita para mayo, un mes antes de la fecha que teníamos reservada en la finca. Jamás nos imaginamos que tendríamos que esperar tantos meses para conseguir una cita en el registro. Aún así, pensamos que con un mes de antelación para entregar los documentos íbamos sobrados.

Nosotros continuamos con los preparativos de nuestra boda: enviamos las invitaciones, contratamos el catering, una banda de música, flores, mi vestido y el traje del novio… ¡Lo teníamos ya todo!

Y nos encontramos con la segunda sorpresa. Llegó mayo, fuimos al registro civil de nuestra localidad y nos dicen que hasta octubre o noviembre no nos podríamos casar.

Por lo visto, en nuestra ciudad, tardan de cinco a seis meses en tramitar el expediente y nosotros no lo sabíamos. Pensábamos que saldríamos de allí aquel día con cita para casarnos en el Ayuntamiento la semana siguiente pues nuestra intención era casarnos unos días antes de celebrarlo en la finca de boda.

Yo me volví un poco loca. Pensé en cancelar la boda, o retrasarla un año para junio del año siguiente para poder casarnos antes de celebrarlo. Pensé en llamar uno a uno a los invitados para decirles que posponíamos la boda al año siguiente. Invitados que venían de fuera que seguramente tenía ya comprados billetes de tren, avión, hotel, o lo que fuera.

Hasta me planteé hablar con un cura para que nos casara en la iglesia el día que teníamos la finca reservada. Pero ni somos muy religiosos, ni yo quería casarme dentro de una iglesia. Tenía una finca con un jardín precioso esperándonos y todo preparado para la ceremonia emotiva que siempre soñé.

Entonces fue cuando mi prometido tuvo un idea genial: seguiremos adelante con todo, que ya está preparado, y a finales de año vamos al Ayuntamiento y nos casamos legalmente. Que más dan los tiempo, si nosotros nos queremos. Pues se celebra antes con la familia y, unos meses después, la firma.

Y cómo sus palabras tenían bastante lógica pues así lo hicimos. En junio celebramos el bodorrio que siempre quisimos.  Solazo, ceremonia preciosa al atardecer, lágrimas, brindis, fotos espectaculares, baile hasta las mil, sobrecitos con dinero por parte de los invitados… Y como colofón: nos fuimos de luna de miel a las Maldivas. Fue todo un sueño hecho realidad.

Pero de los sueños, uno se despierta y se da cuenta de que la vida cotidiana no es tan divertida.

Tras el viaje, empezaron los problemas. La recién estrenada convivencia se volvió un caos. Empezamos teniendo discusiones tontas sobre quien había bajado la basura la ultima vez y terminamos dejándonos de hablar durante días.

Al final, afrontamos nuestros problemas y tuvimos varias conversaciones largas y dolorosas. Nos dimos cuenta de que seguir sosteniendo algo que no funcionaba no tenia sentido, que estábamos forzando algo que no fluía.

En noviembre nos separamos. Nuestro matrimonio “ficticio” duró cinco meses. No llegamos ni a firmar en el ayuntamiento.

¿Y sabéis qué es lo más surrealista? Que legalmente nunca estuvimos casados. Pero, emocionalmente, yo sí me divorcié. Tuve mi boda de cuento, una alianza en mi dedo, me fui de viaje de novios y me refería a mi pareja como “mi marido”. Así que, sí, en mi mente y en mi corazón estuve casada.

Muchos de mis familiares no se llegaron a enterar de que no nos habíamos casado. Para ellos me casé ese día de junio y cuando me preguntaban pues yo contaba que me había divorciado, no daba más datos sobre mi historia.

Eso sí, la parte buena es que no tuvimos que formalizar un divorcio, porque no hubo boda legal y que seguimos siendo solteros a efectos legales. Algo bueno tuvo que tener mi boda no boda.

Escrito por Raquel Acosta, basado en la historia real de una seguidora.

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