Todas hemos tenido alguna persona en nuestras vidas por la cual hemos cruzado ciertos límites que nunca creímos, ni por asomo, ser capaces de atravesar. Mentiría si dijese que no estaba enterada desde el principio de que a David le gustaba demasiado la fiesta en el peor de los sentidos. Podría hacerme la loca y fingir que no fui consciente desde el minuto uno de que el que terminaría siendo mi pareja durante años se metía todo lo que pillaba y más. Pero lo cierto es que aquella conducta autodestructiva era algo que siempre estuvo presente y que yo decidí pasar por alto. Porque estaba enamorada de él desde mucho antes de que empezásemos a salir y porque, sencillamente, fui idiota.

Más testimonios en whatsapp

Cuando le conocí me pareció el chico más guapo del mundo. Era de esa clase de tíos de los que sabes que debes huir como de la peste solo con verlos de lejos. Sin embargo, a mí me encantaba que fuera mayor que yo, que caminara por la vida con sus aires de rebelde sin causa, desafiante, porque la chulería no le cabía en el cuerpo. Fui tan estúpida que creí que conmigo sería diferente y, de hecho, al principio lo fue. La dulzura con la que me trataba contrastaba con su forma de ser con los demás y supongo que así fue como consiguió que me sintiera tan sumamente especial. Cuando terminé de morder el anzuelo, él ya me tenía en la palma de su mano y lo sabía muy bien.

Sus trapicheos y sus historias turbias eran un secreto a voces. No había que ser un lince para darse cuenta de que algo sucedía, ¿cómo si no podía permitirse aquel cochazo del que tanto presumía y darse la vida padre sin dar un palo al agua? Durante los años que estuvimos juntos no solo lo vi con mis propios ojos y llegué a naturalizar su forma de vida, sino que además, sin darme cuenta, me vi inmersa en ella. Dejé de ser una mera espectadora para involucrarme, en un par de ocasiones, en sus “negocios”.

Odié hacerlo. Los nervios me destrozaban el estómago cada vez que tenía que quedar con este o con el otro para recoger o entregar tal o cual cosa.

Fue tal la angustia que sentí que le dejé muy claro que jamás volvería a hacerlo, que aquellas historias no eran para mí y que se olvidara. Si él quería hacerlo, estaba en su derecho y era su vida, pero yo tenía un trabajo completamente legal y no quería verme salpicada por la suya. Me pidió perdón, admitió que había sido una locura por su parte y me dijo que nunca me volvería a implicar en algo como aquello. Y yo le creí.

Pasaron los meses y, aunque él continuó con lo suyo, cada vez me contaba menos, cosa que yo agradecí enormemente, he de decir. Sin embargo, cuando todo parecía haber vuelto a la normalidad —dentro de lo que puede considerarse normal en este caso—, sucedió algo que lo cambió todo.

Ibiza era el destino que solíamos elegir todos los veranos para pasar unos días de fiesta y desconexión con los colegas y aquel año no fue distinto. Él siempre se iba unos días antes con sus amigos y, cuando yo empezaba mis vacaciones, tomaba un vuelo y me reunía con ellos. Aquel verano dio la casualidad de que se me rompió la maleta una semana antes y él se ofreció a prestarme una suya. Yo quería comprarme una nueva, pero él insistió en que era una tontería que me gastase el dinero teniendo una, así que acepté y, el día antes de marcharse, me dejó su maleta en casa de mis padres.

Llegué a la isla como todos los años, sin ningún problema y loca de contenta por ver a mi chico y poder poner tierra de por medio en lo referente a mis problemas laborales. Como de costumbre, fue a recogerme al aeropuerto y de ahí pusimos rumbo a la casa que habíamos alquilado entre todos, donde nuestros colegas nos estaban esperando.

Fue poco después, cuando salí de darme una ducha rápida y me disponía a cambiarme de ropa, cuando, sin poderlo evitar, escuché cómo uno de sus amigos le decía que no entendía cómo podía ponerme en peligro de aquella manera. David le pedía que bajara la voz, que “era mejor que no supiera nada”. Y entonces abrí la puerta de la habitación y lo vi.

Me lo encontré guardando mis cosas en la maleta a toda prisa, como si de esa forma no fuera a reparar en aquella otra cosa, en aquel paquete que, sin saberlo, yo había traído conmigo y que ahora reposaba en la cama como si nada. Resulta que mi novio, la persona que supuestamente más me quería, quien debía velar por mi bienestar y desearme lo mejor del mundo, me había escondido “cositas” en la maleta. ¿Cómo iba yo a sospechar que esta llevaba un doble fondo cargado de material?

Fue ahí cuando entendí su insistencia casi enfermiza para que no me comprase otra maleta.

No estoy orgullosa, pero cuando fui consciente de que me había estado paseando por el aeropuerto con aquello, poniendo en riesgo mi libertad, le abofeteé con todas mis fuerzas. Él se excusó y me dijo que, si lo hubiera sabido, nunca habría accedido a ayudarle y que, además, seguro que me habrían pillado porque mis nervios me habrían delatado, que era mejor así.

Le pregunté si había sido la primera vez y me dijo que sí, pero para mí su palabra valía menos que nada. Era como si la persona de la que me había enamorado nunca hubiera existido.

Metí todas mis cosas en una bolsa, dejé allí la maldita maleta y me largué haciendo oídos sordos a todas sus súplicas. Por suerte, pude alojarme en casa de una amiga a quien, por supuesto, no puse al día de mis últimas aventuras. Nunca le dije nada a nadie.

No quería que nadie supiera lo que había hecho. Me moría de vergüenza y rabia solo de pensar a lo que mi novio me había expuesto. No podía dejar de preguntarme qué habría pasado si alguien me hubiera registrado, si por casualidad algún perro policía hubiera olisqueado mis cosas. Sé que, de haberse dado el caso, me habría pasado una buena temporada a la sombra, comiéndome un marrón que no me correspondía mientras él, probablemente, hubiera seguido con su vida como si nada.

Nunca supe a ciencia cierta si durante mis anteriores viajes transporté algo más sin ser consciente de ello; prefiero no pensarlo. Lo único que sé es que, de todos los errores que he cometido a lo largo de mi vida, enamorarme de David fue, sin duda, el peor.