Mi vida cambió el día en el que me quedé sin batería en el móvil y, por una vez, no tuve  más remedio que reconectar con la realidad que me rodeaba.

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Como cada mañana, tomé  el Metro para ir a trabajar y me bajé en la parada de siempre para hacer trasbordo y  continuar mi camino. Sin embargo, aquella vez una música preciosa comenzó a inundar  mis oídos a medida que subía las escaleras y, por primera vez, no era de mis auriculares  de donde procedía aquel sonido, sino de un chico que tocaba el violín en medio del  pasillo. Todo el mundo pasaba de largo, pero yo me quedé pasmada. Tenía mucho talento. 

Lo hacía con los ojos cerrados, pero los abrió cuando le eché un par de monedas y me  dio las gracias con una sonrisa y un guiño. Al día siguiente, volvimos a coincidir en el  mismo lugar y a la misma hora, yo volví a darle unas cuantas monedas y él volvió a  sonreírme.

Desde aquel día, nuestro encuentro en aquel pasillo de Metro se convirtió en  algo habitual durante meses y en una costumbre que yo, ciertamente, esperaba con  nerviosismo después de aceptar que el chico me gustaba y que, además, por lo que podía intuir, yo parecía gustarle a él. Era vernos de lejos y sonreír como dos tontos, como si el  único motivo de estar allí en medio fuese el de encontrarnos.

Con el tiempo, las miradas y las sonrisas dieron paso a breves conversaciones, incluso  había días que me paraba a charlar con él y llegaba tarde a trabajar. Así supe que se  llamaba Alejandro, que tenía mi edad y que tocar el violín era lo único que le mantenía a  flote. Era el chico más interesante que había conocido en toda mi vida, por eso una  mañana me armé de valor y le propuse vernos fuera de allí y conocernos mejor y, para mi  sorpresa, aceptó.

Apareció en la cafetería donde nos habíamos citado con esa sonrisa tan suya, acompañado de una bolsa de equipaje, una maleta y su inseparable violín. Cuando  le pregunté bromeando si se iba de vacaciones su respuesta me dejó de piedra: aquello  era todo lo que tenía.

Resulta que Alejandro vivía en la calle y no tocaba para sacarse un dinero extra, sino para poder llevarse algo a la boca.

Nunca hubiese dicho que era un sintecho, y es que cuando  nos imaginamos a alguien viviendo en la calle, nos viene a la mente la imagen de alguien  desaseado y problemático. Y allí, delante de dos tazas de café que se empeñó en pagar él, me contó su historia.

Tocaba el violín desde que tenía uso de razón, su padre, el único familiar que tenía, se lo  regaló cuando tenía cuatro años. Aquel instrumento era lo único que daba sentido a su  vida, hasta que su padre falleció y no fue capaz de volver a tocar una nota. Poco después, cayó en una depresión y desatendió su negocio de tal forma que terminó cerrándose porque las deudas le ahogaban. De la noche a la mañana se encontró sin dinero y sin  posibilidad de pagar el alquiler.

Fue así como empezó a vivir de casa en casa de sus  amigos y a beber en exceso; no era capaz de conservar un empleo ya que se presentaba  borracho a trabajar y se volvió agresivo. Su conducta provocó que ninguno de sus amigos quisiera volver a acogerle y al no tener familia, se vio viviendo en la calle y tocando el  violín, después de tanto tiempo sin atreverse a hacerlo, para poder subsistir.

Estaba orgullo de poder decir que había dejado de beber gracias a los voluntarios del  Samur Social, que le habían animado a acudir a Alcohólicos Anónimos. A pesar de que  seguía sin poder permitirse dejar la calle, en aquellos momentos tenía un trabajo como  friegaplatos en un restaurante y decía tener esperanzas de conseguir que le hicieran un  contrato para poder optar a un alquiler.

Cuando terminó de hablar, me di cuenta de dos  cosas. Lo primero, de la importancia de la salud mental y lo segundo que no sólo era un  chico guapo, inteligente y noble, si no que me había enamorado de él hasta las trancas.

Estuvimos quedando durante un tiempo hasta que un día, al despedirnos, me besó. Y con ese beso, supe que tenía que hacer algo por él más allá de darle compañía y unas  cuantas monedas. Le propuse que se viniera a vivir conmigo e incluso me ofrecí a pagarle una habitación en una casa compartida y me dijo que se lo pensaría.

Yo estaba feliz de  poder ayudar a una buena persona a reconducir su vida, porque realmente Alejandro se  merecía empezar de cero y poder contar con la ayuda de alguien. Sin embargo, un día  apareció con la cara demacrada, otra persona sin techo le había dado una paliza para robarle el  poco dinero que tenía y le había destrozado el violín.

Me dijo hecho un mar de lágrimas  que ya no podía más y me pidió que dejara de intentar ayudarle, que era mejor que  siguiera con mi vida, que me merecía a alguien mucho mejor y que él no tenía nada que  ofrecerme. No pude evitar besarle con cuidado de no hacerle daño y decirle que le quería  y que no me iba a ir a ningún sitio. Aquella noche, por primera vez, quiso dormir en mi  casa.

Como en las películas, al día siguiente no había ni rastro de Alejandro. Le busqué durante días sin éxito. En su trabajo me dijeron que no había aparecido por allí. Nunca volví a  verle y vivo con el miedo de que haya podido pasarle algo malo. Sólo deseo que  encuentre la paz que tanto se merece y que de una vez por todas, pueda ser feliz. Cada  vez que paso por la parada de Metro donde nos conocimos me sorprendo rezando para  verle allí, esperándome. Pero nunca está.